Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


 

Érase una vez una joven liebre que vivía en un pequeño bosque que había entre una montaña, un pueblo y un río. Hijos míos, hay muchas liebres que corren por entre el brezo y el musgo, pero ninguna tan preciosa como ella.

Tenía tres amigos: un chacal, una nutria y un mono.

Después de las fatigas del día, ocupados buscando comida, los cuatro se juntaban al anochecer para hablar y pensar. La hermosa liebre hablaba a sus tres compañeros y les enseñaba muchas cosas. Y ellos la escuchaban y aprendían a amar a todos los animales del bosque, y eran muy felices.

“Amigos míos, dijo la liebre un día, ayunemos mañana, y la comida que obtengamos durante el día, la daremos a cualquier pobre animal que encontremos1“.

Todos ellos accedieron. Y al día siguiente, como cada día, salieron al alba en busca de comida.

El chacal encontró en una choza de la aldea un pedazo de carne y una jarra de leche cuajada con una cuerda atada a cada una de las asas. Por tres veces preguntó a voces: “¿De quién es esta carne? ¿A quién pertenece esta cuajada?” Pero la choza estaba vacía, y, al no recibir respuesta, se puso el pedazo de carne en la boca y la cuerda de la jarra alrededor del cuello, y escapó veloz hacia el bosque. Poniendo esas cosas a su lado, se dijo: “¡Qué buen chacal soy! Mañana me comeré lo que he encontrado si nadie pasa por aquí”.

Y ¿qué encontró la nutria en su recorrido? Un pescador había cogido unos cuantos peces de un brillante color dorado, y después de ocultarlos bajo la arena, volvió al río a coger más. Pero la nutria descubrió el escondrijo, y después de sacar los pescados de la arena, gritó por tres veces preguntando: “¿De quién son estos pescados dorados?” Pero el pescador solo oía el murmullo del río y nadie respondió a la pregunta de la nutria. Así pues, se llevó los pescados hasta su pequeña casa del bosque y se dijo: “¡Qué buena nutria soy! Hoy no comeré este pescado, pero quizás otro día”.

Mientras, el mono había subido a la montaña, y habiendo encontrado unos mangos maduros, los bajó al bosque y los puso bajo un árbol y se dijo: “¡Qué buen mono soy!”

Pero la liebre estaba tumbada sobre la hierba, en el bosque, con los ojos humedecidos por la tristeza. “¿Qué podría ofrecer si algún pobre animal acertara a pasar por aquí? –se preguntaba–. No puedo ofrecer hierba, y no tengo ni arroz ni nueces para ofrecer”. Pero, de pronto, saltó de contento. “Si alguien pasa por aquí, se dijo, me ofreceré yo misma como comida”.

Ahora bien, en el bosquecillo vivía una hada con alas de mariposa y largos cabellos de rayos de luna. Su nombre era Sakka2. Sabía todo lo que tenía lugar en el bosque. Sabía si una hormiguita le había robado algo a otra.

Conocía los pensamientos de todos los animales, e incluso de las pobres florecillas, pisoteadas en la hierba. Y, ese día, sabía que los cuatro amigos del bosque ayunaban y que toda la comida que pudieran encontrar habían de darla a cualquier animal que encontraran.

Así, Sakka se transformó en un viejo medigo, que andaba encorvado apoyándose en un bastón.

Se acercó primero al chacal y dijo:

–He caminado durante días y semanas, y no he comido nada. No tengo fuerzas para buscar comida. Por favor, dame algo, oh chacal.

–Coge este pedazo de carne y esta jarra de leche cuajada –dijo el chacal–. Lo robé de una choza de la aldea, pero es todo lo que tengo para ofrecer.

–Ya veré más tarde –dijo el mendigo, y siguió su camino por entre los umbrosos árboles.

Entonces, Sakka fue a ver a la nutria y preguntó:

–¿Qué puedes ofrecerme, pequeña?

–Coge estos pescados, oh mendigo, y descansa un rato bajo este árbol –respondió la nutria.

–En otro momento –contestó el mendigo, y siguió su camino por el bosque.

Algo más adelante, Sakka encontró al mono y dijo:

–Dame algo de tu fruta, te lo ruego. Soy pobre y estoy fatigado y hambriento.

–Toma todos estos mangos –dijo el mono–, los cogí para ti.

–En otro momento –contestó el mendigo y no se detuvo.

Sakka fue entonces adonde estaba la liebre y dijo:

–Hermosa liebre de los musgosos bosques, dime ¿dónde puedo conseguir comida? Me he perdido en el bosque y estoy muy lejos de casa.

–Te daré a mí misma para que me comas –contestó la liebre–. Recoge un poco de leña y haz un fuego; yo saltaré a las llamas y tú tendrás la carne de una pequeña liebre.

Sakka hizo que de unos leños se elevarán unas llamas mágicas, y llena de contento la liebre saltó al vivo fuego. Pero las llamas eran frías como el agua, y no le quemaron la piel.

“¿Cómo es eso?, preguntó a Sakka, no siento las llamas. Las chispas son tan frías como el rocío de la mañana”.

Sakka tomó entonces de nuevo su figura de hada y le habló a la liebre en una voz más dulce que ninguna otra que ésta hubiera oído jamás.

“Querida mía –dijo–, soy el hada Sakka. Este fuego no es real, sólo es una prueba. La bondad de tu corazón, oh bienaventurada, será conocida por todo el mundo en las edades3 por venir.

Diciendo esto, Sakka golpeó la montaña con su varita, y con la esencia que brotó dibujó la figura de la liebre en la esfera de la luna.4

Al día siguiente, la liebre se reunió de nuevo con sus amigos, y todos los animales del bosque se congregaron en torno de ellos. Y la liebre les contó a todos lo que le había ocurrido, y todos se llenaron de gozo y vivieron felices por siempre jamás.

1Estableciendo así un uposatha (sánscrito posadha), día consagrado en el que se ayuna.

2En sánscrito Sakrâ. Es, en realidad, una de los epítetos de Indra, uno de los dioses principales del pateón védico, muy importante igualmente en la tradición budista.

3Esta palabra traduce kalpa, equivalente a 1000 yugas, o 4.320 millones de años.

4Aquí se alude a la tradición popular india que ve en las señales de la luna, la semejanza de una liebre. Se conoce a la luna con nombres (como sasa-dhara o sasánka) que son atributivos formados a partir de la palabra “liebre” (sasa).

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