Enseñanza del maestro Dokushô Villalba el 16 de Mayo de 1989

Hubo una vez, en la antigua China, un maestro Zen llamado Ryoko. Ryoko significa el dragón del lago.
Aparentemente este maestro tenia una personalidad apacible, tranquila e incluso banal u ordinaria. Su personalidad era parecida a las aguas poco peligrosas de un lago, sin embargo, en lo más profundo de estas aguas habitaba un terrible dragón con un gran poder y una gran fuerza surgida de su realización espiritual y de su sabiduría. Pocas personas tenían acceso directo al dragón que habitaba en las aguas de Ryoko.

Ryoko era un maestro célebre que dirigía una comunidad y mucha gente le visitaba.

Un día apareció un erudito, un estudioso del Sutra del Diamante. El Sutra del Diamante es uno de los más importantes del Budismo Mahayana y el que más profunda influencia tuvo sobre el Sexto Patriarca, Eno. La esencia de su enseñanza es la siguiente: “El pasado es una ilusión, el futuro es una quimera, algo que no existe, el instante presente pasa tan rápidamente que apenas si podemos afirmar que existe o ha dejado de existir”. Comprendiendo esta realidad, el discípulo del Buda practica un desapego continuado hacia todas las formas sensibles a las que considera como fenómenos evanescentes, carentes de realidad, como burbujas en la superficie del océano.

El Sutra del Diamante nos enseña a cultivar una conciencia que no se detenga sobre nada, que no se apoye en ningún objeto. Su frase principal es: “No se apoya sobre ningún objeto, y sin embargo, la Mente aparece”. Esto es, la verdadera conciencia, la más elevada, la conciencia del despertar, “Bodhaishin”.

Este erudito, a pesar de que había pasado largos años estudiando el léxico y la semántica del Sutra del Diamante, en realidad no había podido aún penetrar su significado profundo ni experimentar su verdad. Pero, incluso siendo así, se tomaba por un gran erudito y entendido, como alguien que había comprendido el mensaje de dicho Sutra. Esta falsa certitud le hacía arrogante y vanidoso.

Oyendo hablar de la profunda experiencia del maestro Ryoko, quiso ir a visitarlo. Quería contrastar la comprensión de Ryoko con la suya y mantener un combate dialéctico. Por eso, llamó a las puertas del monasterio y pidió una entrevista con el maestro.

El monje encargado de la recepción se ocupó atentamente de él, lo llevó a una habitación limpia y clara, y le dijo que depositara sus pesados libros. Le explicó entonces que el maestro estaba muy ocupado, por lo que tardaría algunos días en recibirle. Mientras tanto le puso una escoba entre las manos y le invitó a participar en el samu –trabajo manual– de la comunidad.

Pasaron varios días. El erudito pasó gran parte de su tiempo barriendo los distintos patios, pero su cólera iba en aumento de hora en hora, hasta que al cabo de una semana estalló y gritó en medio del patio: “ ¡He venido a este lago porque me dijeron que vivía un dragón muy peligroso, pero no veo por ninguna parte a ese dragón! ¿Por qué se esconde?”

Ryoko aceptó al fin entrevistarse en privado con él, y ambos mantuvieron una larga conversación. El erudito tenía una dialéctica hábil, pero el maestro Ryoko era también un orador fino e intuitivo. Los dos discutieron y discutieron tanteando sus posiciones.

El maestro buscaba continuamente una abertura en la mente del erudito a través de la cual hacerle comprender el error de su actitud orgullosa y arrogante. Y el erudito buscaba una brecha en la mente del maestro a través de la cual mostrarle que su saber era superior. Así, llegaron a altas horas de la madrugada y el maestro, excusando que estaba cansado, invitó al erudito a retirarse a sus habitaciones.

Los ánimos se habían calentado y el maestro pensó que a la mañana siguiente, con un estado de ánimo más sereno seria mejor proseguir. Entonces le acompañó hasta la puerta de su habitación.

Esa noche era una noche muy oscura, una noche sin luna, de una negritud espesa. En medio de la oscuridad tan sólo brillaba la lámpara que portaba el maestro. Mientras tanto, el erudito trataba de reanudar el combate dialéctico y continuaba dando argumentos y teorías. Entonces el maestro Ryoko levantó la lámpara lentamente, y sopló. En ese momento se hizo la oscuridad total, y en medio de esta oscuridad, el maestro preguntó al erudito: “¿Comprendes ahora?” Justo en ese instante, el erudito comprendió y sus espíritus se acoplaron. Comprendió la inutilidad de su arrogancia, de sus silogismos, de sus presupuestos mentales y de su cólera.

Esta es una historia de gran profundidad, una historia que personalmente siempre tengo en la mente. Particularmente intento no olvidar nunca el soplido del maestro Ryoko sobre la vela, el momento clave de toda la historia, y lo recuerdo en especial cuando mi mente se halla confusa, cuando me encuentro envuelto en algún tipo de conflicto, sea cual sea su naturaleza. Veo el soplido del maestro Ryoko sobre la vela y me dejo llevar por la oscuridad, una oscuridad en la que no es posible distinguir nada, ni yo, ni tú, ni bien, ni mal, ni amor, ni odio, ni atracción, ni rechazo. No hay Buda, ni ser sensible, ni verdad ni falsedad.

A la luz de la vela de nuestra mente discriminativa, los fenómenos se diversifican y se multiplican entrando en conflicto unos con otros. Pero en la Vía del Zen, la experiencia fundamental consiste en soplar la vela, en extinguir la llama discriminativa. A esto se le llama Nirvana, y es ahí donde surge la verdadera comunicación maestro-discípulo, más allá de cualquier dualidad, “I shin den shin”, una comunicación intima de alma a alma.

Sí sólo nos comunicamos a partir de nuestra mente limitada y limitadora, la relación con nosotros mismos y con los demás, con el maestro o con el Cosmos, se convierte en una relación estrecha sujeta al amor o al odio, polarizada en atracción o en rechazo.

Desde los tiempos inmemoriales, el Dharma del Buda ha sido siempre transmitido correctamente de maestro a maestro, de Buda a Buda, a través del no-pensamiento, a través de la no-dualidad. Esta es la esencia del “Zazenshin” del maestro Dogen Zenji.

Discutir es inútil. Es necesario sentir desde lo más profundo del no-pensamiento, desde lo más profundo de la no-conciencia personal, desde la no-oposición. Entonces es cuando surge naturalmente la verdadera intimidad, la verdadera comunicación.

Por eso la relación entre maestro y discípulo es una especie de danza, un tanteo a través del cual el discípulo intenta enfocar al maestro desde la óptica justa.

Un maestro Zen es, como cualquier otra persona, una especie de diamante de diez mil rostros distintos. El discípulo debe penetrar hasta el corazón de este diamante, pero ¿por qué lado hacerlo? Cada lado del diamante es un espejo que refleja nuestro propio karma. Por eso, cuando intentamos penetrar por una cara del diamante nos vemos reflejados y nos quedamos hipnotizados, parece un obstáculo infranqueable. Sin embargo, en un maestro Zen, hay un lado que no refleja absolutamente nada, es la puerta de entrada. La práctica del discípulo consiste en encontrar esta cara y situarse correctamente ante ella a través de un tanteo continuo.

Ahí se produce la verdadera intimidad, y uno habla con el maestro como si hablara con lo más profundo de su propio corazón.

En la Transmisión del Zen, no hay nadie que transmita nada, nada que transmitir, ni nadie que pueda recibir esta transmisión. Es un Buda reconociendo a otro Buda, como un pez que flota en medio de un vasto océano y de pronto encuentra a otro pez y le dice: “¡Hola!”.

Zazen es, en esencia, apagar la vela.

Kusen (enseñanza oral) impartido por el maestro zen Dokushô Villalba

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