Maestro Dokushô Villalba


        En estos finales del siglo XX estamos asistiendo a una imparable aceleración del tiempo. Esto puede ser apreciado en todas las facetas de la vida humana actual, tanto a nivel social como privado. Desde los procesos económicos como políticos, tanto regionales como internacionales, hasta los que suceden en el ámbito de la intimidad individual, pasando por las relaciones interindividuales, por la acelerada degradación del medio ambiente (y la acelerada toma de conciencia medioambiental), por la velocidad creciente a la que se mueve la información, desde lo macro a lo cotidiano, todo, absolutamente todo se está viendo sometido a una creciente aceleración.

Estamos entrando de lleno en la era de la información, esto es, la era en la que grandes cantidades de información se están moviendo a una velocidad cada vez mayor.

La medida del tiempo está dejando de ser el movimiento de cuerpos sólidos en el espacio. Actualmente la medida del tiempo la marca la información, o mejor dicho, la velocidad alcanzada por la información al pasar de un transmisor a un receptor. Al acelerarse esta velocidad mediante la revolución que han supuesto los ordenadores, internet y la presencia apabullante de los medios de comunicación en la vida de los individuos, todo en nuestra vida cotidiana ha experimentado una aceleración paralela.

Nunca antes como ahora hemos tomado conciencia de la fugacidad del instante presente. Lo que en este instante presente es válido, en éste otro instante siguiente ha dejado de serlo, porque de un instante presente a otro instante presente recibimos tales cantidades de información que nuestra perspectiva del mundo cambia necesariamente. La revolución informática continúa día tras día, superándose y alcanzando niveles de precisión, velocidad y complejidad crecientes. Los modelos informáticos quedan obsoletos en cuestión de meses. De la misma forma, nuestros patrones de conducta habituales y la percepción que cada uno de nosotros tiene de sí mismo y de la vida en general quedan desfasados a un ritmo veloz y se aseveran incapaces de ayudarnos a integrarnos en la creciente aceleración de nuestro ritmo de vida.

No es de extrañar que un creciente número de individuos de las sociedades cibernéticas experimenten un estado crónico de angustia, ansiedad y estrés.

Diríase que se está produciendo un desfase entre el ritmo de vida acelerado que estamos creando y nuestra propia capacidad de seguirlo. Nos gustaría parar la maquinaria, pero no sabemos cómo hacerlo. Tal es la complejidad de nuestra creación.

Aunque a primera vista esta situación pueda parecer negativa, siento que contiene las semillas de un importante salto evolutivo para todos nosotros y para gran parte de la Humanidad, siempre y cuando seamos capaces de efectuar la transformación interior (emocional, mental y espiritual) que nos permita adaptarnos al ritmo de los hechos.

Las enseñanzas zen contenidas en este libro son transcripciones de charlas zen y conferencias que he ido impartiendo a practicantes de meditación zen y al público general durante el último año. He terminado de ponerlas en orden en una pequeña aldea a orillas del río Lubierre, en el alto Pirineo de Huesca, durante los primeros días de la primavera. Este y otros muchos torrentes pirenáicos bajan por estas fechas con aguas abundantes, frutos del deshielo de las cumbres nevadas. Me he sentido sobrecogido por el agua que fluye generosa, fresca y viva a través de barrancos y valles. Estas aguas vírgenes riegan a su paso campos de cultivo y alimentan a muchos seres vivos vegetales, animales y humanos permitiendo que el ciclo de la vida continúe. Las majestuosas montañas de los Pirineos y el agua que fluye por doquier aquí me han permitido sentir muy intensamente el principio de sansui, montaña y río, enseñado por Dogen Zenji. Nuestra vida fluye más allá de nuestras propias resistencias y fijaciones, sorteando obstáculos, dirigiéndose sin pausa y sin prisa hacia el océano inconmensurable de la Mente Única, en la que todos terminaremos por desembocar a través de la muerte. Este fluir es observado en todo momento por la Presencia Invisible, inmutable y eterna, de nuestra naturaleza original.

Ojalá que estas palabras puedan ser un agua vivificadora para todos aquellos que las lean. Ojalá que todos aprendamos a fluir, sin miedo y con amor, en la corriente de la Vida que fluye desde el presente al presente, en un continuo presente eterno. (Boráu, Marzo de 1999).

(De la introducción.)

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