¿Cómo acercarse al zen?

Kusen (enseñanza oral) del maestro zen Dokushô Villalba

Valencia, 1-3-89.

La enseñanza del Buddha ha sido perpetuada a través de un linaje de maestros, de la India a China, de la China a Japón, de Japón a Europa y España. Este es el verdadero Zen.

¿Cuál es el punto fundamental en la práctica de la verdadera Vía transmitida? La respuesta es la práctica justa. La práctica justa de zazen no se refiere únicamente a la postura de zazen considerada como una técnica de meditación o de relajación.

En el “Fukanzazengi”, “Los Principios Universales de zazen”, se dice: “Zazen no tiene absolutamente nada que ver con la posición sedente ni con la posición acostada”. Es decir, el verdadero zazen no se ciñe a una postura corporal, sino que influye en todos y en cada uno de nuestros pensamientos, emociones, sensaciones, gestos y actos de nuestra vida. Es un error pensar que zazen es una técnica de meditación que practicamos con nuestro cuerpo y nuestra mente dos o tres veces por semana.

El verdadero zazen debe ser practicado con todos los fenómenos durante toda la vida. Y para aprender a hacerlo no hay otra manera que estudiando el Zen bajo la dirección de un maestro de la Transmisión. Así ha sido hasta ahora y así continuará siendo. Éste es el Zen que nos interesa. No existe otra manera real de acercarse al Zen.

Por muy interesante que nos parezca el arte o la estética Zen, la mística cristiana aplicada al Zen o al contrario, el Zen tomado como una terapia o la filosofía y el pensamiento Zen mismo, debemos comprender claramente que todos estos acercamientos han surgido como interpretaciones parciales del verdadero Zen transmitido.

De la misma forma que es cierto que toda pregunta contiene en sí misma la respuesta, también es cierto que la profundidad, la calidad y la autenticidad de nuestra práctica de zazen dependen de la profundidad de nuestra aspiración y de nuestras expectativas.

Un camino de mil millas comienza con un paso. Si este primer paso es dado en una dirección errónea, nunca podremos recorrer las mil millas en dirección correcta. Como se dice en el arte del tiro con arco: “Un error de una décima de milímetro en el momento de partir la flecha se transforma en varios metros al llegar a su objetivo.”

El Zen es la esencia del Budismo; sin embargo, la práctica de zazen se sitúa más allá de cualquier religión, de cualquier filosofía o ideología. La práctica de zazen beneficia a todas las personas que se entregan a ella con una actitud seria, profunda y honesta, sean cuales sean sus creencias personales.

En la práctica de zazen encontramos un hecho objetivo: la regulación de los procesos corporales, mentales y emocionales. Cualquier persona puede experimentarlo sin necesidad de tener una fe específica en el Buddha. No obstante, el zazen transmitido por los Buddha y Patriarcas no es una técnica meditativa que pueda ser aplicada independientemente de nuestra actitud ante la vida, ante nosotros mismos o ante los demás.

Practicar zazen en un sentido profundo implica un replanteamiento de nuestra manera de ser. Una pregunta clave: ¿por qué nos acercamos al Zen?

Cada persona tiene una actitud diferente. De entre todas las actitudes hay algunos estereotipos, por ejemplo aquellos que acuden por curiosidad, con un gran interés pero sin estar dispuestos a hacer ningún esfuerzo, sin tener siquiera claro qué es el Zen. Están también aquellos que desean aprender una técnica para relajarse, para estar mejor… porque en realidad no quieren cuestionarse nada acerca de su propia vida. Hay otros que tan sólo quieren pertenecer a un grupo, sentirse arropados, formar parte de algún colectivo, ser amados y escuchados, tener amigos y salir del anonimato de la ciudad. También se acercan aquellos que buscan algo pero sin saber qué en concreto; sienten un cierto malestar en su vida y cierta insatisfacción espiritual, pero no tienen su búsqueda aún definida.

Estos tipos de personas acuden al Zen igual que podrían acudir a cualquier otra corriente de tipo espiritual, terapéutica o humanista. Estas personas que llegan con esta actitud, si no la transforman, suelen abandonar la práctica de zazen tarde o temprano, ya que tienen la sensación de no sacar ningún provecho, puesto que su aspiración es insuficiente.

Están también aquellos que han leído libros sobre Zen, que se sienten intelectualmente atraídos por la enseñanza del Buddha y desean practicarla, pero de la teoría a la práctica hay un abismo que sólo aquellos con una determinación fuerte pueden superar. Son muchos los que leen y pocos los que practican realmente.

Después están aquellos que, hayan leído o no libros sobre el Zen, lo que buscan es una profunda revolución interior a vida o muerte, que la necesitan como una bocanada de aire fresco para poder seguir viviendo, y no como un pasatiempo o una manera de rellenar su tiempo de ocio. A estas personas les basta la lectura de una frase o una palabra del maestro para que su intuición despierte como un sol a medianoche iluminando su clara determinación de entregarse en cuerpo y alma al estudio y la práctica del Zen.

 

Burbuja sensorial

Kusen (enseñanza oral) del maestro zen Dokushô Villalba

10 de agosto de 1988

Acudir a una sesshin de verano, hacer zazen, es como retirarse a la montaña profunda, entrar en un bosque denso y silencioso. Para poder hacer zazen es necesario renunciar a las vanidades del mundo y abandonar el “yo” que usualmente mostramos a los demás; abandonar el status social, las propias ambiciones, apartarse del mundo de los deseos, de los apetitos y de las pasiones. Sólo entonces podremos sentarnos realmente en zazen.

Es necesario abandonar los mundos animales, la vida instintiva; abandonar el mundo de la competición, de la lucha con los demás; abandonar incluso el mundo humano, las preocupaciones usuales de los seres humanos respecto a la comida, la ropa, la vida social, la familia… si queremos hacer de veras zazen.

Aún así, a pesar de tener una fuerte decisión de abandonar todas estas cosas, la conciencia está impregnada de todo el Karma que hemos ido creando en el pasado, y durante zazen todas estas impregnaciones aparecen. A lo largo de zazen pueden surgir estados de conciencia infernales o el impulso de compararos, de mediros con vuestros compañeros o de competir con ellos. También pueden surgir deseos propios de la naturaleza animal, como un intenso apego a la familia. ¿Qué hacer cuando todo esto aparece?

La actitud clave durante zazen para poder atravesar todos estos estados de conciencia es no apegarse a ellos, no luchar contra ellos. Aunque toméis conciencia de que ha aparecido un apego en vuestra conciencia, no os apeguéis a este apego, no lo rechacéis, no luchéis contra él; aunque toméis conciencia de que un rechazo ha surgido en vosotros, no es apeguéis a este rechazo, no lo rechacéis. No hagáis absolutamente nada, mantened únicamente la atención despierta, la observación lúcida.

Si practicamos así, podremos atravesar e ir más allá del mundo de las pasiones y de los apegos. Y naturalmente nos instalaremos en un cierto grado de concentración que viene caracterizado por una calma interior y una liberación de los deseos, de los apetitos, de las pasiones, por una cierta lucidez y observación penetrante.

A partir de este estado de concentración podemos observar nuestra realidad sensorial, cuyo punto central de estudio son las sensaciones.

¿Qué es la sensación? Es una experiencia, un fenómeno. ¿Cómo se produce? Cuando un objeto externo entra en contacto con un órgano de los sentidos, aparece la sensación, y en la Conciencia aparece la conciencia sensorial correspondiente. Podemos experimentar sensaciones visuales, auditivas, olfativas, gustativas, táctiles: podemos percibir nuestra actividad mental. Estas sensaciones son puras en su origen, pero debido a nuestro pensamiento dualista y emocional, raramente se experimenta una sensación pura: al mismo tiempo que aparece una sensación, nuestra mente discriminativa la califica como agradable, desagradable o neutra, y el pensamiento emocional la impregna de apego, rechazo o indiferencia.

Debemos observar las sensaciones, su aparición, su desarrollo y por último, su extinción.

¿Cómo liberarse, cómo ir más allá del mundo sensorial? Debemos observar claramente que las sensaciones en sí mismas no son agradables ni desagradables, no son dignas ni de apego ni de rechazo, sino que es la mente dualista la que divide las sensaciones en varios tipos, y es la mente emocional la que las impregna de atracción o rechazo. Si os concentráis y observáis de esta manera, podréis penetrar y descubrir la verdadera naturaleza de las sensaciones.

¿Acaso un Buda sumergido en la más profunda concentración deja de ser un ser sensible? No, las sensaciones también aparecen en la mente de un Buda.

Pero entonces, ¿en qué se diferencia un Buda de un ser ordinario?

Pongamos el ejemplo de que ambos son alcanzados por un dardo.

El ser ordinario experimentará la sensación dolorosa del dardo clavado en su carne, pero además caerá en la ilusión de la mente dualista que divide las sensaciones en agradables, desagradables y neutras, y esto será como si hubiera sido alcanzado por un segundo dardo. Después sufrirá a causa de las impregnaciones mentales y emocionales que harán surgir el apego o el rechazo, y esto será como ser alcanzado por un tercer dardo. Y a partir de este momento, la mente de este hombre que experimenta dolor, huye y busca inmediatamente el placer, el placer provoca el apego, y el apego se convierte de nuevo en dolor. De esta forma la mente del hombre ordinario se encadena ella misma en la rueda de samsara.

Por el contrario, la mente del Buda absorta en un estado de concentración, experimenta las sensaciones tal cual, sin discriminarlas, sin apego ni rechazo hacia ellas. De este modo no necesita huir del dolor ni buscar el placer, y permanece absorto en esta observación, quieto, inmóvil, en el centro mismo de la rueda de samsara.

Así, yo os lo ruego, si sois heridos por un primer dardo, procurad no ser alcanzados por un segundo dardo; si sois heridos por un segundo dardo, procurad no ser alcanzados por un tercero.

Esto es la concentración y observación de las sensaciones desde un estado de estabilidad mental llamado HISHIRYO.

Practicando así podremos atravesar los límites de la burbuja sensorial.

Zazen es la bancarrota

Kusen (enseñanza oral) del maestro zen Dokushô Villalba, 14 de Febrero de 1989

Cuándo seguimos la Vía del Budismo Zen, no debemos temer las aparentes contradicciones, las paradojas que aparecen como tales solamente a un cierto nivel de nuestra conciencia. La práctica de la Vía de Zen nos ayuda a superar ese nivel y a alcanzar uno más amplio y profundo desde el que se puede tener una vista panorámica, desde el que podemos darnos cuenta de que las contradicciones y las paradojas en realidad, no son tales.

Por ejemplo, ¿qué esperáis en zazen? Sí esperáis algo, no encontraréis nada y, lo que encontréis no merecerá la pena ser encontrado. Zazen es el fin de vuestras esperanzas, por eso el maestro Deshimaru decía que zazen es como entrar en el ataúd, es el punto final. El maestro Kodo Sawaki también decía que zazen es la bancarrota total, el “crack”. ¿Qué significa esto? Zazen es la muerte de todas las ilusiones falsas del espíritu.

En cierta ocasión una mujer que acababa de perder a su único hijo, se acercó al Buda Sakiamuni y le dijo: ¡oh, gran Iluminado! Tú que posees poderes sobrenaturales, apiádate de mi sufrimiento y devuélveme a mí hijo único. “El Buda le contestó: ¿Por qué sufres? La muerte es inherente a la vida. El retorno de tu hijo no eliminará la causa de tu sufrimiento, pero ya que has venido hasta mí, te devolveré a tu hijo. Para ello, debes encontrar una casa donde nadie haya muerto antes de llegar tú.”

La mujer recorrió el país de aldea en aldea, de casa en casa, de ciudad en ciudad buscando un hogar en el que ningún ser humano hubiera muerto anteriormente, pero… no pudo encontrar ninguna. Entonces, cansada de tanto caminar, se sentó y comprendió al instante la Enseñanza del Buda. Comprendió que la muerte era inherente a la vida y, desapegándose de ambas, pudo al fin encontrar el verdadero alivio a su sufrimiento.

Desde el punto de vista de las esperanzas ilusorias de los seres humanos, la respuesta del Buda es como un sable que de un tajo corta la cabeza, como el rugido de un león que atemoriza a todos los animales de la selva, es el fin de las ilusiones. Sin embargo, gracias a esta desesperanza, esta mujer pudo despertarse a una realidad superior y comprender realmente las raíces profundas de su sufrimiento.

“La verdadera religión no debe alimentar las vanas ilusiones de los seres humanos”, decía Kodo Sawaki, muy al contrario, debe ayudarle a despertar de sus esperanzas falsas y percibir directamente la auténtica realidad de la existencia.

Visto desde este punto de vista, parece triste. La muerte, el abandono, la renuncia parecen tristes, y sin embargo todos los grandes hombres y guías de la humanidad han dicho que no es posible nacer a la verdadera vida, si no morimos antes. En el Zen este morir no es solamente una expresión, debe ser una auténtica experiencia zazen tras zazen. Zazen supone la muerte del ego ilusorio, y esto es a veces difícil. Aparecen las sensaciones agradables e inmediatamente el apego; aparecen las sensaciones desagradables y con ellas, el rechazo. Aparecen conceptos, Imágenes, y uno cae en la ilusión de identificar esas imágenes consigo mismo, o bien se dice: “yo pienso así”, “yo creo en esto o en lo otro” “este es mi pensamiento, mi dolor, mi cuerpo.” Dejar morir el ego es difícil, sin embargo toda experiencia espiritual auténtica pasa por este punto. Por eso la auténtica religión, ‘La verdadera espiritualidad, difícilmente llega a extenderse demasiado. La mayor parte de los seres humanos quieren utilizar la religión para satisfacer sus propios fines egoístas y para alimentar sus esperanzas vanas. Siempre fueron pocos, aquellos dispuestos a vivir realmente una experiencia espiritual verdadera.

Sin zazen no es posible comprender la enseñanza del Buda. Nuestra mente, hecha de conceptos, de imágenes mentales, impregnada de emocionalidad, no es apta para percibir o captar la dimensión del Buda, por eso debemos abandonar nuestra mente, Abandonar nuestra mente quiere decir no aferrar nada con ella. Es una experiencia en la que todo concepto acerca de Buda o de Dios sucumbe, cono un gran océano tragándose toda nuestra imaginaría, Es la experiencia cumbre del Budismo Zen, la Iluminación. ¿En qué consiste esta experiencia? Fundamentalmente, en darse cuenta que desde el principio, nunca hemos dejado de ser Budas, que nuestra naturaleza original es la naturaleza de Buda.

Durante zazen sentaos simplemente. No os opongáis a la avalancha de pensamientos y emociones, no luchéis, Si hacéis así, la actividad mental se extingue como un fuego falto de combustible, y aparece la ecuanimidad, la imparcialidad y la lucidez.

Si por ejemplo aparece un rechazo, y ante este rechazo manifestamos una actitud de rechazo, son ya dos los rechazos; al tomar conciencia de que hemos rechazado el rechazo nos encolerizamos con nosotros mismos, y al tomar conciencia de nuestra cólera nos odiamos por ello. Así sólo conseguimos aumentar continuamente el fuego y éste nunca se extingue. Pero, cuando aparece el rechazo, simplemente tomamos conciencia de que ha aparecido un rechazo y dejamos pasar, entonces el combustible que provoca la aparición de este rechazo se extingue con él.

Esta es la única manera de desmadejar nuestra existencia y nuestra mente sin embrollarla aún más, sin trucos ni mentiras; naturalmente.

Samata, Vipasana

Kusen (enseñanza oral) del maestro Dokushô Villalba

9 de febrero de 1989

En la práctica de zazen, en lo que concierne a la actitud mental, hay dos aspectos esenciales: uno es calmar la agitación mental, corporal y emocional de la vida cotidiana; liberarse del oleaje y los vaivenes del amor o del odio, de la atracción y el rechazo; dejar el cuerpo totalmente quieto e inmóvil, aquietar los pensamientos y las emociones. De este modo se alcanza el estado llamado SAMATA o SAMADHI, la profunda quietud interna.

¿Cómo practicar Samata? No es necesario luchar contra los pensamientos ni contra las emociones, simplemente hay que dejarlos pasar. Tomad la decisión de no dejaros arrastrar por ellos, sumergíos en la paz del ataúd, concentraos en una expiración larga y profunda, en la posición correcta de los dedos pulgares. Practicando de este modo, natural, inconsciente y automáticamente el cuerpo y la mente se aquietan, los pensamientos dejan de afectarnos y se produce una desidentificaci6n emocional de las propias emociones, del propio ego.

Este es sólo un aspecto de zazen. La quietud del Samadhi es la base sobre la que debemos construir la verdadera sabiduría, y la Sabiduría surge de la observación. Por eso, el segundo aspecto de zazen es mantener un estado continuo de vigilancia, de atención tal, que nos permita tomar conciencia, darnos cuenta de nuestro propio karma, de nuestro cuerpo y de nuestra mente, y de las relaciones que unen a ambos. Este aspecto es llamado VIPASANA.

En zazen el ojo de la atención se abre completamente, de tal modo que podemos alcanzar una visión cada vez más penetrante de nosotros mismos, de los fenómenos, del mecanismo de creación y destrucción de los fenómenos, de los pensamientos, las emociones y las sensaciones. Poco a poco podemos descubrir, gracias a esta visión penetrante, las leyes fundamentales que rigen el nacimiento, el desarrollo y la desaparición de todo lo que existe.

Si no hay atención, presencia total de sí durante zazen, zazen se convierte en una meditación adormilada, en una especie de letargo, en una matriz o burbuja en la que conseguimos cierto bienestar. Sin embargo, la tranquilidad o serenidad por sí mismas no son suficientes para liberarnos o despertarnos totalmente. La serenidad es solamente la base de la que puede surgir una visión más profunda, más clara.

Zazen significa encontrar un equilibrio entre Samata y Vipasana, una relación adecuada entre serenidad y observación. La práctica exclusiva de Samata conduce a un estado de somnolencia, poco claro y brumoso. Al contrario, la práctica exclusiva de la observación o Vipasana, conduce a la dispersión mental, a la agitación emocional. Es necesario encontrar el equilibrio justo entre estos dos aspectos.

Durante los primeros minutos de zazen, la mente está agitada, impregnada de toda la actividad del cuerpo; por eso al principio de zazen es necesario calmar, practicar como si fuéramos un cuenco vacío, un bambú hueco a través del cual sopla el viento y pasan todo tipo de fenómenos tales como pensamientos, emociones, etc. Como un bambú hueco, quiere decir que el bambú no se apega al viento – los fenómenos que lo atraviesan – que aparece y desaparece. Después, a medida que la postura vaya solidificándose y volviéndose fuerte y estable como una montaña, podemos comenzar a practicar sutilmente la observación. Si vemos que la práctica de la observación nos lleva a una actividad mental cada vez mayor, entonces de nuevo debemos desprendernos, desidentificarnos de todo lo que aparezca en el campo de nuestra conciencia, de tal manera que podamos volver al descanso, a la tranquilidad de Samata.

Zazen es como un equilibrista caminando entre Samata y Vipasana.

Cuidad estos dos aspectos básicos, no los olvidéis.

Oír, reflexionar, practicar

Kusen (enseñanza oral) del maestro Dokushô Villalba

3 de Febrero de 1989

La evolución espiritual en el Dharma del Buda, se manifiesta siguiendo tres pasos: el primero es oír la enseñanza y recibir las instrucciones. El segundo es reflexionar sobre la enseñanza recibida y estudiar concienzudamente las instrucciones impartidas por el maestro. El tercer paso es practicar las instrucciones recibidas, experimentar uno mismo las enseñanzas de los Budas y Patriarcas.

Los tres pasos son absolutamente necesarios, en primer lugar porque si no recibimos la enseñanza del maestro, no sabremos qué practicar ni cómo orientar nuestra práctica. Es muy importante oír la enseñanza. Esto quiere decir estar atento a las palabras del maestro, no sólo cuando imparte un Teisho formal o un Kusen, sino en todas las circunstancias de la vida cotidiana. Escuchar la enseñanza quiere decir desarrollar la receptividad necesaria, desarrollar la agudeza auditiva y mental para poder recibir.

El segundo paso es reflexionar sobre la enseñanza recibida, reflexionar a partir del pensamiento y del no-pensamiento; ambas reflexiones son igualmente necesarias e importantes, ambas deben estar armonizadas y equilibradas. Si solamente reflexionáis a partir del pensamiento o de vuestras categorías mentales estrechas, vuestras ideas preconcebidas os impedirán comprender la enseñanza en toda su amplitud. Por lo tanto, la reflexión surgida a partir del propio pensamiento debe basarse en la reflexión surgida a partir del no-pensamiento, es decir, a partir de un pensamiento ilimitado, más allá de la conciencia personal.

Reflexionar sobre la enseñanza quiere decir interiorizar mentalmente la enseñanza, traducir las palabras del maestro en hechos vivenciales personales, comprender mentalmente o intelectualmente de que se trata. Reflexionar es también estudiar detalladamente las instrucciones concretas del maestro, por ejemplo: ¿cómo utilizar los instrumentos en la ceremonia? ¿Qué gestos, cuándo y, cómo? ¡Exactamente!

Solamente después de memorizar y de estudiar, se puede dar el tercer paso, esto es, practicar por uno mismo, experimentar aquello que nos ha sido enseñado. Es como si quisierais viajar hasta un valle lejano y escondido sin saber cómo ir. Después de pedir instrucciones a un buen guía y de escucharlas exactamente, debéis reflexionar por vosotros mismos, confeccionar quizá un mapa y recorrerlo mentalmente para estar seguros de haber comprendido. Si os surge alguna duda, es posible preguntar al guía.

Pero esto no es suficiente. El mapa no es el territorio. Es necesario caminar, practicar día tras día. De esta forma, por último se puede llegar felizmente al valle paradisíaco del Nirvana.

Estos tres pasos son muy importantes, pero son sólo una explicación; no debéis tomarlos al pie de la letra. Son, solamente palabras, y la realidad cotidiana de nuestra experiencia, está más allá de las palabras. Sólo como medios hábiles para aclarar nuestro recorrido en la vida, son importantes.

No lo olvidéis: oír la enseñanza, reflexionar y practicar.

Si no oís la enseñanza ¿qué vais a practicar o qué estáis practicando?

Si no reflexionáis ¿cómo podéis comprender lo que estáis practicando?

Si no practicáis ¿para qué os sirve la reflexión o el hecho de oír la enseñanza?

Oír, reflexionar y practicar son los tres aspectos de una sola realidad, es decir, nuestro despertar a la vida.

¿Qué es el yo?

Kusen (enseñanza oral) del maestro Dokushô Villalba

7 de Febrero de 1989

Conocer el “yo” implica estudiarse a sí mismo, hacerse íntimo con uno mismo. Pero, ¿qué es ese sí mismo? o dicho de otro modo ¿quién estudia qué?

Durante zazen, cada uno debe estudiar y llegar a conocer su propio ego. Me gustaría al menos, orientar vuestra búsqueda haciéndoos ver lo que no es el “yo”.

Decimos que el “yo” es esencial en nuestra vida, creemos ser una entidad fija y estable desde el nacimiento hasta la muerte. Pero según la experiencia del Buda y de los Maestros y Patriarcas de la Transmisión Zen, éste es un pensamiento falso e ilusorio. En el Zen se enseña la ausencia de “yo”, la ausencia de entidad fija y estable. ¿Por qué?

Podemos decir que el cuerpo es el “yo” pero desde el nacimiento hasta la muerte, este cuerpo va transformándose; al nacer tiene la forma de un bebé y pesamos tan sólo tres kilos. Luego crece, los miembros van estirándose, a veces enferma o sufrimos un accidente en el que perdemos alguna parte de él, con el tiempo envejecemos y nos arrugamos, y entonces ¿se puede decir que este cuerpo tan diferente sigue siendo “yo”? Sí, decimos, naturalmente. ¿Significa eso entonces que nuestra pierna perdida no era “yo,” .Si una pierna no es “yo”, ¿dónde está nuestro “yo”, dónde vive?

Algunos creen que en la cabeza, piensan que sólo está allí y que el resto del cuerpo no es “yo” Sin embargo cuando enferman de la cabeza y se vuelven locos, continúan existiendo, continúan siendo… Sí no está en la cabeza, quizás, ¿en el corazón? ¿Y qué pasa con aquellos a los que se les ha trasplantado el corazón de una persona muerta? ¿les trasplantan junto con el corazón, el “yo” de otro ser? Parece ser que cuando el enfermo operado de trasplante de corazón se despierta, dice: “Hola, soy yo.” Siguen creyendo ser yo.

Pues ¿dónde está el “yo”? ¿Qué parte del cuerpo podemos identificar totalmente con el “yo” de forma que su pérdida signifique la pérdida de él? Aunque nos hiciéramos la cirugía estética y nos cambiaran la forma de nuestras orejas, o aunque un dentista nos transformara todos los dientes, seguiríamos existiendo. Por tanto, el “yo” tampoco está en las orejas ni en los dientes…

Llegamos a la conclusión de que este cuerpo no puede ser identificado con el “yo”.

Entonces, tal vez sean las sensaciones, lo que sentimos. Podemos decir: “Yo soy lo que siento”.

Hay muchas clases de sensaciones, visuales, olfativas, gustativas, corporales y auditivas. Se pueden sentir incluso los propios pensamientos, el funcionamiento de la mente. Pero básicamente, las sensaciones se pueden clasificar en agradables, desagradables y neutras.

Si decimos que el “yo” es lo que sentimos, esto significa que debe haber una total identificacíón con aquello que sentimos. Sin embargo, sucede que las sensaciones agradables nos hacen reaccionar inmediatamente con apego emocional; las desagradables con rechazo; y las neutras, nos mantienen indiferentes. Esto quiere decir ¡que no consideramos “yo” a las sensaciones desagradables!, las queremos echar inmediatamente de nuestro campo de percepción, y a la vez, deseamos atrapar las sensaciones agradables, lo cual indica que tampoco son parte de nosotros, ¿cómo querríamos aferrar algo que se supone ya tenemos? Además, lo que hoy nos parece agradable, mañana puede resultarnos una carga y al contrarío.

No podemos identificar la quintaesencia de nuestra vida en algo tan voluble y cambiante como son las sensaciones. Hoy nos sentimos bien y mañana mal, pero sintámonos bien o mal, siempre tenemos la sensación de ser.

Tal vez sea entonces nuestro pensamiento, podemos decir. “¡Yo soy lo que pienso!”

Pero ¿con qué clase de pensamiento identificaríamos al “yo”? Porque el pensamiento es tan voluble como un mono saltando de rama en rama… Algunos aceptan la ideología socialista, después aceptan la ideología anarquista, después se piensa según la ideología budista… ¿Dónde el “yo”, detrás de todos estos pensamientos? No podemos tampoco identificar el “yo” con algo tan maleable como son nuestros pensamientos. Entonces…

Podemos pensar que el “yo” es la capacidad de querer, la volición, el impulso.. “Soy, porque quiero.”

Pero con la volición sucede exactamente igual, no siempre queremos las mismas cosas, nuestra vida no sigue una dirección única, cambiamos constantemente de voluntad. Las niñas quieren ser azafatas y los niños bomberos. Cuando se es pequeño se quieren muñecos, cuando se es adolescente se quiere tener novio, después un título universitario o un empleo, se quiere una casa, un coche, ganar mucho dinero …

Sería estúpido identificarnos con algo tan cambiante como superfluo.

Pero dicen algunos: “yo sé que era yo cuando era joven, yo soy yo desde que tengo consciencia, recuerdo todo lo que he hecho”. Sin embargo, no podemos recordarlo todo. Lo que no recordamos ¿es “yo” o no le es? Si decidimos que no lo es, estamos apartando el 90% de nuestra existencia. Y si decimos que lo que no recordamos también forma parte del “yo”, no podemos identificar el “yo” con el recuerdo …

Nos estamos quedando sin materia. No podemos decir que el ego es algo visible, perceptible, pensable ni apetecible, algo que pueda ser recordado en su totalidad.

Llegamos a la conclusión de que, o bien no existe ningún “yo” fijo y estable en nosotros mismos, o si existe, es algo que se transforma continuamente, lo que implica la continuidad de la existencia con sus recuerdos, desde el nacimiento hasta la muerte.

Según la experiencia de los Budas y maestros Zen, el “yo” es una entelequia, una ilusión mental, un fantasma… no hay “yo”. Somos un crisol de emociones, sensaciones, percepciones, recuerdos… en continua ebullición, transformándose a cada momento. No hay nada fijo ni estable. Lo que llamamos “yo” no es más que un estreñimiento mental surgido del miedo ante este vacío. Soltaos pues.

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