La motivación Bodaishin, en sánscrito Bodhichita, significa una profunda aspiración a la Bodhi. BODHI es la iluminación. Iluminación quiere decir clarificación de nuestra existencia, a fin de comprender, no solamente con el cerebro sino con todo nuestro ser, nuestra verdadera naturaleza. SHIN es mente, espíritu. Por tanto BODAISHIN es el Espíritu del Despertar, el espíritu que aspira al despertar para el bien de todos los seres y no solamente para el propio bien personal o con una motivación egoísta.

Cualquier otra motivación, al lado de ésta pierde importancia y se vuelve insignificante. Pero ¿cómo despertar esta motivación, esta aspiración?, ¿cómo despertar en nuestra mente y en nuestro corazón una aspiración irrefrenable de alcanzar la iluminación y de clarificar totalmente nuestra mente y nuestra vida?

La aspiración al despertar surge de una reflexión sobre MUJO, o carácter impermanente de nuestra existencia, esto es, ningún fenómeno tiene entidad real ni sustancia en sí mismo, sino que aparece siempre como resultado de la interdependencia de otros muchos fenómenos. Y cuando digo fenómeno me refiero a nuestro propio cuerpo y mente, a todo lo que podemos experimentar sensorialmente, a cualquier tipo de emoción o de pensamiento.

Por ejemplo, para que nazca un árbol son necesarios una semilla, sol, agua, tierra… Todos estos factores unidos hacen que aparezca un árbol como fruto de su interdependencia y, a su vez, estos factores son fruto de la interdependencia de otra serie de causas. Este encadenamiento se extiende a todos los fenómenos del Universo.

¿Cuáles son las características fundamentales de los fenómenos del Universo?

En primer lugar, la impermanencia. Esto quiere decir que no son eternos. Todo lo que podemos aprehender mediante los sentidos o la inteligencia está destinado a perecer, es como un espejismo, como un arco iris que surge y desaparece. Sin embargo nosotros intentamos instalarnos en la existencia como si fuéramos a vivir eternamente, inconscientemente actuamos como si nunca nos fuéramos a morir o como si las cosas fueran eternas, aunque racionalmente sepamos que esto no es así. Pero este cuerpo del que tanto nos enorgullecemos y al que llamamos “yo”, este cuerpo que defendemos, no está bajo nuestro control. Nuestra voluntad no controla su crecimiento ni su proceso de descomposición. La ciencia moderna se enorgullece de haber acabado con muchas enfermedades, y esto está muy bien, pero en definitiva lo único que logra es retrasar el momento de la desintegración final, la disolución del ser. Nuestra voluntad es impotente ante este hecho, no podemos controlar el proceso de envejecimiento. Por mucha cirugía plástica que nos apliquemos, tarde o temprano la piel termina por apergaminarse, la respiración deja de sucederse, el calor abandona el cuerpo y el cuerpo mismo se convierte en un trozo de cartón, más tarde en polvo y por último la nada, así, sin huellas.

Es importante no perder nunca esta perspectiva en la búsqueda de la práctica de la Vía, ya que todos los problemas que podamos encontrar, todas las preocupaciones, todos los deseos que nos hacen movernos de acá hacia allá, pierden importancia y se relativizan ante la visión de nuestra existencia como una mota de polvo. Esta perspectiva nos hace ver que nuestro tiempo no es ilimitado. Y dado que somos seres dotados de conciencia y podemos reflexionar acerca de nuestra aparición y nuestra desaparición de este mundo, nos preguntamos cuál es el sentido de todo esto, pero no de un modo intelectual sino a través de un sentir amplio y profundo. Nos preguntamos por nuestra posición en el cosmos, por nuestro designio.

Reflexionando de este modo, nos damos cuenta de que no podemos aferrarnos absolutamente a nada que sea tangible, audible, visible, sensible o inteligible, ya que todo lo que aparece, tarde o temprano, está destinado a desaparecer. Podemos eventualmente saborear el vino del placer, el vino del amor, el vino de la riqueza, incluso el vino de la religión, pero esto sólo nos servirá para despertarnos con una terrible resaca, ya que todo es un sueño, un espejismo. Aunque pudiéramos pasar toda una existencia viviendo en la riqueza, en la fama, en el poder, en el amor o en el placer, al llegar el momento de la muerte, inevitablemente, tendríamos que abrir las manos. No podemos llevarnos absolutamente nada.

Los reyes antiguos, a causa de un deseo enloquecido de eternidad, se hacían enterrar en pirámides megalíticas, y junto a ellos enterraban criados, joyas, camellos, caballos, incluso mujeres, ya que esto les daba la seguridad de que todas sus posesiones les acompañaban. Esto es totalmente estúpido e infantil.

Ayer decía que aunque pasáramos toda nuestra vida detrás del placer, detrás de las cosas agradables, las cosas desagradables nos seguirían exactamente como la sombra sigue al cuerpo, ya que ambos son dos aspectos indisociables. No hay placer que cien años dure y, de la misma forma, no hay pena que cien años dure; no hay imperio, por poderoso que sea, que no termine derrumbándose totalmente.

¿Qué sentido adquiere entonces nuestra vida cotidiana a la luz de esto? Podemos seguir dormidos sin querer enteramos de nada, o bien encarar el asunto de frente sin caer en el nihilismo, ni en la tristeza o en la fatalidad, porque si bien es cierto que nuestra existencia es limitada y corta en el tiempo, también lo es que este tiempo es suficiente como para despertarse totalmente y entrar en contacto con lo que hay de eterno en nosotros.

Una vez satisfechas las necesidades tales como cobijo, alimentación, sueño… surge la búsqueda de otros principios espirituales, como son la verdad, la belleza y el amor.

Bodaishin no es más que la realización de esta aspiración profunda que todos los seres humanos tenemos dentro, el impulso que nos lleva a buscar la verdad, la belleza y el amor.

La verdad entendida no como una categoría opuesta a la mentira, sino como la auténtica naturaleza de la existencia más allá de cualquier credo o dogmatismo.

La belleza no responde a ningún canon cultural ni a ninguna moda imperante, sino a la verdadera belleza, esto es, a la verdadera armonía interna de nuestra existencia, la verdadera armonía del Universo. Una bandada de pájaros manifiesta su armonía interna, nunca tropiezan cuando giran a izquierda o derecha, siempre mantienen una especie de comunicación íntima como si fueran un sólo cuerpo. Observando esto podemos experimentar la belleza y recrearla en nosotros mismos.

La aspiración al verdadero amor es también una búsqueda legítima del ser humano dotado de conciencia. Amor verdadero quiere decir empatía universal, compasión universal. Compasión significa sentir lo mismo que los demás. El amor usualmente es fruto del apego, causa de apego, y su resultado en casi todos los casos es el sufrimiento. Este amor, en realidad, es un refugio ante la soledad de nuestra existencia, o la búsqueda de un desahogo emocional o sexual.

Amor con mayúscula quiere decir MUSHOTOKU, es decir, sin esperar nada a cambio, sintiendo lo mismo que las demás personas. Estar dispuesto a darlo todo sin esperar nada a cambio es, en definitiva, lo que realizamos cuando practicamos la Vía del Buda con una verdadera motivación, es decir con Bodaishin, aspirar al despertar universal para el bien de todas las existencias. Nuestra propia ignorancia nos hace ver monstruos allá donde sólo hay molinos, aferrarnos a cosas que son intangibles e insustanciales, o bien refugiarnos en un iglú construido en medio del desierto. Y todo esto provoca sufrimiento: el que es desgraciado sufre por su desgracia, el que es afortunado sufre por miedo a perder su fortuna, y así, aunque a veces tengamos la impresión de que nos lo pasamos muy bien, en realidad la existencia es sufrimiento, sufrimiento en el sentido de insatisfacción e inseguridad.

Por ello debemos buscar valores seguros sobre los que instalarnos, encontrar un verdadero refugio, un principio eterno. Pero a veces tenemos miedo de planteamos las cosas tan profundamente y preferimos encubrir nuestro impulso con un barniz más asequible, como hacer zazen para estar mejor o para estar más concentrado… Es cierto que practicando zazen podéis aumentar vuestro poder de concentración, llegar a relajaros profundamente, a ser una persona mucho más compasiva, más simple, más humilde, pero no debemos practicar zazen buscando estos resultados. La verdadera práctica de zazen debe ser Mushotoku, sin pretender obtener nada, sin provecho personal. Porque en definitiva no podemos obtener ningún provecho personal, es decir, no podemos aprovecharnos de nada. Aunque creamos poseer, por ejemplo, una casa hermosa que hemos comprado con mucho sudor, o tener una familia después de muchos años, esto es sólo un sueño, puesto que tarde o temprano, un terremoto, un accidente, es suficiente para hacerlo desaparecer todo instantáneamente. Ni siquiera este cuerpo y esta mente tienen propietario. En último caso somos usufructuarios a los que eventualmente se les cede un terreno, una familia, un cuerpo, una mente. Y como tendremos que abandonarlo todo sin remedio, abandonémoslo aquí y ahora, ¡ya!, es decir, abandonemos la idea de aferramiento y de propiedad. Cuando digo que zazen es como entrar en el ataúd, quiero decir que abráis las manos totalmente en este momento y os liberéis de los lazos del apego, del sufrimiento que de él se desprende y dirijáis vuestra mente hacia una dimensión más elevada y más auténtica.

Bodaishin es absolutamente importante en la práctica del Zen. Si no podéis despertar este espíritu, no podréis penetrar en la Vía de los Buda y Patriarcas, os quedaréis merodeando por la recepción o en las zonas fronterizas del reino del Buda.

En el momento en el que en vuestro corazón surge sinceramente Bodaishin, los árboles, los animales y las personas, el cosmos entero, reciben la influencia de vuestra aspiración y cada una de las existencias se convierte en servidora vuestra, os muestra su apoyo a fin de que podáis seguir y realizar completamente vuestra aspiración.

En el Zen no se enseña una técnica de maquillaje espiritual, sino una Vía de despertar que a veces supone una reestructuración completa de nuestra personalidad y de nuestra visión del cosmos, una Vía que a veces provoca un “crac”, una pérdida total de las ilusiones o de los puntos de vista erróneos que habíamos cultivado hasta entonces. Por eso algunos tienen miedo. El ego tiene miedo, y es normal. El ego se ha construido una muralla sólida alrededor, hecha de hábitos, de categorías mentales y de ilusiones ficticias, y en el momento en que alguien lo amenaza, se pone en pie de guerra, reacciona con todas sus armas, con todos sus prejuicios y todo su ejército de emociones negativas. Pero vivir dentro de esta muralla termina por asfixiar, por ahogar la energía vital, por volvernos pobres y mezquinos. Por eso no tengáis miedo, la pérdida total de la que se habla en el Zen significa en realidad la ganancia total.

El maestro Dogen decía: “si cerráis la mano, obtendréis un puñado de arena. Pero si abrís las manos toda la arena del desierto pasará por ellas.”

Somos como aquel señor de la historia que le pedía constantemente a Dios que le hiciera rico y, un día de invierno, mientras nevaba, encontró por el camino una bolsa de monedas de oro e intentó cogerla, pero estaba enterrada en el hielo y, viendo que alguien se acercaba, se puso a orinar rápidamente sobre ella para fundir el hielo. Consiguió coger la bolsa y tiró, tiró con todas sus fuerzas, hasta que de buenas a primeras se oyó un grito: ¡ay!”. Y este hombre despertó en su cama mojado y tirando de sus propios testículos. Todo había sido un sueño. Somos como él, aferrándonos a nuestros hábitos, a nuestra personalidad mezquina y estrecha, creyendo que esa es la sustancia de nuestra vida, pero en definitiva, aunque la materia nos parezca sólida, aunque nuestro cuerpo nos parezca real y aunque podamos percibir tantas cosas como reales, esto tiene la misma naturaleza que la de un rayo que aparece y desaparece en cuestión de décimas de segundo. Ochenta o noventa años de vida son como ochenta o noventa milésimas de segundo.

Trabajar en la iluminación de la conciencia para nuestro propio bien y para el bien de todos los seres sensibles es la tarea más elevada del ser humano, el verdadero destino del ser humano. Algunos piensan que su propio bien está en contradicción con el bien de los demás y al contrario. Pero esto es un error, un producto de la civilización basada en unos valores egóticos en los que predomina una relación basada en la lucha y en la competición y en la que, evidentemente, si los demás obtienen una pieza de oro eso supone una pérdida para nosotros y viceversa. Por eso, según nos han enseñado, ponemos en primer lugar nuestro propio beneficio: primero yo y después los demás, que son los que están ‘de más’, los que sobran. Es como crearse una película en la que uno mismo es el director, el guionista, el proyector, el espectador y, sobre todo, el protagonista. Todos nos sentimos los protagonistas intrépidos de nuestra película, los demás son actores secundarios, y esperamos recibir el Oscar al mejor actor. Pero cuando vemos que el Oscar lo obtiene otra persona nos sentimos envidiosos, cuando otra persona triunfa u obtiene una gran felicidad nos sentimos furiosos porque creemos que esto va en perjuicio nuestro.

Sin embargo cuando se comienza a practicar zazen sinceramente, poco a poco se instala en nosotros la certidumbre de que entre los demás y nosotros mismos no hay ninguna diferencia. No es que seamos hermanos, es que somos la misma cosa. Y esto supone una reestructuración de nuestra percepción basada en el pensamiento analítico, que lo que hace es partir el Todo en pequeñas parcelas, en pequeñas partes, dándoles un nombre que las distingue de las demás. Es así como hemos creado un Universo con muchas cosas sin conexión, y solamente vemos la diferencia que hay entre las cosas. No hemos aprendido a desarrollar una percepción sintética que nos haga ver que, en definitiva, a pesar de la diferencia entre todos los fenómenos del cosmos, todos formamos parte de un solo cuerpo. Esto no es nada milagroso, nada sobrenatural, nada especial; es algo muy evidente. Por ejemplo, si no estuvierais ahí ahora, ¿de qué servirían mis ojos? ¿Para qué querría mis ojos si no hubiera nada que ver? Esto quiere decir que vuestra existencia no está fuera de mi mundo. Este sonido: “¡PLAC!” -el maestro golpea con fuerza el atril-, ¿está dentro o fuera de nosotros mismos?

Nos han enseñado a ver dentro y fuera, pero ¿qué significa esto? ¿Dónde está la puerta? ¿Por dónde entran y salen las cosas?

Hay una conciencia que engloba absolutamente todos los fenómenos, y despertarse a esta conciencia significa ir más allá de la percepción limitada, más allá de la percepción dualista. Cuando oímos un sonido pensamos que está fuera y que entra por el oído. Pero el oído no es un agujero, está tapado, es una membrana. Sin embargo la conciencia nos dice: “he oído algo.” Aunque no podemos decir dónde está ese sonido.

Por eso el sufrimiento de los demás no es algo que esté fuera ni dentro de nosotros mismos. Está ahí, forma parte de este gran cuadro, no es algo ajeno a nosotros. Nuestra alegría es la alegría de los demás.

Por esta razón cuando alcanzamos la iluminación, todos los seres sensibles alcanzan la iluminación con nosotros.

No debemos seguir, como el cordero sigue su senda, las pautas marcadas por los valores culturales, sino que debemos reflexionar continuamente sobre lo que hacemos. Este es el gran designio de los seres humanos.

Todas las existencias tienen la naturaleza de Buda, pero esta naturaleza se manifiesta solamente a través del ser humano porque es el fruto de una evolución cósmica que ha durado millones y millones de años. El ser humano no ha aparecido por casualidad; somos la cristalización del Cosmos haciéndose consciente de sí mismo a través de nosotros. Somos el mecanismo que el Universo entero ha creado para hacerse consciente. Quizá nos sintamos orgullosos de ser los únicos dotados de esta conciencia, pero esta conciencia no nos pertenece en propiedad. Además, este despertar supone una responsabilidad para con los demás seres.

En el Budismo Zen se dice: “considerad a todos los seres vivientes como si fueran vuestros propios hijos”. No penséis que vuestros hijos son sólo aquellos que han nacido de vuestra carne. Todas las existencias son nuestra verdadera familia. Esto nos permite, además, situamos más allá de la contracción nucleica y emocional que es la familia. La familia cumple su función, pero no debemos ceñir nuestra actividad emocional únicamente a determinadas personas: “a ti te quiero, pero a ti no tanto. Tú me caes bien, y a ti te odio.” Esto es causa de involución. Debemos abrir nuestra emocionalidad de forma que podamos abarcar a todos los seres vivos sea cual sea su condición, raza, estado de evolución, belleza, inteligencia o kilos. A esto se le llama empatía, sentir con, hacerse receptivo al sentir de los demás y no cerrarse emocionalmente a los demás para abrir nuestro interior tan sólo en la intimidad de una alcoba.

Debemos considerar a todos los seres vivientes como si fueran nuestros maestros espirituales. Algunos piensan que solamente los que se visten de una manera rara son maestros. Estas personas no son capaces de ver en cada ser una enseñanza. Pero cada ser es un auténtico maestro, sólo que nosotros no somos buenos discípulos, no sabemos aprender de ellos y vamos a la búsqueda de un maestro.

El discípulo es aquel que abre su sensibilidad, el que se vuelve receptivo a la enseñanza que dan todos los seres sensibles e incluso los seres insensibles, los objetos, las montañas, los árboles, las piedras. Esto significa, en definitiva, hacer sampai ante cada circunstancia, ante cada ser.

Sampai quiere decir prosternarse. Algunos creen que cuando nos prosternamos en el dojo estamos adorando a una estatua de escayola. Pero en el dojo todo el mundo es consciente de que es tan sólo un trozo de escayola pintada, no adoramos un material sino lo que simboliza, esto es, nuestra verdadera naturaleza original.

Aun así, aunque hiciéramos sampai ante un asno, esto estaría bien. Sampai es tocar con la frente el suelo, es decir, lo más alto toca lo más bajo, se funde. El cerebro frontal, sede de la inteligencia, de la cual tan orgullosos nos sentimos después de habernos erguido sobre nuestras patas traseras, toca la madre naturaleza, nuestra base biológica. Sampai es acabar con la arrogancia, con la estupidez, reconocer el valor de cada ser y desarrollar la receptividad necesaria para aprender de cada existencia. Por eso durante sampai abrimos nuestras manos con actitud receptiva, para acoger la enseñanza; también significa que el Buda pone sus pies sobre nosotros y nosotros lo elevamos.

El Buda no es sólo un personaje histórico o una estatua, sino que todo el cosmos es Buda. El Buda Sakyamuni fue como un volcán en el que se manifestó la naturaleza de Buda. Un volcán manifiesta el calor y la potencia subterránea de la Tierra, sin embargo esta potencia está subyacente en todos los lugares del planeta.

Todos los Buda, a través de toda la Historia, son como volcanes a través de los cuales el calor y la potencia de la naturaleza de Buda, subyacente a todas las existencias del cosmos, se hace visible.

Hay una historia de un Bodhisattva que mendigaba su comida de aldea en aldea y que siempre hacía Sampai cuando llegaba a un pueblo, cuando veía a alguien y le pedía alguna limosna. La gente creía que se estaba burlando de ellos porque nunca habían visto un espíritu tan humilde, y comenzaron a tirarle piedras y a apalearle para que se fuera, pero él les decía: “hago sampai delante de todos vosotros porque sois Buda”. Y ellos venga a tirarle piedras mientras corría. De vez en cuando se volvía para decir de nuevo: “hago sampai delante de todos vosotros porque sois Buda…”

Os hagan lo que os hagan, el sufrimiento que os provoquen no debéis achacárselo a los demás, sino a vuestra propia ignorancia, a vuestros apegos. Los demás no provocan sufrimiento. Las raíces del sufrimiento existen en nuestra mente, en nuestra conciencia, por eso es inútil mirar a los demás con cara de pocos amigos Debemos, más bien, mirar dentro de nuestros ojos, practicar desde nuestro Buda y dejar de mirarle las narices al vecino. Limpiémonos nuestra nariz y dejemos a los demás en paz, pues esto es en definitiva la práctica espiritual, el principio sobre el cual podemos edificar una verdadera comunidad espiritual, una verdadera comunidad de seres humanos camino de la Verdad y de la Luz.

Enseñanza impartida por el maestro Dokushô Villalba en La Laguna, 3-5-1989.

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