Por el Ego del Hombre Blanco

por Norman Mailer


La pregunta sigue en pie: ¿por qué fuimos a la guerra? Todavía no hay respuesta. Fuimos a la guerra porque necesitábamos mucho una guerra. La economía y algunos bastiones clásicos de la antigua fe norteamericana se estaban hundiendo.

O si, por el contrario, lo que es más probable, sí se descubren armas en Irak -ni una décima, ni una centésima parte de las que poseemos nosotros-, pero sí, esas armas están allí, también es más probable que existan aún más, trasladadas a nuevos escondites fuera de Irak. Si esto es así, a continuación podrían ocurrir hechos espantosos. En caso de que tuvieran lugar, podemos contar con una respuesta predecible: “Americanos buenos, honrados e inocentes murieron hoy a manos de malvados terroristas de Al Qaeda”. Sí, escucharemos la voz del presidente hablar antes incluso de que pronuncie esas palabras. (Aquellos de nosotros a quienes no nos gusta George Bush no tenemos más remedio que reconocer que soportarle en el Despacho Oval es como estar casado con una pareja que siempre dice exactamente lo que ya sabíamos que diría, cosa que también contribuye a explicar por qué la otra mitad de América lo ama).


La pregunta sigue en pie: ¿por qué fuimos a la guerra? Todavía no hay respuesta. Al final, es probable que un conjunto de respuestas cree un potaje cognitivo que al menos abra el camino a que cada uno se haga su propia idea. Fuimos a la guerra, podría decir yo, porque necesitábamos mucho una guerra. La economía de EE UU se estaba hundiendo, el mercado estaba triste y deprimido, y algunos bastiones clásicos de la antigua fe norteamericana (la honradez de las grandes corporaciones, el FBI y la Iglesia católica, por mencionar sólo tres) habían sufrido cada uno un severo bochorno. Ya que nuestra Administración no estaba preparada para resolver ninguno de los serios problemas a los que se enfrentaba, resultaba natural que sintiéramos el impulso de dirigirnos a empresas mayores. ¡Al ataque, hacia la guerra empírea!


Hay que decir que la Administración sabía algo que muchos de nosotros no sabíamos; sabía que teníamos un conjunto de fuerzas armadas muy buenas, quizá incluso extraordinariamente buenas, aunque todavía no habían sido puestas a prueba, unas tropas cualificadas, disciplinadas, centradas en su carrera y dirigidas por unos mandos y un personal oficial inteligente, con facilidad de palabra y considerablemente menos corrupto que cualquier otro grupo de poder de EE UU.

En semejante situación, ¿cómo podía la Casa Blanca no utilizarlas? Podían resultar esenciales para levantar la moral de un determinado grupo social de la vida americana, quizá el grupo clave: el hombre blanco americano. Si antes este conjunto constituía casi el 50% de la población, ahora había bajado a ¿cuánto?… ¿Al 30%? Aun así, seguía siendo clave para consolidar el suelo electoral del presidente. Y estaba en horas muy bajas. Desde el punto de vista del ego colectivo, el buen hombre blanco americano tenía muy poco para elevar su moral desde que el mercado laboral se había puesto feo, a no ser que formara parte de las Fuerzas Armadas. Ahí, ciertamente, la cosa era distinta. Las Fuerzas Armadas se habían convertido en el equivalente paradigmático de un gran atleta joven que busca la manera de medir su verdadera capacidad. ¿Podría ser que hubiera un tipejo por ahí lejos hecho a su medida, cuyo nombre fuera Irak? Irak tenía reputación de ser duro, pero estaba viejo y era un bocazas. ¡Un oponente ideal! Una guerra en el desierto, sin cuevas a la vista, diseñada para una fuerza aérea cuya vanguardia sólo es comparable en perfección a una top-model en una pista de despegue.

Así que se eligió Irak. Nuestra buena gente de las altas esferas se apresuraría a asegurar que nuestro enemigo putativo representaba una amenaza nuclear. De camino, presentaron al presidente Sadam Husein como el arquitecto en la sombra del 11-S. Luego declararon que dirigía un nido de terroristas. Ninguna de estas afirmaciones soportaba un examen a fondo, pero tampoco hacía falta. Estábamos preparados para ir a la guerra de todas formas. Después del 11-S, y tras la ausencia del cuerpo de Osama Bin Laden en Afganistán o en cualquier otro sitio, ¿por qué no elegir a Sadam como la fuerza maligna detrás de la caída de las Torres Gemelas? Liberaríamos a los iraquíes. De forma lasciva, desvergonzada, orgullosa, exuberante, una mitad de nuestra América prodigiosamente dividida esperaba con impaciencia la nueva guerra. Sabíamos que nuestra televisión iba a estar impresionante. Y lo estuvo. Con imágenes asépticas, pero impresionante -lo que, después de todo, es exactamente como se supone que deben ser los buenos canales de televisión.

Había, sin embargo, razones incluso mejores para utilizar nuestras capacidades militares, pero estas razones nos devuelven al malestar crónico del hombre blanco americano. Lleva treinta años soportando palizas diarias. Para bien o para mal, el movimiento de la mujer ha logrado sus avances y el viejo ego fácil del macho se ha arrugado ante ese resplandor. Incluso el poderoso consuelo de animar a tu equipo en televisión se ha torcido. Ahora es menos reconfortante que antes ver los deportes, se aprecia una pérdida clara y notable. Las grandes estrellas blancas de años atrás en su mayoría han desaparecido del fútbol americano, del baloncesto, del boxeo, y casi del béisbol. El genio negro domina ahora en todos estos deportes (y los hispanos están escalando posiciones deprisa; incluso los asiáticos empiezan a dejar su impronta). A nosotros los hombres blancos sólo nos queda la mitad del tenis (al menos su mitad masculina), y podríamos señalar también el hockey sobre hielo, el esquí, el fútbol, el golf (con la notable excepción del Tigre), además del lacrosse, la natación y la Federación Mundial de Lucha, residuos de lo que una vez fue nuestro glorioso protagonismo.

Por otra parte, al buen hombre americano aún le quedan las Fuerzas Armadas. Si los negros y los hispanos son ahí numerosos, siguen sin ser mayoría, y los cuerpos oficiales (si la televisión es testigo de fiar) sugieren que el porcentaje de hombres blancos sube a medida que ascendemos en el escalafón hacia los oficiales superiores. Además, tenemos insuperables unidades terrestres, supermarines, y un as en la manga mágico: las mejores fuerzas aéreas que hayan existido jamás. Si no somos capaces de encontrar nuestro orgullo de machos en ningún otro sitio, sin duda podemos situarlo en el punto donde se unen combate y tecnología. Déjenme entonces que plantee la ofensiva sugerencia de que
ésta pueda haber sido una de las razones cardinales por las que fuimos a la guerra. Sabíamos que era probable que se nos diera bien. Sin embargo, a medida que se fueron desarrollando los rápidos acontecimientos de las últimas semanas, nuestro Ejército sufrió una transformación. Es más, ha sido una metamorfosis tremebunda. Pasamos de ser un gran atleta en potencia a cirujano jefe capaz de operar a gran velocidad sobre un paciente con enfermedades terribles. Ahora, mientras cosen al paciente, aparece una nueva y preocupante pregunta: ¿se han desarrollado medicinas nuevas para curar lo que parece ser una infección generalizada? ¿Sabemos de verdad cómo tratar supuraciones lívidas para las que no estábamos del todo preparados? ¿O sería mejor olvidar las consecuencias? ¿No sería mejor seguir confiando en nuestra gran suerte americana, la fe en esta suerte divinamente protegida, basada en nuestro propio entusiasmo? Somos, por costumbre, optimistas. Si estas supuraciones resultan ser intratables, o simplemente nos llevan demasiado tiempo, ¿no podemos dejarlas atrás? Podríamos irnos a nuestro siguiente emplazamiento. Podríamos declarar con nuestra mejor voz de John Wayne: “Siria, puedes correr, pero no puedes esconderte”, “Arabia Saudí, depósito de grasa sobrevalorado, ¿te falta combustible?”, e “Irán, ándate con ojo, nos hemos quedado con tu cara. Podrías ser nuestro próximo almuerzo”. Porque cuando nos sentimos así de bien, estamos preparados para lo que sea, cuantas veces haga falta. Tenemos que hacerlo. Ahora que lo hemos saboreado de verdad. Cómo iba a ser de otra manera, habiendo una cesta llena de cientos de millones que ganar en Oriente Medio, siempre que llevemos la delantera a los miles de millones de deuda que nos persiguen.

Digámoslo ya: las razones que llevan a las grandes acciones históricas de una nación probablemente no sean más elevadas que la capacidad espiritual de sus líderes. Aunque es posible que George W. no sepa tanto como él cree acerca de los designios de la bendición divina, nos conduce a gran velocidad de todas formas. En cierta escala de magnitudes, es el blanco más macho de todos los tíos de América; sí, tenemos al volante a este hombre, cuyo motivo de jactancia más legítimo podría ser que supo cómo transformar la copropiedad de un importante equipo de béisbol en una victoria como gobernador de Tejas. Y -¿podremos olvidarlo algún día?- fue catapultado, desde entonces, a un poderoso cántico: ¡Gloria al Jefe!

Traducido por Eva Cruz Fuente

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