Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


¿A quién perteneces esos ojos de rubí que refulgen entre las sombras del bosque, esos cuernos que brillan como argénteas medias lunas? ¡Observad, hijos míos, qué rápido pasan entre los arbustos esas nacaradas pezuñas! ¿No habéis oído hablar del ciervo dorado? “Baniano”1, el rey de los ciervos, le llaman.

Pero Baniano no era el único monarca del bosque de Benarés. Reinaba sobre quinientos ciervos, y otro rey, “Rama”2, gobernaba a otros quinientos.

Era costumbre del rey de Benarés cazar ciervos cada día. Antes de llegar al bosque, tenía que atravesar innumerables campos, y el arroz, el trigo y las plantes tiernas que cultivaban los campesinos eran pisoteadas por los caballos del rey y sus nobles. “Piedad”, gritaban los campesinos, pero las trompetas sonaban y sus pobres voces se perdían en los campos.

“¿Cómo podemos cambiar esta situación?”, se preguntaban los campesinos. “Arrojemos del bosque a todos los ciervos y hagamos que penetren en los propios jardines del rey; así este no pasará más por nuestros campos para ir a cazar”.

Así, los campesinos, después de sembrar hierba y de construir estanques en los bosques del palacio, llamaron a los hombres de la ciudad, y con palos y lanzas se fueron todos al bosque para expulsar de él a los ciervos. Los hombres rodearon primero el bosque, para que los ciervos no pudiesen escapar por ningún lado, y luego, batiendo sus lanzas y armas, condujeron a los ciervos hasta los bosques del palacio y cerraron las entradas tras ellos. Entonces, fueron a ver al rey y dijeron:

“Señor, ya no podemos trabajar. ¡Ay!, cuando vos y vuestros nobles ibais de caza, los caballos pisoteaban nuestros campos; por lo tanto, hemos conducido a los ciervos hasta los bosques de palacio y hemos plantado hierba y construido estanques para que puedan comer y beber. Así, ya no tendréis necesidad de cruzar nuestros campos”.

Desde aquel día, el rey no fue más allá de los bosques de palacio para cazar. Cada día, observaba la hermosa manada y veía entre ellos a dos ciervos dorados. “No hay que matar a los ciervos dorados”, ordenó a sus hombres. Y así, Baniano y Rama nunca fueron alcanzados por las agudas flechas. Pero, cada día, uno de los demás era muerto para el festín del rey, después de haber recibido innumerables heridas. Algunos ciervos eran heridos mil veces antes de caer abatidos al fin por las flechas de los cazadores.

Rama, por esta razón, fue un día a ver Baniano y le dijo:

“Amigo de los bosques, escucha con atención mis palabras. Nuestros súbditos no solo son muertos, sino heridos inútilmente. ¡Ay!, cada día uno debe de ser abatido, porque este es el deseo del rey, pero ¿por qué tantos han de ser heridos antes de atrapar a uno solo? ¿No sería más razonable que cada día fuera uno de nuestros súbditos a palacio para que lo matasen?”

Baniano estuvo de acuerdo y así fue ordenado. Cada día, por turno, un ciervo iba al palacio y ponía su frente de blanco inmaculado en la piedra que había delante de la entrada. Un día, uno de la manada de Baniano, y al día siguiente, uno de la Rama.

Pero un día, una joven cierva de la manda de Rama, madre de un cervatillo, fue informada de que había llegado su turno. Al oír la noticia corrió hacia Rama y dijo:

–Señor, hoy me ha llegado el turno de ir a palacio, pero mi pequeño es débil y todavía necesita los cuidados de su madre. ¿No podría ir más adelante, cuando él fuera mayor?

–No –respondió Rama–, ningún otro puede coger tu turno. Ve al palacio tal como se te ha ordenado que hagas.

Con el corazoncito temblado por la pena, la cierva fue corriendo hasta Baniano y dijo:

–Oh rey Baniano, ha llegado mi turno de ir a palacio, pero tengo un pequeño que todavía me necesita. ¿No podría ir algo más adelante, cuando él fuera mayor?

–Vuelve con tu pequeño –dijo Baniano–, me preocuparé de que otro coja tu turno.

Y como el relámpago atravesando las nubes, así corrió Baniano entre los árboles y los arbustos e inclinó su testuz sobre la piedra de delante de la entrada del palacio.

“¡Oh ciervo de oro! ¡Aquí, en esta piedra para ser sacrificado! ¡Oh!, ¿qué significa?”, exclamó el hombre que cada día mataba un ciervo para el festín del rey. El cuchillo le cayó al suelo, y él, hechizado, corrió a ver al rey para contarle lo que acababa de contemplar.

Igual como tú, hijo mío, correrías hacia el hermano que te es querido, así corrió el rey hacia Baniano.

–¡Oh bello ciervo! –exclamó–, ¿qué te ha traído a esta piedra de dolor? ¿No sabías que había ordenado que nunca te matasen? Ciervo de oro, dime que te ha traído aquí.

–Señor –respondió Baniano–, hoy era el turno de una cierva blanca, madre de un cervatillo; vengo en su lugar, pues su hijo es demasiado pequeño todavía para dejarlo solo.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas del rey y cayeron sobre la dorada testuz de Baniano, a la que sostenía entre sus manos. E, inclinándose sobre Baniano, dijo:

–Tu vida, oh divino, y la vida de la cierva será perdonadas. Levántate y corre hacia los bosques de nuevo.

–Señor –dijo Baniano–, nuestras vidas serán perdonadas, pero ¿qué haréis con nuestros semejantes que corren por los bosques?

–También sus vidas quedarán perdonadas –contestó el rey.

–Así, los ciervos de los bosques de palacio se salvarán –añadió Baniano–, pero ¿qué será de los demás ciervos de vuestro reino, señor?

–También todos ellos serán perdonados –contestó el rey.

–¡Oh rey! –dijo Baniano–, perdonaréis a los ciervos, pero ¿qué haréis con la vida de los demás cuadrúpedos?

–¡Oh misericordioso! –dijo el rey–, todos ellos serán libres.

–Señor, todos ellos serán libres; pero ¿que será de las aves que vuelan por el espacio? –preguntó Baniano.

–También ellas serán perdonadas –dijo el rey.

–Señor –dijo Baniano–, perdonaréis las vidas de los cuadrúpedos y las aves, pero ¿que será de los peces que viven en las aguas?

–También ellos serán perdonados –contestó el rey.

El amor había penetrado en el corazón del rey. Y este reino con amor sobre su pueblo,y todos los seres vivos de su reino fueron felices por siempre jamás.

1Este es el nombre de uno de los árboles sagrados del budismo (Ficus Bengaliensis), llamado en sánscrito nyagrodha.

2No confundir con el nombre del héroe mítico hindú. Aquí hemos traducido así el inglés “Branch” con el que la autora de esta versión designa a este personaje.

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