Boro Miralles


Nuestra sociedad actual se caracteriza por una situación de riesgo e incertidumbre provocada por los acelerados e imprevisibles impactos tecnológicos sobre el medio ambiente y la salud de las personas.

Son cada vez más y mejor conocidos los efectos de la crisis ecológica sobre la salud pública. Es el complejo binomio de la sociedad del bienestar versus la sociedad del riesgo, ya que los peligros que nos acechan -incluso en nuestros platos- por el dominio de la agricultura y ganadería intensivas industriales, son imputables a acciones y decisiones humanas que conllevan asociadas la atribución de responsabilidades. Se hace necesario así, la regulación de la tecnología para proteger los entornos naturales y la salud a través de la seguridad alimentaria, ya que uno de los riesgos más relevantes para la ciudadanía, todos nosotros, es el relativo a la alimentación de calidad e inocuidad de los productos que forman parte de nuestra dieta diaria.

La FAO ha definido la seguridad alimentaria como el escenario sociológico que permita a todas las personas tener acceso físico, social y económico, en todo momento, a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer las necesidades y preferencias alimentarias para llevar una vida sana y activa. Esta seguridad como derecho fundamental requiere de la puesta en práctica de otro concepto fundamental: el de la democracia alimentaria (Comisión de los Derechos Humanos de la ONU, 2000), como derecho de todos los consumidores a saber, optar, participar y corresponsabilizarse de su propia alimentación. No sólo de la cantidad de alimentos sino de la calidad y acceso digno y suficiente.

Planteamientos integrados de seguridad en toda la cadena alimentaria, desde la producción a la comercialización y consumo final; implementar el principio de precaución avalado por investigaciones científicas independientes que corroboren o no la seguridad de los alimentos y modos de producción que entrañen riesgos, lo que conllevaría la evitación de los OMG -organismos modificados genéticamente-; activar la aplicación de la trazabilidad alimentaria como sistema que permite conocer el recorrido de los productos desde el campo hasta la mesa, pasando por elaboradores y proveedores, para aproximarnos más y mejor a los llamados productos kilómetro cero locales, favoreciendo a los pequeños y medianos productores cercanos; definir con medidas legales la responsabilidad de cada uno de los integrantes de la cadena alimentaria: productores, transformadores, autoridades de salud pública y consumidores; práctica rigurosa de la transparencia informativa y el derecho ciudadano a saber sobre las cuestiones alimentarias, etc. Todo ello son medidas de emergencia para la seguridad, la soberanía y la democracia alimentarias, en el marco de la sustentabilidad ecológica.

El actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos genera impactos sociales, ecológicos y sanitarios con una influencia negativa: contaminación de la frágil capa de tierra fértil, intrusión contaminante en los acuíferos, el transporte como dilapidador del consumo energético, la producción ingente de residuos, el uso y abuso de productos químicos de síntesis en el cultivo, y de aditivos y conservantes en la transformación, elaboración de alimentos insípidos y de escaso valor nutritivo, … Estos impactos se pueden minimizar mediante estrategias como impulsar la producción y el consumo local en el marco del biorregionalismo -vivir en un país significa vivir sus contextos, es decir, en sus regiones naturales, en conexión con sus procesos territoriales, sus tiempos, sus ritmos, sus recursos-, en agricultura significa una regionalización de la producción de alimentos; una política agraria que abogue por el decidido impulso a la agricultura ecológica y de las condiciones de acceso y comercial; la mejora de las dietas de salud pública mediante alimentos inocuos y nutritivos, y freno a los productos superfluos y potencialmente perjudiciales, así como hábitos saludables que proporcionen calidad en el estilo de vida y bienestar personal.

Y en respuesta a las campañas de los lobbys alimentarios contra lo ecológico y lo bio, que quede bien claro: no es lo mismo que los ingredientes que forman nuestra dieta se obtengan de una forma de cultivo o de otra. La producción actual de alimentos, en el paradigma de la calidad y seguridad alimentaria, tiene una maravillosa oportunidad en la agricultura ecológica, con el rechazo de los productos químicos -insecticidas, pesticidas, fertilizantes, hormonas, aditivos, conservantes-, se contribuye a la salubridad y mayor cualidades nutritivas de los alimentos, así como al mantenimiento de los recursos naturales y la salud de la tierra fértil, siendo una producción respetuosa con el medio ambiente y con las personas que lo habitamos.

Y al lado de este análisis macroestructural, faltaríamos a la autoresponsabilidad si no nos fijáramos en nosotros como ciudadanos consumidores responsables. El consumo responsable es ante todo una actitud personal, una autoeducación para tomar decisiones respecto a productos y servicios que vayan más allá de valores económicos o de prestigio y poner el valor en aspectos éticos, sociales, ecológicos y de sostenibilidad. Para ello es necesario la toma de conciencia con criterios personales, sentido crítico, autonomía y responsabilidad. Así vamos consiguiendo que se consolide cada vez más la vía hacia el comercio justo, la producción limpia y la soberanía del consumidor.

Así pues, salud para tu cuerpo a la vez que para tu planeta, personas libres en un planeta habitable. Somos Persona-Planeta.

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