por Mauricio Hondaku

Los fracasos de dos prominentes maestros del budismo pueden enseñarnos a librarnos de las presiones sociales, quitarnos las máscaras y encontrar la paz con nuestras imperfecciones.

Cuando fallamos, es fácil sentirse mal con nosotros mismos; después de todo, vivimos en una sociedad que juzga de manera constante a las personas por sus éxitos materiales. Incluso en el zendo resulta tentador esforzarse por ser el mejor practicante, por ser el más especial, el más popular o el que puede meditar más tiempo. Sin embargo, los maestros budistas más prominentes fueron personas que fracasaron seriamente: el Buda falló en sus prácticas ascéticas; y, al principio de su carrera, Shinran Shonin, fundador de la escuela budista Jodo Shinshu, sufrió el exilio y la expulsión.

En esta serie de Dharma Talk de Tricycle, Mauricio Hondaku, reverendo de la tradición Jodo Shinshu, explica lo que pueden enseñarnos los fracasos de Shakyamuni y Shinran acerca de cómo librarnos de las presiones sociales, quitarnos las máscaras y encontrar finalmente la paz con nuestras imperfecciones. A continuación, la transcripción de la primera entrega de la charla de Dharma de Hondaku titulada “Superando la necesidad de ser extraordinario”.

Hola, mi nombre es Mauricio Hondaku. Soy ministro de la Orden Shinshu Otani de la comunidad Jodo Shinshu, perteneciente al Budismo de la Tierra Pura. Nuestra institución también es conocida como Higashi Hongwanji y nuestro templo principal está ubicado en la ciudad de Kioto, en Japón. La orden Shinshu Otani fue fundada por el Maestro Shinran (1173-1262), que vivió en el siglo XIII y formó parte de la escuela Tendai (una escuela japonesa de Mahāyāna); hablaremos un poco más sobre él durante esta charla de Dharma.

Para presentarme: he sido maestro budista por más de 15 años. Soy bastante diferente a lo que la gente espera encontrar en un monje budista. Mi esperanza es romper algunos de estos estereotipos y mostrar que los ministros y los monjes budistas podemos ser personas como tú. Vivo en São Paulo, Brasil, donde tenemos alrededor de 25 templos y unos 30 ministros de ascendencia brasileña y japonesa. Es un gran honor ser parte de esta charla de dharma. En las próximas semanas tendremos la oportunidad de analizar y comprender que no necesitamos construir una máscara de éxito o ser una especie de superhumano para practicar el budismo. No necesitamos ser perfectos para comprender y seguir los pasos budistas. Está bien fracasar; está bien ser el peor de la sangha; y está bien ser un meditador pésimo porque, sencillamente, somos humanos. El Buda Shakyamuni entendió que tenemos muchas limitaciones, pero nos dejó varios métodos diferentes para seguir el camino budista. Lo crean o no, este viaje no se limita a la meditación sedente. Existen otros varios métodos de meditación que podemos practicar. Y todos se basan en el principio de la atención plena.

Veamos cómo Buda Shakyamuni y el Maestro Shinran, el fundador de la escuela Jodo Shinshu, manejaron sus propios fracasos y advirtieron cómo podemos iluminar nuestros esfuerzos para ser lo mejor que podamos. Retrocedamos entonces 2.600 años y luego avancemos otros 550. Esto traerá algo de alivio a aquellos que sentimos que nunca “llegaremos”. Asumo que estás familiarizado con el príncipe Siddharta Gautama, el hombre que se convirtió en el Buda Shakyamuni después de su iluminación. Deja que recuerde las cuatro visiones que tuvo después de dejar el palacio: un anciano, un enfermo, un cadáver y un asceta. Tras esto, el príncipe dejó su palacio y decidió vivir en el bosque, donde, bajo la supervisión de varios maestros, se sometió a muchas prácticas ascéticas sumamente desafiantes. Varias veces el príncipe Siddharta se presentó frente a esos maestros para pedir consejo e informar sobre su progreso. A veces incluso superó a esos maestros en práctica y dedicación. Durante seis años, dedicó cada minuto de su vida a encontrar formas de mortificar su cuerpo como método para liberar su mente. Él y muchos otros practicantes creían que el cuerpo físico y sus sensaciones eran obstáculos para alcanzar un estado superior de realización espiritual.

Enfocado en encontrar una forma de eliminar el sufrimiento, Siddharta practicó el ayuno, que por entonces se pensaba que era una de las mejores formas de adquirir sabiduría. Decidió comer sólo un grano de arroz por día. Y así su cuerpo se volvió tan delgado que sus piernas parecían tallos de flores. Su columna vertebral era como una cuerda. Su pecho, solo huesos. Sus ojos se hundieron en su rostro. Su piel color melocotón perdió su brillo y tonalidad y, según se dice, se volvió negra; algunas de las estatuas que capturan la apariencia del príncipe en esos momentos lo muestran como un esqueleto viviente.

Siddharta torturó su cuerpo conteniendo la respiración por un largo tiempo hasta que sintió un violento dolor en los oídos, perdió el conocimiento y cayó al suelo. Varias noches salió a meditar al bosque o al cementerio usando trapos recogidos de los camposantos. Estando en el monte, cuando llegaron animales salvajes, permaneció allí, valientemente, y continuó meditando. A pesar del inmenso dolor y el terrible sufrimiento, a pesar del hambre y el agotamiento, se mantuvo en esas prácticas durante seis largos años. Pero no encontró la sabiduría. Ni siquiera alguna respuesta a sus preguntas. Asumió que esas mortificaciones y austeridades no eran la forma de lograr la iluminación. En ese punto, admitió que había fallado, que nunca llegaría a la iluminación sufriendo tanto. Solo después de este momento se dio cuenta de que no podía luchar contra el sufrimiento con más sufrimiento. Se dio cuenta de que era humano como tú y como yo. Por supuesto, había vivido muchas vidas como nosotros y su karma estaba en una etapa en la que podía llevar a cabo la práctica adecuada para el despertar, pero también sabía que había renacido como un ser mundano, terrenal, no diferente de la gente común, como tú y como yo.

Entonces, si una persona como el príncipe Siddharta Gautama, con su disciplina y dedicación, no pudo combatir el sufrimiento con sufrimiento ni pudo encontrar el éxito en la realización de prácticas tan extremas, ¿por qué creemos que nosotros sí podemos? Estamos hablando del Buda. ¿Cómo puede nuestro ego poner a nuestra disciplina y dedicación por encima del Buda? ¿Por qué insistimos en la idea de ser el superpracticante, el superestudiante, el máximo meditador, si hasta el Buda Shakyamuni fracasó en las prácticas extremas?

Nuestra arrogancia y materialismo espiritual son el equivalente contemporáneo de sus pruebas de ascetismo. Desafiamos a las personas en la escuela, en el trabajo o incluso en nuestro centro de dharma para ser el mejor de la clase, el líder, el más popular, el gerente sobresaliente o el discípulo aventajado. ¿Pero pueden todos ser así? ¿Necesitamos ser cyborgs capaces de sentarse durante una, dos, tres o incluso cinco horas meditando para alcanzar la iluminación? ¿Necesitamos tomar los preceptos y la ordenación de bodhisattva cuando nuestra mente está llena de venenos, como la ira y el deseo, y sabemos que, en el fondo, somos incapaces de llevar a cabo incluso las prácticas más simples? De hecho, creo que la mayoría de las personas que toman los votos de bodhisattva necesitan un bodhisattva que los ayude. Lo necesitan más de lo que ellos mismos necesitan convertirse en bodhisattva. En lugar de desarrollar nuestra humildad, reconociendo que somos tontos, además de pésimos practicantes, queremos presentar al público, e incluso a nosotros mismos, una imagen perfecta de bodhisattva, olvidando que todavía tenemos venenos corriendo por nuestras venas.

Tomemos, por ejemplo, la metáfora de un avión. Cuando se aborda un avión, la azafata dice: “En caso de emergencia, las máscaras de oxígeno caerán desde el panel superior, pero por favor póngase la máscara primero antes de intentar ayudar a otra persona”. Este es un sistema lógico porque si intentas ayudar alguien que está desesperado o en estado de pánico antes de ponerte la máscara, tú y la otra persona os desmayaréis y sufriréis. Date cuenta. Necesitas iluminarte antes de convertirte en un bodhisattva.

Para convertirte en un bodhisattva, precisas primero encontrar el antídoto para tus tres venenos —la ignorancia, la ira y el deseo— y seguir en tu práctica diaria el sendero que conduce a erradicar esos venenos. Si eres el tipo de persona que va al zendo y se siente como un pato feo porque no te sientas perfectamente, en absoluta quietud, durante una hora entera, o porque no sabes sánscrito, pali o japonés, no te preocupes. ¡Buda Shakyamuni predijo que esto iba a suceder y reservó métodos para personas como tú y especialmente como yo! Recuerda que el Buda fue incapaz de continuar con prácticas ascéticas verdaderamente duras. Es que, sencillamente, estas prácticas no son parte de las enseñanzas budistas. El Buda Shakyamuni enseñó a realizar austeridades pero no a sufrir. La práctica no puede ser fuente de sufrimiento. La práctica necesita ser un antídoto para el sufrimiento.

Bien. Para seguir aprendiendo sobre los métodos de meditación para los perdedores y necios del dharma como nosotros y millones de otras personas en todo el mundo, permítanme presentar la historia de un monje que vivió en el Japón del siglo XIII. Su nombre era Shinran Shonin, o, como lo llamamos nosotros, el maestro Shinran. Fue un monje budista japonés que nació en Hino, una región cercana a Kioto, y vivió durante el período de Kamakura en Japón (1185-1333). Le gustaba llamarse a sí mismo Gutoku Shinran, lo que de manera autodestructiva significa algo así como “rastrojo tonto y peludo”. Sí, podemos imaginar qué tipo de sabiduría salía de sus labios. La historia dice que Shinran perdió a sus padres en sus primeros ocho años de vida y que desde entonces buscó de manera desesperada comprender lo que sucede después de la muerte. A la edad de nueve años le pidió a su tío que lo llevara al templo de Shoren, en el Monte Hiei. Fue ordenado después de haber ejercido una enorme presión sobre el abad del templo para que dirigiera la ceremonia la misma noche en que llegó. A partir de entonces, Shinran viviría en esa montaña durante los próximos veinte años.

Durante los períodos Heian y Kamakura, Shingon (una escuela esotérica japonesa) y Tendai fueron las principales corrientes budistas en Japón y ejercieron un fuerte poder político y social. Curiosamente, algunas prácticas ascéticas fueron reintroducidas nuevamente al budismo en ese momento. A Shinran se le asignó practicar una especie de meditación ambulante que consistía en largas caminatas alrededor de una estatua budista mientras recitaba el nombre del Buda. Shinran fue muy aplicado y llevó a cabo esta práctica con máxima dedicación.

Sin embargo, tres años después le informó a su maestro que sentía una profunda frustración porque, aunque seguía la práctica con disciplina y dedicación, no había logrado experimentar ninguna transformación; aún sentía que tenía pasiones mundanas y albergaba pensamientos impuros. Al escuchar el lamento, su maestro le regañó, diciéndole que no era lo suficientemente aplicado y que debería continuar con la práctica por tres años más. Shinran regresó al Monte Hiei con renovada energía para continuar caminando alrededor de la estatua recitando el nombre del Buda. Pasaron otros tres años y llegó el momento de otra nueva entrevista con su maestro. Nuevamente Shinran no reportó ningún progreso; nada de transformación; ni un solo vislumbre de algo parecido a la iluminación. Como era de esperar, recibió otra dura calificación acerca de su desempeño; fue tildado de holgazán, una vergüenza para el resto de la sangha. Y fue enviado de regreso al templo para comenzar otro retiro de tres años haciendo la misma práctica que había llevado a cabo durante los últimos seis años. Como se puede imaginar, Shinran estaba muy decepcionado con su trabajo y comenzó a pensar que nunca superaría sus pasiones ni encontraría antídotos para sus venenos mentales.

Empezó a creer que la iluminación estaba reservada solo para una categoría específica de humanos (humanos con condiciones kármicas especiales), y no para él. Por lo tanto, difícilmente podría alcanzar la budeidad. Cuando estaba a punto de darse por vencido, se enteró de que un monje llamado Honen estaba enseñando budismo a los laicos en el centro de la ciudad. Las enseñanzas de Honen estaban especialmente dirigidas a aquellos que no podían pasar tiempo dentro de un templo, ya sea para clases de meditación o para llevar adelante cualquier clase de práctica ascética. Cuando Shinran fue al encuentro de Honen, vio a todo tipo de personas escuchando las enseñanzas: campesinos, albañiles, artesanos, samuráis, soldados e incluso prostitutas; el tipo de gente que no tenía tiempo ni acceso a la práctica. El primer pensamiento de Shinran fue: “Si estas personas pueden beneficiarse de las palabras de Buda, yo también puedo”. La audiencia frente a Honen se componía de gente que debía despertarse a las tres de la madrugada para trabajar en plantaciones de arroz, para entrenar artes marciales o incluso ir a la guerra; gente que tenía que trabajar todo el día y todos los días para mantener a sus familias. “Soy como ellos”, se dijo. “No importa cuánto lo intente, me siento incapaz de desarraigar mis pasiones mundanas”. Todos los medios para desarrollar una mente pura estaban disponibles para aquellos que estaban dentro del templo, pero ¿qué métodos ayudarían a aquellos que están en el medio de la ciudad, con todas las demandas de la vida ordinaria? Las enseñanzas del Buda, pensó Shinran, son para todos. Y se preguntó cómo podría llevar la práctica del budismo a este tipo de personas. ¿Cómo podría ayudarlas a transformar sus mentes?

Sobre esto aprenderemos la próxima semana. Veremos cómo Shinran Shonin usó su fracaso para aumentar su fe en las enseñanzas budistas, cómo cultivó una mente pura para nunca abandonar el camino y cómo abrió el camino budista para todos.

Espero que hayan disfrutado esta charla sobre el Dharma.

Namu Amida Butsu.

Fuente (en inglés): https://tricycle.org/dharmatalks/buddhist-teachings-for-fools-and-losers/

Traducción de Juan Andrés Ferreira

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