por José Manuel Maceiras (*)


El otro día, leyendo un cuento, me surgieron muchas preguntas sobre mí mismo. Se trataba de una leyenda peruana titulada El Poder de la Imagen, y contaba lo siguiente:

“Érase una pequeña ciudad donde todo el mundo era feliz. Todos hacían lo que querían y se entendían bien entre sí, a excepción del alcalde, que vivía triste porque no tenía nada que gobernar. La cárcel estaba vacía, el tribunal no se utilizaba nunca y el trabajo de notario no proporcionaba ningún beneficio porque la palabra valía más que el papel.

“Aquí falta autoridad”, pensaba el alcalde. E intentaba de todas las formas posibles que la gente obedeciese leyes absurdas creadas por el Gobierno central. Mas nadie le hacía caso.

Hasta que el alcalde tuvo una idea. Mandó venir de muy lejos a operarios para que cerraran con una cerca el centro de la plaza principal de la pequeña ciudad, y se pusieran a construir. Durante una semana se oyeron martillos golpeando, sierras cortando madera, las voces de los capataces dando órdenes.

Una tarde, el alcalde invitó a todos los habitantes de la ciudad a la inauguración. Con gran solemnidad, se retiró la cerca y apareció… una horca. Nuevecita, con la soga oscilando al viento, y el mecanismo de la trampilla bien engrasado.

A partir de aquel momento, todo el mundo que pasaba por la plaza veía la horca. La gente se fue volviendo cada vez más triste, sin saber lo que se esperaba de ella.

Empezaron a preguntarse qué hacía allí aquella horca, y, por el miedo que les producía, pasaron a dirigirse a la justicia para resolver cualquier asunto que surgía y que antes se resolvía de común acuerdo.

Empezaron a ir al notario para registrar documentos que hasta entonces habían sido sustituidos por la palabra. Y también empezaron a hacer caso en todo al alcalde, por miedo a violar la ley.

La leyenda termina contando que nunca se utilizó la horca. Pero bastó su presencia para que todo cambiara.

Leyendo este cuento, me he dado cuenta de la cantidad de miedos que se nos han ido acumulando a lo largo de la historia de la humanidad. Hay un miedo ancestral que, generación tras generación, se nos ha ido inculcando a través de sus representaciones: miedos sociales, políticos, religiosos, morales, económicos, en suma, miedo a todo aquello que representa un poder; poder sobre los demás, sobre los otros que, al fin y al cabo, somos la inmensa mayoría.

Pero lo más triste quizá sea cómo nos condicionan la vida esos miedos. Es como si se nos tratara de meter dentro de una horma de zapato, determinada y concreta, en el que apenas puedas respirar. Los miedos nos impiden romper esa especie de techo que nos rodea y nos constriñe, no sólo a un nivel exterior sino también interior. Ése es el peor de los miedos.

Queremos perder el miedo, efectivamente. Y, sin embargo, nos resistimos a perder aquello que nos impide dejar de tener miedo, el yo y lo mío. Ese yo que utilizamos cotidianamente y que nos condiciona es el que debemos trascender para poder realmente sentir la libertad.

Sería bueno encontrar un vomitivo que nos hiciera expulsar todos estos miedos que nos atenazan y que generalmente desconocemos que tenemos. Así podríamos alcanzar la mayor expresión de la libertad sin miedos, la iluminación. Y es que quizás nuestro mayor miedo sea precisamente ese abrazar la luz.

El maestro Dôgen dijo con respecto a la iluminación: “Estar iluminado es estar en intimidad con todas las cosas”. Para lograr esa intimidad, esa comunión, hace falta estar libre de ataduras, sin miedos, sin máscaras; ver las cosas tal y como son, y no con todo el poder que les hemos atribuido a su simbología.

Sin miedo, abracemos la luz para el bien de todos los seres, y que nuestro símbolo sea sencillamente, gâssho.

(*) José Manuel Maceiras es doctor universitario en Ciencias de la Salud. Miembro de la CBSZ y discípulo del maestro Dokushô Villalba desde 1996. Es instructor de meditación Zen y responsable del Centro Zen de Valencia.

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