por el Ven. Sunyana Graef(**)


Si tú mismo, que eres los torrentes del valle y las montañas, no puedes desarrollar el poder de iluminar la verdadera realidad de las montañas y los torrentes del valle, ¿quién más podrá convencerte de que tú y los torrentes y las montañas sois uno y lo mismo?
–Maestro Zen Dogen
[1]

Quizás sea parte de ser humano preguntarse quién y qué somos. Desafortunadamente, debido a que nos basamos casi exclusivamente en nuestros sentidos, cuanto más seriamente lo analizamos, tanto peor interpretamos lo que vemos. Por un lado creemos que somos un punto insignificante del universo, separado de todos los demás seres humanos cuando no del mundo natural. Pero por otro lado también creemos que somos el organismo más altamente evolucionado de la creación, con derecho a usar para nuestros propios fines cualquier cosa que podamos atrapar.

Los budistas tienen una visión diferente de la humanidad. En términos de su desarrollo psico-espiritual, las personas se sitúan un poco a medio camino entre los budas y las amebas. No obstante, a un nivel absoluto, las personas, los budas, las amebas, los perros, los arroyos y las montañas son uno y lo mismo. El budismo se ocupa de la aparente disparidad entre lo que vemos y lo que realmente somos. Y lo hace escarbando en las raíces de lo que significa ser humano.

¿Qué tiene que ver esto con la ecología budista? Es inseparable de ella, puesto que la ecología budista no puede ser escindida del conocimiento de nuestro verdadero sí mismo más que lo que las montañas y los arroyos pueden ser escindidos de nuestro verdadero sí mismo. La premisa de la ecología budista zen es ésta: cuando comprendamos lo que somos realmente, estaremos en paz con nosotros mismos y con nuestro entorno. Cesaremos de tratar de engrandecernos a nosotros mismos mediante las posesiones y el poder, nos haremos responsables de nuestro sí mismo universal -el mundo- y empezaremos a vivir más para dar que para tomar.

Una vida de sabiduría es una vida en armonía con el mundo natural. En una era en la que residuos mugrientos son depositados en las riberas por la corriente, en la que arrasamos vastas extensiones boscosas en un minuto, en la que contaminamos el aire y el agua con compuestos químicos, el pensamiento de vivir en armonía con el mundo natural se parece a un sueño largamente olvidado. Como un castillo de arena barrido por las olas, estamos erosionando el fundamento mismo de nuestra existencia. Y aún así, podemos retornar a un modo de vida más simple, más cuidadoso y atento… si conocemos el camino.

Hay una historia que los practicantes zen veteranos cuentan a menudo a los novatos. Trata de un monje en busca de maestro, pero, por supuesto, trata de mucho más que eso. Como muchas de tales fábulas, al principio parece inescrutable, después inalcanzable y, finalmente, inspiradora. Aquí es relevante porque ilustra una forma de vida que encarna la esencia de la ecología zen.

En la antigua China existía la costumbre de que los monjes zen refinaran y ahondaran su comprensión espiritual viajando a través del país para estudiar con maestros respetados. Uno de tales monjes había escuchado que un reputado maestro zen vivía en reclusión cerca de un río, y estaba resuelto a encontrarlo y a adiestrarse con él. Tras muchas semanas de viaje, encontró la morada del maestro. Mirando al río ante la choza del maestro, el monje se sintió embargado por la dicha con el solo pensamiento de que pronto encontraría a su maestro. Justo entonces vio que una hoja de col se deslizaba al agua y flotaba corriente abajo. Desilusionado y enormemente decepcionado, el monje se dio inmediatamente la vuelta para irse. Según lo hacía, por el rabillo del ojo vio al venerable maestro corriendo hacia el río con su hábito ondeando salvajemente al viento. El anciano persiguió a la hoja de col, la pescó del agua, y la llevó de regreso a su choza. El monje sonrió y se dio la vuelta. Había encontrado a su maestro.

Comprender por qué el monje habría abandonado a su maestro antes incluso de conocerle es comprender los fundamentos de la ecología budista zen. ¿Por qué una simple hoja de col desechada habría de provocar una desilusión tan intensa? ¿Era el monje un fanático medioambientalista que encontró inaceptable incluso este mínimo pedazo de contaminación por parte de quién debía de ser su maestro? ¿O había allí algo más a percibir? Después de todo, la mayoría de la gente no pensaría nada del hecho de desechar una hoja de col. Seguramente, pocos la considerarían un desperdicio. Y si llegara a caer a un arroyo… bien. Con la tierra y el mar tan atascados como están con el detritus de la civilización, una hoja de col arrastrada por la corriente parecería una visión insignificante, quizás hasta agradable. Sin embargo, la hoja errante significaba para el monje mucho más. Desperdicio, basura, sí, pero también una ventana al logro espiritual de quien debía de ser su maestro. Por un momento, para el observador monje, fue la prueba convincente de que el maestro no había atravesado todavía la última barrera del zen.

El modo en que nos relacionamos e interactuamos con el ambiente dice más sobre nosotros que nuestras condecoraciones, títulos de doctor en filosofía, y éxitos empresariales. Dicen más sobre nosotros que nuestros Chagalls, anillos de diamantes y hogares de tres dormitorios. Y es que no es lo que tenemos, sino el modo como vivimos lo que revela la persona interior. Ser indiferente incluso a una hoja de col expresa una visión dualista del mundo: Yo existo aquí, y el mundo y todo lo que contiene está ahí fuera, para hacer con él lo que quiera. Tal descuido traiciona una inatención por el valor singular de cada aspecto de la creación. Esta atención consciente, el alma de la ecología budista zen, no es algo con lo que nazca la mayoría de la gente; se desarrolla a lo largo de años de educación, entrenamiento y práctica religiosa.

La meta de la ecología budista es mucho más que un medioambiente no contaminado. Es una vida de simplicidad, conservación y auto-restricción. En última instancia, esta ecología es una manifestación de la realización espiritual del individuo. Nace en el individuo y da fruto mediante la comprensión y la práctica religiosa del individuo. Enraizada en la acción, y no en el entendimiento intelectual, al final es actualizada y expresada a través de los hechos cotidianos de la vida de uno. Tareas mundanas tales como sacar la basura, cocinar la comida, limpiar el baño, y trabajar en el jardín son todas ellas ocasiones para el cultivo de la atención espiritual.

Para el monje, la hoja desechada testificaba que el maestro carecía de esta atención. Indicaba que todavía no se había purgado completamente de una visión egocéntrica de la creación. Malinterpretar la naturaleza real de los fenómenos, todavía tiene el punto de vista de una persona ordinaria. Ciertamente esto no es lo que uno esperaría de un maestro zen profundamente iluminado.

Así, la ecología budista debe emanar de la educación y la disciplina espiritual. Para un practicante zen, esta disciplina comienza con un tipo de meditación llamada “zazen”. La práctica de la meditación zen le permite a uno centrar, enfocar y aquietar la mente. La palabra “zazen” significa sentarse con la mente enfocada o totalmente absorta en una cosa. Normalmente la mente está tan empañada con pensamientos irrelevantes, fantasías, preocupaciones, juicios y deseos, que somos incapaces de ver las cosas como son verdaderamente. Vivimos en un sueño, pasando nuestros días en vanos lamentos y reniegos del pasado, mientras prevemos el futuro con temores y esperanzas. Y así, el presente se nos escapa antes de que hayamos tomado nota de él.

El objetivo del entrenamiento zen es aprender cómo vivir en el aquí y el ahora, cómo tomar este instante justo tal cual es. La práctica del zen exige consagrar la atención a la tarea a mano: una conciencia plena y una implicación total a cada momento. Por ejemplo, la posición del cocinero jefe en un monasterio zen es desempeñada tradicionalmente por el monje o la monja más avanzada espiritualmente, ya que sólo una persona tal puede otorgar a la comida el respeto y el cuidado que requiere. El Maestro Zen Dogen dijo que un cocinero debe tratar al arroz y a los vegetales como si fueran sus propios ojos. Amonestó con las siguientes palabras al cocinero del monasterio sobre la actitud apropiada hacia la preparación de la comida:

Mantén tus ojos abiertos. No permitas que se pierda ni siquiera un grano de arroz. Lava el arroz completamente, ponlo en la olla, enciende el fuego, y cocínalo. Un viejo refrán dice, “Contempla la olla como si fuera tu propia cabeza, contempla el agua como tu fluido vital.”[2]

La práctica de una atención y una conciencia sin tregua permite -en realidad, fuerza- a uno a afrontar cada momento sin el velo de los juicios. Habiendo dominado esta disciplina, uno es capaz de confrontar la mayor contaminación de todas, la contaminación de la Mente -nuestra naturaleza pura o búdica- con la mente -nuestro intelecto discursivo cimentado en el ego.

Desde una posición budista zen, el intelecto y su esbirro, el ego, son las causas principales de toda contaminación. No obstante, no es por eliminación del intelecto, sino por comprensión de su funcionamiento adecuado, como erradicamos las fuentes de contaminación. El papel principal del intelecto es evaluar el mundo fenomenal mediante la categorización, el análisis y el juicio. Debido a que normalmente lo vemos todo a través de esta facultad, dividimos nuestro entorno en aquello que percibimos como interno y aquello que percibimos como externo. Al hacerlo así, inventamos un “yo” limitado por “mis” sensaciones, “mis” pensamientos, “mis” necesidades, “mis” deseos. Este “yo,” llamado en el budismo “yo-ego”, domina de tal manera la personalidad que eventualmente se vuelve un dictador omnipresente, afectando no sólo a uno mismo sino también a lo que uno está asociado. A pesar de nuestra ciega creencia en la veracidad de este pequeño sí mismo o ego, en verdad no existe. La práctica del zen señala un camino para liberarse a sí mismo del grillete del ego, delineando claramente la naturaleza del sí mismo esencial. Una vez que descubrimos la irrealidad del yo-ego, ya no nos relacionamos más con el mundo desde una perspectiva individual y auto-centrada, sino desde una perspectiva universal. Esta es la weltanschauung [cosmovisión, en alemán] de un verdadero ecologista.

Prácticamente nadie nace con esta cosmovisión unitiva. ¿Cómo la adquiere uno? En realidad, muchas personas experimentan atisbos de la interconectividad de la vida en un momento u otro. Tales intuiciones modifican a menudo el modo en que ven el mundo, haciendo que se sientan más parte del mismo y por tanto más responsables por su integridad. Un estudiante me dijo que se convenció por primera vez de la unidad de toda la existencia mientras nadaba:

Por un momento, todo desapareció abruptamente. No había ninguna playa, ningún océano, ningún sonido, ningún movimiento, ningún yo. Todo estaba unido en perfecta armonía, una nada repleta de todas las cosas. Fui colmado con una dicha y un asombro indescriptibles. El sentimiento duró sólo una fracción de segundo, pero nunca lo he olvidado. Años después, fue el recuerdo de esta experiencia lo que me condujo a la práctica zen.

Otros cuentan experiencias similares mientras caminaban por los bosques, escuchaban música, esquiaban, estaban sentados tranquilamente, horneaban, y hacían casi cualquier otra cosa imaginable. Para la mayoría, la intuición se disipa pronto, dejando un sentido evanescente de la unicidad de toda la vida. A menudo, el deseo de revivir y atrapar esta experiencia impulsa a la gente a emprender un viaje espiritual.

La auto-realización o despertar comporta la inquebrantable convicción de que todo es intrínsecamente uno, íntegro y completo. Al tiempo, los sentimientos que habían surgido de una aceptación intelectual o de una nebulosa impresión de unicidad, se vuelven un conocimiento seguro de la unidad de toda la vida. Con el despertar espiritual viene la realización de que no somos sólo una pequeña mota en el universo, dos manos, dos piernas, una cara, y una mente, sino que abrazamos toda la existencia. En otras palabras, el despertar trae consigo la realización de que somos nada menos que el mismo universo. El Buda lo afirmó con estas palabras:

De veras declaro ante vosotros que dentro de este mismo cuerpo, aunque mortal y de solo una braza de alto, pero consciente y dotado de mente, está el mundo, y de ahí el crecimiento y de ahí el declive, y de ahí la vía que conduce a la extinción.[3]

El budista no cree que los árboles, el agua, las estrellas y la gran y extensa tierra posean una divinidad obtenida por el proceso creacionista de Dios. Antes bien, está convencido/a de que la esencia del universo no es otra que la divina perfección en sí misma, en una palabra, Buda. Esta comprensión, fundada en la conciencia de la relación interdependiente de toda existencia, origina espontáneamente el surgimiento de sentimientos de profunda intimidad, compasión universal y responsabilidad por el mundo natural. El Maestro Zen Eisai lo expresó de este modo:

Porque soy, el cielo cuelga encima y la tierra se sostiene abajo. Porque soy, el sol y la luna dan vueltas. Las cuatro estaciones se suceden, todas las cosas nacen, porque soy, es decir, por la Mente.[4]

Si a un nivel más profundo aceptamos que todos los fenómenos son en esencia uno con nuestro propio cuerpo, trataremos a todo, animado o inanimado, con reverencia. Como no somos entidades separadas, lo que le pasa al universo nos pasa también a todos nosotros. La ecología budista, por tanto, abarca no sólo a este planeta, sino a todo el cosmos.

Una persona de la más profunda espiritualidad también tendrá una sensible preocupación por cada aspecto de la creación. Un individuo tal ya no podría dañar a una criatura viviente más que lo que podría dañarse a sí mismo/a. Las escrituras budistas sostienen que un bodhisattva [5] ni siquiera caminará sobre la hierba, no vaya a ser que sea dañada. De hecho, el primer precepto budista es la admonición de no matar, sino apreciar toda vida. Esta actitud es especialmente importante con respecto a la comida, ya que cualquier cosa que comemos debe morir para sustentarnos a nosotros. Sin embargo, a un nivel relativo, es menos destructivo tomar la vida de una zanahoria o una manzana que tomar la de una forma de vida más altamente evolucionada como una vaca, un pollo o una langosta. Además, desde un punto de vista puramente ecológico, es menos perjudicial para el medio ambiente comer tan bajo como sea posible en la cadena trófica. Todo esto explica por qué muchos budistas son vegetarianos.

Existe otro aspecto importante del budismo que tiene que ver con la ecología. El budismo enseña la doctrina del karma, que es la ley de causa y efecto en relación con nuestras acciones. “Karma” significa que lo que quiera que uno siembra, eso recoge, sea bueno o malo. Las consecuencias de los actos meritorios son siempre buenos. Por otro lado, los actos malvados aseguran una retribución dolorosa. Los budistas son conscientes de que con nuestras acciones estamos creando nuevo karma constantemente. Alguien que cree en la ley de la causalidad tendrá por tanto cuidado de no causar daño a la gente, a los animales, a las plantas o a la propia tierra, ya que dañarles a ellos es simultáneamente dañarse a sí mismo.

Esto tiene lugar en dos niveles. Desde el punto de vista de la realización espiritual, nos dañamos a nosotros mismos cada vez que dañamos el medio ambiente porque somos el medioambiente. Desde el punto de vista de la ley de la causalidad, nos dañamos a nosotros mismos porque creamos karma negativo del que sufriremos antes o después. Un/a devoto/a budista nunca podría, por ejemplo, verter productos químicos tóxicos al río, porque sabría inequívocamente que se está envenenando a sí mismo/a en un sentido tanto inmediato como futuro. Esto es, está envenenando su cuerpo absoluto -el mundo- y está envenenando su futuro mediante la adquisición de mal karma.


Por supuesto, pasan muchos años antes de que algunos practicantes zen sean capaces de aceptar la noción de retribución kármica. Aparte de eso, el karma sirve más como elemento de disuasión contra la acción equivocada que como un incentivo para el comportamiento ecológicamente responsable. Entonces, ¿cómo cultiva una actitud reverente hacia la tierra y todos sus habitantes el practicante zen novato que carece de la experiencia motivadora de la iluminación?

Al principio, los medios primarios para adquirir una conciencia ecológica es la educación y el ejemplo. A los principiantes se les enseña, por ejemplo, que el agua no puede ser desperdiciada, sino conservada. En retiros y otros momentos, los maestros les recuerdan que no dejen correr el agua mientras se limpian los dientes. Asimismo, durante una ducha deben cortar el agua cuando se enjabonan el cuerpo y se lavan el pelo. De un modo similar, el supervisor de cocina les advierte que no dejen correr el agua mientras lavan los vegetales o los platos.

Evitar el despilfarro no se limita sólo al agua. El novicio aprende a usar y reusar cada pedacito de papel, y después a reciclarlo. Mucho del papel usado para membretes y otros propósitos puede, de hecho, provenir de existencias recicladas. La basura que puede ser reciclada es separada y llevada a un centro de reciclaje. Los trozos de vegetales que el cocinero no puede usar se convierten en provisiones para hacer sopa o compost.

El alimento no es nunca desperdiciado. Durante las comidas el novicio aprende a limpiar del plato cada bocado de alimento con pan, encurtidos, o palitos de zanahoria. Las oraciones previas a las comidas recuerdan al practicante zen que los alimentos deberían ser comidos en la actitud propia de quien ha recibido una ofrenda de aquellos que los han elaborado.

A los aprendices budistas zen se les enseña a proteger el medioambiente. Los suministros de limpieza son ecológicamente seguros. (Puede que no trabajen tan rápido, pero eso no importa. Se limpia con más fuerza). Los spray de aerosoles son insólitos en muchos centros zen. Las luces son apagadas cuando no se las necesita más.


Los aprendices son instruidos para que traten a todas las criaturas de la tierra con compasión. Las plantas, siendo también seres vivos, tampoco deben ser destruidas deliberadamente. En muchos centros zen rara vez se cortan flores con propósitos decorativos, aunque pueden ser usadas para ofrendas, por ejemplo, en el altar. Más frecuentemente, las plantas para los altares son artificiales o desecadas, para que duren indefinidamente. Las flores del altar pueden también ser desecadas, artificiales o quizá de una planta viva en floración.


Como una forma de dar al mundo y no sólo tomar de él, algunos centros zen plantan árboles y flores cada año. Muchos grupos budistas mantienen jardines orgánicos. Los miembros de al menos un centro zen limpian regularmente las calles y las aceras de su vecindario. Otros centros tienen días de ayuno regulares durante los cuales el dinero que habría sido gastado en comida es enviada a las organizaciones contra el hambre.


Al principio, el novicio realiza estas cosas movido por un sentido de obligación; es lo “correcto” a realizar y, además, forma parte del entrenamiento zen. Pero a medida que el individuo se desarrolla espiritualmente, estas prácticas se vuelven habituales. Aún más, se vuelven parte del modo de vida de uno. No es nunca una cuestión de que, por ejemplo, el reciclaje de la basura sea demasiado problemático, o demasiado inconveniente, o innecesario. Uno lo hace con la misma ausencia de auto-conciencia con la que se limpia los dientes. Al final, se trata de una forma de vida que es la expresión de la consciencia espiritual, la comprensión que ha penetrado cada aspecto de la propia vida.


Vivir en armonía con la tierra no ocurre de la noche a la mañana. Lleva muchos años de entrenamiento y profunda comprensión espiritual el que las acciones de una persona sean instintivamente universales en lugar de egocéntricas. Recuérdese la historia del monje y el maestro zen relatada anteriormente. El monje decidió permanecer con el maestro porque persiguió espontáneamente la hoja de col; el maestro no podía haberlo hecho de otro modo. Su acción fue tan natural como agarrar la almohada perdida mientras se está profundamente dormido. La vida del maestro estaba impregnada de compasión y cuidado atento por todas las cosas, incluso una hoja de col. Sabía bien que nada está separado del universo, lo cual significa de nosotros.

Si estás convencido de que, como dijo el Maestro Zen Dogen, “tú y los arroyos y las montañas sois uno y lo mismo,” ¿cómo podrías vivir la egoísta existencia de alguien que expolia el medioambiente? Cuando un vertido masivo de petróleo amenaza el océano, ¿podría una sola ola mantenerse distanciada, actuando como si solo ella estuviera no contaminada, o que trabajara solo para limpiarse a sí misma? No, la ola y el océano trabajan como uno, ya que en realidad son uno. Lo que afecta al océano, afecta a la ola. Exactamente del mismo modo, lo que afecta al universo, nos afecta a cada uno de nosotros, puesto que nosotros y el universo no somos dos. Por consiguiente, en una persona de sabiduría surgirá instintivamente una preocupación compasiva por el mundo. La expresión de esta compasión universal es la ecología.


Notas


[1] Maestro Zen Dogen, “Keisei Sanshoku” (El Sonido de los Torrentes del Valle, la Forma de las Montañas), traducido por Francis Dolun Cook en
How to Raise an Ox (Los Angeles: Center Publications, 1978), p. 114.

[2] Maestro Zen Dogen, “Tenzo Kyokun” (Instrucciones al Cocinero Zen), traducido por Thomas Wright en Refining Your Life (New York: John Weatherhill, 1983), p. 6.

[3] Del Anguttara-Nikaya II, Samyutta-Nikaya I, citada por el Lama Govinda en Foundations of Tibetan Mysticism (New York Samuel Wiser, 1974), p. 66.

[4] Del Kozen-Gokoku-Ron, citado en Los Tres Pilares del Zen, por Philip Kapleau (New York: Anchor Press/Doubleday, 1980), p. 126.

[5] Un ser de gran sabiduría y compasión que consagra su vida a la liberación de todos los seres sensibles.


(*) Publicado originalmente en Religious Education Vol. 85, Número 1, Invierno 1990, pp.42-48. Copyright de Religious Education.

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