Kusen (enseñanza oral) del maestro zen Dokushô Villalba

10 de agosto de 1988

Acudir a una sesshin de verano, hacer zazen, es como retirarse a la montaña profunda, entrar en un bosque denso y silencioso. Para poder hacer zazen es necesario renunciar a las vanidades del mundo y abandonar el “yo” que usualmente mostramos a los demás; abandonar el status social, las propias ambiciones, apartarse del mundo de los deseos, de los apetitos y de las pasiones. Sólo entonces podremos sentarnos realmente en zazen.

Es necesario abandonar los mundos animales, la vida instintiva; abandonar el mundo de la competición, de la lucha con los demás; abandonar incluso el mundo humano, las preocupaciones usuales de los seres humanos respecto a la comida, la ropa, la vida social, la familia… si queremos hacer de veras zazen.

Aún así, a pesar de tener una fuerte decisión de abandonar todas estas cosas, la conciencia está impregnada de todo el Karma que hemos ido creando en el pasado, y durante zazen todas estas impregnaciones aparecen. A lo largo de zazen pueden surgir estados de conciencia infernales o el impulso de compararos, de mediros con vuestros compañeros o de competir con ellos. También pueden surgir deseos propios de la naturaleza animal, como un intenso apego a la familia. ¿Qué hacer cuando todo esto aparece?

La actitud clave durante zazen para poder atravesar todos estos estados de conciencia es no apegarse a ellos, no luchar contra ellos. Aunque toméis conciencia de que ha aparecido un apego en vuestra conciencia, no os apeguéis a este apego, no lo rechacéis, no luchéis contra él; aunque toméis conciencia de que un rechazo ha surgido en vosotros, no es apeguéis a este rechazo, no lo rechacéis. No hagáis absolutamente nada, mantened únicamente la atención despierta, la observación lúcida.

Si practicamos así, podremos atravesar e ir más allá del mundo de las pasiones y de los apegos. Y naturalmente nos instalaremos en un cierto grado de concentración que viene caracterizado por una calma interior y una liberación de los deseos, de los apetitos, de las pasiones, por una cierta lucidez y observación penetrante.

A partir de este estado de concentración podemos observar nuestra realidad sensorial, cuyo punto central de estudio son las sensaciones.

¿Qué es la sensación? Es una experiencia, un fenómeno. ¿Cómo se produce? Cuando un objeto externo entra en contacto con un órgano de los sentidos, aparece la sensación, y en la Conciencia aparece la conciencia sensorial correspondiente. Podemos experimentar sensaciones visuales, auditivas, olfativas, gustativas, táctiles: podemos percibir nuestra actividad mental. Estas sensaciones son puras en su origen, pero debido a nuestro pensamiento dualista y emocional, raramente se experimenta una sensación pura: al mismo tiempo que aparece una sensación, nuestra mente discriminativa la califica como agradable, desagradable o neutra, y el pensamiento emocional la impregna de apego, rechazo o indiferencia.

Debemos observar las sensaciones, su aparición, su desarrollo y por último, su extinción.

¿Cómo liberarse, cómo ir más allá del mundo sensorial? Debemos observar claramente que las sensaciones en sí mismas no son agradables ni desagradables, no son dignas ni de apego ni de rechazo, sino que es la mente dualista la que divide las sensaciones en varios tipos, y es la mente emocional la que las impregna de atracción o rechazo. Si os concentráis y observáis de esta manera, podréis penetrar y descubrir la verdadera naturaleza de las sensaciones.

¿Acaso un Buda sumergido en la más profunda concentración deja de ser un ser sensible? No, las sensaciones también aparecen en la mente de un Buda.

Pero entonces, ¿en qué se diferencia un Buda de un ser ordinario?

Pongamos el ejemplo de que ambos son alcanzados por un dardo.

El ser ordinario experimentará la sensación dolorosa del dardo clavado en su carne, pero además caerá en la ilusión de la mente dualista que divide las sensaciones en agradables, desagradables y neutras, y esto será como si hubiera sido alcanzado por un segundo dardo. Después sufrirá a causa de las impregnaciones mentales y emocionales que harán surgir el apego o el rechazo, y esto será como ser alcanzado por un tercer dardo. Y a partir de este momento, la mente de este hombre que experimenta dolor, huye y busca inmediatamente el placer, el placer provoca el apego, y el apego se convierte de nuevo en dolor. De esta forma la mente del hombre ordinario se encadena ella misma en la rueda de samsara.

Por el contrario, la mente del Buda absorta en un estado de concentración, experimenta las sensaciones tal cual, sin discriminarlas, sin apego ni rechazo hacia ellas. De este modo no necesita huir del dolor ni buscar el placer, y permanece absorto en esta observación, quieto, inmóvil, en el centro mismo de la rueda de samsara.

Así, yo os lo ruego, si sois heridos por un primer dardo, procurad no ser alcanzados por un segundo dardo; si sois heridos por un segundo dardo, procurad no ser alcanzados por un tercero.

Esto es la concentración y observación de las sensaciones desde un estado de estabilidad mental llamado HISHIRYO.

Practicando así podremos atravesar los límites de la burbuja sensorial.

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