“Estudiar el Budismo Zen significa estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo significa olvidarse de sí mismo.”

Estos son los dos primeros versos de un poema muy célebre del maestro Dogen incluido en su obra “Shobogenzo Genjokoan”.

En estas dos frases tan simples podemos encontrar la profunda experiencia del maestro Dogen. El estudio de la Vía del Zen no es el estudio de un objeto exterior a nosotros mismos. Sin embargo, algunos piensan que el Zen es algo extraño, exterior, exótico, y creen que se trata del estudio de una ideología o de un cuerpo dogmático y religioso extraño a nuestra cultura. Pero el Zen no tiene nada que ver con todo esto.

Zen es estudiarse a sí mismo, y lo que los Buda y Patriarcas han transmitido generación tras generación es la manera más profunda, más intensa, más lúcida y sabia de proceder a este estudio de nosotros mismos.

Estudiarnos a nosotros mismos significa penetrar en la interrogación “¿Qué es esto?” “¿Qué es esto que llamamos ‘ser’ o ‘existir’, esto que llamamos ‘ego’, ‘cuerpo’, ‘mente’, ‘percepción’, ‘deseo’?”

Al sentarnos en zazen estudiamos la totalidad de nosotros mismos, cuerpo y mente. Este estudio de sí mismo se puede continuar en cualquier circunstancia de nuestra vida cotidiana, pero durante zazen se concretizan las circunstancias más idóneas para que este estudio pueda volverse realmente profundo y real. Estudiarse a sí mismo es ser consciente de, o bien hacerse íntimo con, el propio cuerpo y la propia mente; es observar cuerpo y mente. Ahora bien, esta observación que se produce durante zazen, en el verdadero Samadi, no tiene nada que ver con la observación y el estudio tal y como se entienden usualmente. En la observación convencional, observador y objeto observado son dos entidades separadas. Cuando en el lenguaje ordinario decimos que estamos estudiando algo, esto significa que hay un ego realizando una acción de estudiar algo distinto, exterior o ajeno al yo que ejecuta la acción; pero durante zazen el yo que observa la acción de observar y el objeto observado son uno solo.

La observación y el estudio de sí mismo durante zazen implica el olvido del yo como sujeto que realiza una acción distinta, por esto Dogen, después de su primera frase “estudiar la Vía del Buddha implica estudiarse a sí mismo”, añade, “estudiarse a sí mismo significa olvidarse de sí mismo.”

Fundir el ego con la acción Y con el objeto es fundir el objeto con el sujeto. De esta manera podemos alcanzar un estado de conciencia en el que no hay un yo haciendo zazen sino simplemente zazen, nada.

El verdadero estudio de sí mismo no tiene sujeto. No hay un yo estudiándose a sí mismo. Si hubiera un yo, el resultado de ese estudio, sería una visión deformada por los condicionamientos del propio ego que observa. Durante zazen, el sí mismo, nuestro verdadero sí mismo, estudia el sí mismo; o bien, dicho de otra manera, el Cosmos se observa a sí mismo. En realidad nuestro verdadero sí mismo estudia la conciencia del ego.

Esta observación durante zazen no es ni subjetiva ni objetiva, es una observación más allá de la subjetividad y de la objetividad. Más allá significa que es una observación subjetivamente objetiva o bien objetivamente subjetiva. De esta forma podemos ver nuestro ego de manera ecuánime y al mismo tiempo darnos cuenta de que eso que ve nuestro ego no es algo distinto de nuestro ego.

Sentir la totalidad del cuerpo es la base fundamental sobre la que debe erguirse una observación profunda de los aspectos más sutiles de nuestra existencia, emocionales, energéticos, espirituales… La manifestación más perceptible de nuestra existencia es el cuerpo, la carne. Pero este cuerpo no es solamente un trozo de materia inerte, sino que está dotado de vida y mantiene un gran intercambio energético. Por eso, cuando nos sentamos en zazen y sentimos nuestro cuerpo, podemos sentir la totalidad de nuestra vida, podemos sentir la relación con los demás seres humanos, animales y vegetales, con todas las existencias. En ese momento, aquí y ahora, en la percepción que tenemos de nuestro cuerpo, se manifiesta todo nuestro karma pasado, presente y futuro. Esta percepción es la semilla de nuestro karma. Y por eso sentarse en zazen significa sentirse, tomar conciencia de la totalidad de nuestro cuerpo, poner luz allá donde no la hay.

Si reflexionamos atentamente, si continuamos zazen, iremos descubriendo que en nuestro cuerpo hay muchas zonas de sombra, zonas a las que no ha llegado la luz de nuestra conciencia. De otro modo, nos pasaremos la vida arrastrando un cuerpo lleno de sombras.

Algunos piensan que la experiencia de la iluminación es solamente mental o espiritual, es decir, que no incluye al cuerpo. Pero la verdadera iluminación comienza por el cuerpo. Cuando nos sentamos en silencio durante un período largo, nos sentimos; y es corriente que primero tomemos conciencia de nuestras zonas dolorosas. El dolor es la antesala de la conciencia. El dolor empuja hacia la conciencia aquellas zonas que permanecían en la sombra de la inconsciencia. Es el dolor quien atrae nuestra atención sobre los llamados samskara. Samskara son manchas kármicas que impregnan ciertas zonas del cuerpo. Observar estas manchas suele ser doloroso, y puesto que todo el mundo huye del dolor, la mayor parte de ellas permanecen siempre ocultas. Se puede decir que pasamos nuestra vida sepultando estas manchas, intentando compensar el dolor que provocan mediante la búsqueda desenfrenada de estímulos placenteros cada vez más intensos. Pero esto es como intentar apagar un fuego arrojándole ascuas.

Si queremos purificar el mal karma acumulado en el pasado, el karma de la avidez, la ira, la ignorancia, no tenemos más remedio que tomar conciencia de nuestros samskara y permanecer adheridos a nuestro cuerpo a través de la observación paciente, a través de la atención lúcida. El dolor que experimentamos cuando iniciamos zazen no es más que la manifestación del karma caótico que creamos en nuestra vida desordenada, sin rumbo ni principios. Por eso cuando hacemos zazen tenemos la impresión de entrar en un jardín que ha sido abandonado durante muchos años y está lleno de cardos y espinas que producen dolor, pero si continuamos zazen tranquilamente, día tras día, mes tras mes, año tras año, sesshin tras sesshin, poco a poco se produce una purificación del karma corporal, y podemos estar más tiempo en zazen con mayor estabilidad y con menos miedo.

Los samskara, las manchas kármicas, son originadas por el karma del cuerpo, de la palabra y de la conciencia, y siempre se somatizan.

En nuestro cuerpo están todas las huellas de nuestro karma. Sentarse en zazen es como volver a leer, a reflexionar sobre todo nuestro karma, redimir nuestro mal karma pasado. Durante zazen todas las manchas kármicas terminan por disolverse, por purificarse. Por eso zazen es la verdadera práctica de la confesión.

Desde el punto de vista católico, confesarse es reconocerse culpable de las faltas, y de esta práctica surge el complejo de culpabilidad. Sin embargo, desde la perspectiva budista, el ego no es más que un factor de los muchos que intervienen en la creación de una mancha kármica, es decir, el sujeto no es el único agente productor de karma. En zazen se practica la confesión más profunda, se reconoce la interdependencia de los distintos factores que provocan un determinado hecho, la función propia de nuestro ego en el concierto de la interdependencia. Y los samskara, las manchas kármicas, aparecen en el cuerpo en forma de dolor, de picazón, de malestar, de tensión… y se manifiestan en los cinco niveles de la pagoda: el nivel biológico o vegetal, el emocional, el nivel verbal, el nivel intelectual y el nivel espiritual. Incluso algunos son heredados de nuestros antepasados, remontándose su origen a un tiempo anterior a nuestro nacimiento. Y debemos reconocer su sombra en nuestro propio cuerpo: en la zona renal, o en el plexo solar, en la garganta, en las piernas, en el brazo, rostro, ojos…

Zazen es disolver todas estas manchas en el agua del samadhi. En algunos países del Sudeste asiático, mediante unas prácticas especiales, se concentran en la búsqueda de samskara en el propio cuerpo; algunos son superficiales, otros aparecen tras largos años de práctica. Buscar samskara es buscar las manchas kármicas que atan nuestra existencia a la rueda del sufrimiento.
En el Zen no se busca especialmente ningún samskara, pero si se continúa regularmente la práctica de zazen, estas manchas aparecen de una forma o de otra. De la misma manera que cuando intentamos limpiar nuestros intestinos aparece cantidad de mierda reseca acumulada durante años, también cuando se trata de purificamos a nosotros mismos aparecen muchas suciedades, pero, sea como sea, no debemos obsesionamos por las dificultades que aparezcan ni darles demasiada importancia.

Estudiarse a sí mismo, estudiar las propias manchas, significa olvidar
toda noción de mancha.

El segundo Patriarca Sosan fue a ver a Eka. La enfermedad de la lepra se había extendido por todo su cuerpo y Sosan le dijo a Eka: “lávame mis manchas kármicas, lávame de todos mis pecados. Mi mal karma se ha somatizado en esta enfermedad”. Eka le contestó: “tráeme tus pecados y yo te liberaré de ellos”. Después de esto, por un momento, Sosan penetró en la naturaleza de samskara, penetró en la verdadera naturaleza de su enfermedad, realizó la falta de sustancia, la vacuidad, y por eso pudo decir: “ahora no encuentro ningún pecado, ninguna maldición”. Y vio que su verdadera naturaleza era pura. Pura quiere decir más allá de la noción de pureza o impureza.

Sosan alcanzó el “Jijuyu Zanmai”, la gran iluminación, y Eka pudo responder: “he aquí que tus manchas han sido ya lavadas”.

Kusen impartido por el maestro Dokushô Villalba. Valencia, 7-1-91

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