Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


–Ven con nosotros, amiga Tortuga –dijeron un día dos gansos salvajes1 a una vieja tortuga que vivía en una charca del Himalaya–; tenemos una bonita vivienda en una cueva de oro de la montaña Cittakutta2.

–No tengo alas –contestó la tortuga–, ¿cómo podría llegar a vuestra casa?

¿Puedes mantener la boca cerrada? –preguntaron los gansos.

–Desde luego que sí –contestó.

–Sostén este palo, pues, ente los dientes –dijeron los gansos– y nosotros tomaremos cada uno de los extremos con nuestros picos y te llevaremos por el aire.

Y se fueron volando por encima de las cumbres de las montañas, con el mundo entero extendndose bajo ellos. Después de algún tiempo, volaron sobre los tejados de Benarés.

–“¡Qué extraño! –exclamaron riendo unos niños que los veían pasar–: unos gansos llevan por el aire a una tortuga”.

Doña Tortuga, oyendo estas palabras, se puso muy agitada y un pequeñito fuego de ira empezó a arden en su corazoncito.

“¿Qué es importa si me llevan por el aire?”, gritó. Naturalmente, no pudo hablar sin abrir la boca; sus dientes dejaron de agarrar el palo y la pobre Doña Tortuga cayó, yendo a parar al patio del palacio del rey. En un instante, toda la corte se movilizó. Ministros, nobles y guardias reales se asomaron por todas las ventanas, por todas las puertas. La nueva fue llevada al rey, quien se levantó de su trono y fue hasta el patio con su consejero, un prudente hombre de la Corte.

“¿Pobre tortuga!, exclamó el rey, ¿cuál es la causa de que cayera en este patio y se rompiera se bello caparazón verde? Dime –dijo a su consejero–, ¿de dónde ha caído y por qué?”

Ahora bien, se daba la circunstancia de que el rey tenía la costumbre de hablar mucho. Era bondadoso y de buen corazón, pero en si presencia era difícil que alguien consiguiera decir una sola palabra. Así, el consejero, que conocía la razón de la caída de la tortuga, pensó: “Aquí tengo la ocasión de darle una lección a nuestro hablador rey”.

“Señor, dijo, unas aves llevaban a la tortuga por el aire sosteniendo un palo con sus picos, al cual ella se agarraba con sus dientes. La tortuga oyó a los niños de la ciudad que se reían de ella. Esto, sin duda, la irritó y no pudo contenerse de replicarles, con lo cual se desasió del palo y cayó. Esta es la suerte que les está reservada a los que no pueden refrenar su lengua”

Estas palabras penetraron en el corazón del rey; sabía que la lección iba dirigida a él, y desde aquel día, sus palabras fueron pocas y prudentes: hablaba solo cuando era el momento de hablar, y vivió feliz por siempre jamás.


1 La palabra sánscrita “hansa”, emparentada con las que, de raíz celta y latina respectivamente, han dado en castellano las palabras “ganso” y “ánsar”, designa en general un ave acuática, y en cuanto ave de paso. Pero este nombre aparece ya en el Rig-Veda designando a una ave mítica, vehículo de los Asvins (Asvini-devata), jinetes divinos precursor de la aurora (V. infra cuento 19), y en el hinduismo ha servido para designar el Sí (Atma), estableciendo una relación con la expresión “ahan sa”; “yo soy eso”.

En el budismo simbolizan la propagación de la Doctrina a todos los reinos, cosmológicamente hablando.

2En sánscrito Citra-kúta, nombre del pico en el que establecieron su morada los exiliados Rama, Lakshmana y Sita, y lugar sagrado por excelencia de los adoradores de Rama.

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