por Eric Rommeluère


“Inspirados por valores búdicos, los budistas comprometidos están unidos por la voluntad común de aliviar el sufrimiento del mundo mediante un “compromiso” (versus la renuncia) en el seno de las múltiples instituciones, estructuras y sistemas sociales, políticos, económicos, etc., de la sociedad. Un compromiso de tal índole puede adoptar diferentes formas (como por ejemplo el voto, el lobbying, la protesta pacífica, la desobediencia civil) pero siempre va encaminado a provocar activamente y a transformar esas instituciones percibidas como perpetuadoras del sufrimiento bajo diversas formas de opresión o injusticia.”
(
Thomas Freeman Yarnall)

Un budismo transversal

El budismo es múltiple, plural, diverso, complejo. En lo sucesivo, en Occidente se codean monjes Zen, lamas tibetanos en el exilio, monjes cambodjanos y sri-lankeses de la escuela Theravada, así como venerables vietnamitas llenos de amidismo (un budismo de fe particularmente vivaz en la zona china). Disparidad de enseñanzas, yuxtaposición de escuelas. Sin embargo, después de algunas decenas de años, está tomando importancia una nueva corriente de pensamiento budista que traspasa todas: el Budismo Comprometido. Este movimiento pan-búdico, que no ha surgido de una escuela particular y que encontramos tanto en Oriente como en Occidente, expresa una postura innovadora: un budista puede (o mejor, debe) comprometerse en la vida política, económica o civil con el fin de concretar un ideal de sociedad justa y equitativa, libre, y es aquí donde reside una de las novedades, oponerse a las estructuras establecidas. En el transcurso de la historia, los monjes budistas se han constituido la mayoría de veces en comunidades de personas en retiro espiritual y son raros los que han vuelto a poner en tela de juicio los sistemas políticos en los que evolucionaban, incluso los más despóticos. La conformidad de las comunidades monásticas con el orden establecido ha sido más o menos siempre rigoroso. Pero ¿podemos hoy en día contentarnos con enseñar una religión cuando los hombres no comen cuando tienen hambre, no tienen techo o abrigo o no tienen acceso a la educación? Así, ha aparecido el sentimiento de que los budistas también debían responder a un sufrimiento más global que el simple sufrimiento psicológico o existencial. Que también debían afrontar las desigualdades sociales, los problemas materiales, las dificultades económicas e incluso las opresiones.

Este movimiento todavía es poco conocido en Francia, aun cuando una de sus figuras, el monje vietnamita Thich Nhat Hanh vive y enseña en ese país desde hace treinta años. El movimiento predomina en América, en los países anglo-sajones y en Alemania, país donde el budismo está arraigado desde hace algunas décadas. Ya tiene múltiples caras, según si sus miembros se comprometen en la acción social o en la militancia política. Incluso se ha formado una separación entre los que ven en esta forma de compromiso un complemento necesario de las actividades tradicionales enseñadas en el seno de su propia escuela (meditación, estudio, etc.) y los, más radicales, que consideran el Budismo Comprometido como una “vía espiritual” en sí misma. De todas formas, esta última tendencia sigue siendo minoritaria. Sus campos de actividad son de lo más variado: la ayuda a los presos, la construcción de hospitales, la militancia, la reflexión sobre la educación o la economía, o la participación en movimientos pacifistas o ecológicos, etc.

Para estas personas comprometidas, el budismo también es vivido como un combate social y/o político. Algunos retirarán un porcentaje de sus impuestos correspondiente a la parte reservada al presupuesto de defensa. Otros ya no serán simplemente vegetarianos por convicción filosófica sino por auténtica concienca política, con el fin de mostrar su oposición a la sociedad de consumo.

Un punto de encuentro entre Oriente y Occidente

El Budismo Comprometido es un budismo moderno nacido del encuentro y de la interacción entre los ideales de Oriente y Occidente, uno portador de una tradición de liberación interior, el otro de una tradición de libertad política. Robert Aitken ( en la foto ), uno de los pioneros de este nuevo budismo, describe así este encuentro, desde un punto de vista occidental: “Nosotros, los otros budistas occidentales, edificamos sobre una tradición de responsabilidad social que existe desde Moisés, Jesús y Platón pero también sobre otra tradición de rectitud que se ha formado en los monasterios de yoguis, taoístas, budistas, así como en las grandes instituciones confucionistas. Por esta síntesis, se asegura que el budismo en Occidente aplica la ética de una nueva manera.” En esta nueva forma de budismo, las nociones civiles de libertad, igualdad y fraternidad, en lo sucesivo, hacen eco con los ideales espirituales como la repartición o el respeto.

Si el término ha sido forjado durante la guerra del Vietnam por Thich Nhat Hanh, el Budismo Comprometido, como respuesta a los problemas sociales y políticos, ya tiene una historia centenaria en Asia; en el origen, se trataba de una lectura budista del marxismo. El ideal comunista ha parecido a sus primeros lectores orientales una versión curiosamente cercana al modelo comunitario predicado por el Buda. Y desde el principio del siglo, surgía aquí y allá la idea de un “budismo socialista” o de un “budismo radical”. La mayoría de veces, este primer impulso fue reprimido violentamente. Durante la guerra ruso-japonesa de principios de siglo, un asunto que implicaba a religiosos también tuvo una gran resonancia en Japón. Veintiseis personas pertenecientes a un movimiento de inspiración marxista y anarquista fueron arrestadas por alta traición y conjuración contra el Emperador. Entre ellas, el editor de la traducción japonesa del Manifiesto del Partido Comunista y cuatro monjes budistas entregados a la causa del pueblo. Uno de esos monjes, Gudô Uchiyama, de la escuela Zen, ha dejado una amplia obra escrita que permite circunscribir sus reflexiones. Sus lecturas de los autores sociales le habían llevado a la conclusión de que las doctrinas budistas y marxistas compartían el mismo ideal social. Por esto, le pareció que era su deber de monje militar por el desarme, el pacifismo y la nacionalización de las tierras. Cuando en 1907, el partido socialista japonés fue prohibido, Uchiyama siguió imprimiendo sus libros en la clandestinidad donde hacía un llamamiento a las reformas sociales y económicas. Arrestado en 1909, fue condenado a siete años de cárcel por actividades subversivas. Cuando estaba en la prisión, fueron arrestados otros militantes. Sus libretas y octavillas eran releídas, como su Manual para los soldados imperiales , donde pedía a los militares que desertaran. Finalmente acusado de alta traición, Uchiyama, monje budista y marxista, fue fusilado junto a otros conspiradores. Este asunto que marcó la opinión japonesa de la época es, en este aspecto, revelador de este encuentro inesperado entre Oriente y Occidente.

Este tipo de opiniones declaradas públicamente eran marginales. Pero marcaban una nueva toma de conciencia: en lo sucesivo, el budismo podía tener un papel político y social contra o independiente de las autoridades o estructuras establecidas. Luego la connivencia del budismo y el marxismo ha sido muy real en Asia. En el momento de la lucha por la independencia de Ceilán, numerosos monjes tomaron así hecho y causa para movimientos de inspiración socialista y comunista. Hoy, la tentación marxista ya no es, como podemos imaginar, actual. Gandhi, símbolo de la no-violencia, ha reemplazado en lo sucesivo a Marx en los iconos del Budismo Comprometido. Sin embargo, este movimiento sigue estando ampliamente formado por ideales socialistas, por lo menos en sus versiones politizadas.Panorama de las redes de budistas comprometidos

Actualmente, la mayoría de los budistas comprometidos están reagrupados en el seno de dos grandes organizaciones internacionales: The Buddhist Peace Fellowship (BPF) y The International Network of Engaged Buddhists (INEB). La primera tiene su sede en los Estados Unidos, la segunda en Asia. Independientemente de estas dos redes, hay muchas otras organizaciones budistas que también trabajan en el ámbito del compromiso político y social. La mayoría de veces son emanaciones de una tradición particular, como la reciente Zen Peacemaker Order creada por Bernard Glassman, quien quiere casar el Zen con el compromiso social. La BPF y la INEB son organizaciones pan-budistas. Sus objetivos sobrepasan la ayuda directa a los desprovistos y la simple coordinación de programas sociales. Funcionan como redes de reflexión y proponen proyectos de sociedad alternativa.

La Buddhist Peace Fellowship es, ante todo, la obra de un hombre, Robert Aitken, uno de los pioneros del budismo Zen americano. Nacido en 1917, Aitken se interesó por el budismo cuando fue hecho prisionero en Japón durante la segunda guerra mundial. Después de la guerra, prosiguió su aprendizaje junto a los maestros japoneses y, finalmente, fue reconocido como enseñante en el seno de la escuela Zen Sambô Kyôdan , “La Sociedad de los Tres Tesoros”. Paralelamente, se implicó en el activismo que vivía como un complemento necesario a su práctica budista. Militó contra los ensayos nucleares americanos en los años 50, luego contra la guerra del Vietnam en los años 60. Aitken fue uno de los primeros budistas americanos que practicó la desobediencia civil rechazando pagar la parte de sus impuestos afectados por el presupuesto de defensa. Lo que es, dicho sea de paso, totalmente impensable en el contexto del Zen japonés donde la sumisión al Estado y más generalmente al grupo social, es imperativa. Vinculado a sus maestros, Aitken, ha separado, no obstante siempre, el mensaje del Zen de los que consideraba defectos de la cultura japonesa.

Las reflexiones de los budistas americanos sobre su compromiso político datan de esta época donde la guerra del Vietnam obligaba a todo el mundo a tomar posición. En 1969, Gary Snyder (el Jaffy Ryder de las novelas de Jack Kerouac), uno de esos intelectuales ganados al budismo, volvió a publicar un famoso artículo donde criticaba las instituciones budistas que aceptaban o ignoraban las desigualdades en las que vivían y por esto incluso afianzaban las tiranías. En él decía: “La revolución social ha sido la misericordia de Occidente; el despertar personal en el sí mismo fundamental, la vacuidad, la misericordia de Oriente. Necesitamos ambos.” (“Buddhism and the Coming revolution”, Earth House Hold [ leer el texto entero ]). Algunos años más tarde, Robert Aitken fundaba la Buddhist Peace Fellowship con los miembros de su comunidad Zen y algunas personalidades del mundo budista como Gary Snyder. En principio, su audiencia se limitó a Hawaii donde vivía Aitken y, luego, a California, pero su influencia se extendió rápidamente a todos los países anglófonos. Hoy, la BPF cuenta con alrededor de 4.000 miembros. Es una de las organizaciones americanas más activas en materia de desarme, ecología o derechos humanos. En 1987, fue la co-instigadora de una reunión interreligiosa en Honduras y Nicaragua para resolver la crisis política en esos países. Actualmente, desarrolla diversos programas de ayuda social en Asia.

Más reciente y menos importante que la Buddhist Peace Fellowship , The International Network of Engaged Buddhists (INEB) es, sin embargo, la organización más innovadora en materia de reflexiones teóricas. Su sede está en Bangkok, pero como indica su nombre, está constituida en red y cuenta con 400 miembros pertenecientes a 33 países diferentes. El Dalai-Lama, Thich Nhat Hanh y Maha Ghosananda que forman parte de tres tradiciones diferentes (budismo tibetano, Zen vietanimita, Theravada cambodjano), son miembros de honor de la misma. La INEB nació en 1989 con la iniciativa de dos budistas, Teruo Maruyama y Sulak Sivaraksa. El primero es un japonés, sacerdote de la escuela japonesa Nichiren-shû. Antiguo miembro del Partido Comunista, Maruyama es conocido en su país por sus acerbas críticas de las instituciones religiosas y por sus diversas campañas no-violentas (contra los consorcios de la industria química y la construcción del aeropuerto de Tokyo, entre otros). El segundo, el doctor Sulak Sivaraksa, es tailandés y sigue siendo uno de los principales teóricos del movimiento. Él mismo dice estar influenciado por el pensamiento de Thich Nhat Hanh, Gandhi y de los Quakers. Incluso si se desmarca, también sigue profundamente impregnado por el modelo marxista. En su propio país, Sulak Sivaraksa fue perseguido durante largo tiempo por sus actividades consideradas como subversivas.

Las acciones de la INEB son múltiples y puntuales. La sección japonesa de la red milita, por ejemplo, por el reconocimiento de las exacciones de Japón durante las últimas guerras: la masacre de Nankin, experimentaciones de los médicos japoneses durante la segunda guerra mundial, etc. La INEB-Japón también ha empezado con otro tabú de la sociedad japonesa: la esclavitud sexual controlada por los yakuza , los mafiosos locales, sin vacilar en operar en condiciones rocambolescas para salvar a prostitutas. Compradas en su país por 150.000 a 300.000 francos , se estima así que de 50 a 70.000 tailandesas son forzadas a prostituirse en el país del Sol Naciente. Los miembros de la INEB, a veces monjes, van a los bares de prostitución donde intentan sensibilizar a las jóvenes mujeres haciéndose pasar por clientes. Cuando se ha establecido el contacto y una entre ellas manifiesta el deseo de escapar, organizan su fuga. Operación difícil y peligrosa, los bares se encuentran bajo la estrecha vigilancia de las bandas de malhechores. Llegan en gran número y en la confusión, la sacan. En el transcurso de los últimos años, algunas decenas de tailandesas han podido ser liberadas de esta manera.

Otra acción reciente llevada a cabo, esta vez en Tailandia, por el doctor Sulak Sivaraksa: la INEB se ha opuesto en 1998 a la construcción de un gasoducto de una longitud de 260 kilómetros que transporta gas birmano hasta la provincia tailandesa de Ratchaburi. La INEB, como numerosos grupos de oposición tailandeses, acusaban a la PTT ( Petrol Authority of Thailand ), el consorcio petrolero nacional, de no haber indemnizado lo suficiente a la población local, de haber descuidado la protección del medio ambiente y, aún más grave, de finanziar y sostener indirectamente la junta militar birmana mediante la compra de este gas. A pesar de sus múltiples batallas (Sulak Sivaraksa se encadenó al gasoducto en construcción y luego llevó a cabo acciones judiciales contra el gobierno), el conjunto está actualmente en marcha.

¿Una utopía?

Mediante este tipo de operaciones, los budistas comprometidos quieren mostrar que un acercamiento tradicional es obsoleto y que el budismo debe encontrar respuestas apropiadas a los problemas contemporáneos. Por más que hagamos, estamos implicados en la mundialización y globalización de las economías. ¿Cómo respetar el precepto de no matar cuando nuestros impuestos también contribuyen al presupuesto de defensa? ¿Cómo respetar el precepto de no robar cuando comprando productos de consumo contribuimos a la explotación del tercer mundo? Para un Sulak Sivaraksa, la mera participación en la sociedad de consumo viola todos los principios éticos (ver recuadro). El sufrimiento, problema esencial del budismo, adquiere una nueva dimensión en nuestras sociedades. Por lo que en lo sucesivo, un pensamiento budista debe incluir una reflexión sobre nuestra implicación en el mundo, nuestras relaciones con el Estado, las empresas o las multinacionales. Para los budistas comprometidos, la acción es también necesaria para modificar las relaciones de fuerza entre los individuos y los actores sociales. El respeto, la no-violencia, la compasión son los leitmotivs de estos nuevos artesanos de la paz. ¿Cambiarán ellos el mundo? En todo caso, han prometido obrar, según el voto budista, “mientras haya seres que salvar”.


”Acercando más el budismo al mundo contemporáneo, no se trata en ningún caso de olvidar lo esencial, como por ejemplo los principios de la ética. Simplemente, hace falta volver a darles un sentido en las sociedades en las que vivimos. En las sociedades agrarias donde se ha desarrollado el budismo, las cosas eran más simples… Podíamos decir “no mato, no robo, no cometo adulterio, no miento. Soy una persona de bien” pero con la creciente complicación de nuestras sociedades, ¡ya no es así! (…) Ya no es tan simple abstenerse de matar a todo ser viviente. Debemos preguntarnos: ¿Podemos admitir que nuestros impuestos sirvan al armamento? ¿Debemos criar animales para matarlos? Con relación al segundo precepto, no robar, también cabe preguntarse: incluso si no robamos nada directamente, ¿podemos aceptar ver cómo los países ricos explotan a los países pobres mediante el sistema bancario internacional y el orden económico mundial? De hecho, ¡participar en todo el sistema de consumo ya es arriesgar a cada instante la violación de los tres primeros preceptos! En cuanto al cuarto, abstenerse de palabras engañosas o incorrectas, es particularmente difícil en un mundo basado en la comunicación publicitaria y la propaganda política… De hecho, el sufrimiento que, sin duda, con frecuencia podía ser espantoso en la época de Buda, era, no obstante, más sencillo de comprender. La interdependencia entre los fenómenos se ha convertido en algo muy complejo… Si no adaptamos la sabiduría budista a la comprensión de la realidad social y a la búsqueda de una respuesta a las preguntas que ésta pone, entonces el budismo corre el peligro de ser sólo una especie de escapatoria a los problemas de este mundo, para uso de las clases medias.”

 


Extractos de una entrevista a Sulak Sivaraksa aparecida en la revista americana Turning Wheel (1994, traducción francesa Jean-Paul Ribes ).

Texto extraído de www.zen-occidental.net

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