Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


En lo alto de una montaña, había un bosque de ceibas, y en este bosque vivía una bandada de loros con su rey y su reina.

Y el rey y la reina tenían un hermoso hijo, más hermoso que ningún otro loro del mundo.

Pasaron los años, y el rey y la reina se hicieron viejos, y su hijo creció hasta volverse un magnifico loro, más grande que ningún otro loro en el mundo.

Y un día les dijo a sus padres: “Queridos padres, ahora que ya soy crecido y fuerte, iré a los campos para traeros comida”.

Y cada día volaba con la bandada hasta los campos de arroz. Y después de comer con los demás, se llevaba en el pico una buena porción para dársela a sus padres.

Pero un día los loros encontraron un hermoso campo, más fértil que ningún otro. Y desde entonces fueron siempre allí a comer.

“He de decirle a mi amo que los loros se comen su arroz”, se dijo el mozo del granjero. Y fue a ver a éste y le dijo: “Señor, nuestro campo es fértil y, verdaderamente, el arroz es mejor que en ningún otro campo. Pero cada día viene una bandada de loros para comerse los granos, y uno de ellos, más bello que los demás, después de comer una buena ración, se marcha con el pico lleno de arroz para almacenarlo en otra parte”.

Al propietario del campo le entró un gran deseo de ver este pájaro que se llevaba consigo el arroz.

“Haz una trampa de crines de caballo y atrapa ese loro, le dijo a su empleado, pero tráemelo vivo”.

Al día siguiente, el mozo de labranza levantó una trampa, y el joven loro, al ir a posarse, sintió su diminuta pata atrapada. No gritó ni pidió ayuda, pues se dijo: “Si mis compañeros se enteran de que me han atrapado, se sobresaltarán y no comerán. Debo esperar hasta que hayan terminado de comer, y luego los llamaré”.

Y cuando ellos hubieron terminado de comer, los llamó, pero ninguno acudió a ayudarle; todos, atemorizados, se fueron volando.

-¿Qué he hecho? –se preguntaba– ¿Por qué me abandonan?

Poco tiempo después llegaba el labriego a la trampa, y, agarrando jubiloso al loro, exclamó: “¡Vaya!, tú eres justamente el que yo quería atrapar”. Y lo llevó a su amo.

El propietario del terreno tomó delicadamente al loro entre sus manos y dijo: “Bello pájaro, ¿tienes una granja en alguna parte? ¿Es allí dónde almacenas el arroz? Cuando terminas de comer en mi campo, te vas volando con el pico lleno de grano, pájaro malo”.

El loro respondió con una dulce voz humana:

Cada día con un deber cumplo

Y un tesoro voy acumulando”

–Dime –dijo el propietario del campo–, ¿cuál es ese deber con qué cumples, y cuál ese tesoro que acumulas?

–Mi deber –dijo el loro– es llevar comida a mis padres, que son viejos y no pueden volar; y mi tesoro es un bosque de amor. En ese bosque, los más fuertes ayudan a los débiles, y los que pasan hambre reciben comida.

Al oir esto, el hombre sonrió: “El campo os pertenece a todos vosotros –dijo–; vuelve con tus padres que te están esperando. Pero ven a mi campo cada día”.

El hermoso pájaro voló raudo al bosque, donde sus padres lo llamaban. Y todos los demás loros se congregaron en torno y escucharon la historia del joven loro. Y todos los loros del bosque permanecieron unidos y vivieron felices por siempre jamás.

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