La sonrisa de Buddha

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Por Manuel J. Moreno (*)

 

Resulta gratificante apreciar la vitalidad significante que albergan algunos de los gestos más humanos del lenguaje natural, como lo es aquel con el que venimos equipados al mundo, y que consiste en sonreír. No siempre las sonrisas reflejan autenticidad, es cierto, y muchas de ellas son expresiones sucedáneas, como aquellas que comunican ironía, malicia, falsedad o patología, entre otras.

El escritor vietnamita Thich Nhat Hanh, siendo todavía un joven monje recién ordenado, se preguntaba cómo era posible que, consciente de «…un mundo tan lleno de sufrimiento», Buddha pudiese conservar intacta su «bella sonrisa». Precisamente él, el histórico Buddha cuya personalidad, prematuramente afligida por el sufrimiento universal inherente a la vida, decidió a abandonarlo absoluta y radicalmente todo, para aventurarse a explorar las oscuridades filosóficas primordiales.

La respuesta o conclusión a la que llega el citado monje vietnamita, es que esa bella y milenaria sonrisa, es la expresión emocional de una «…comprensión, serenidad y fuerza» (…) capaz de «…no dejarse abrumar por el sufrimiento».

La sonrisa de Buddha es, por ello, la silenciosa síntesis de un encuentro decisivo, el que tiene por escenario la propia mismidad del psiquismo humano, una vez acariciadas las respuestas frente a aquella inaplacable inquietud que motivó la búsqueda espiritual de este hombre singular, que arriesgó su vida en la severidad y determinación con las que encaró su exhaustiva auto-indagación, un proceso que duró alrededor de seis años — Buddha estuvo a punto de morir por inanición—.

La leve y apenas esbozada sonrisa del Buddha, transparenta una comprensión amable y pacífica de la trama existencial del mundo, así como la compasión de quien se sabe ciertísimamente formando parte de un todo o unidad trascendente, que se oculta en la entraña misma de cada criatura viviente.

Las representaciones en posición meditativa del histórico príncipe Siddharta, icono y símbolo del hombre despierto o individuado, aluden al correlato histórico de una apercepción que se halla fuera del orden racional ordinario, y que se corresponde con realidades últimas atisbadas desde una visión profunda y lúcida, nacida del contacto vivencial con ese subsuelo anímico transpersonal que rebasa el estrecho marco mental egocéntrico, con el que habitualmente vivimos identificados.

Buddha, más allá de su historicidad y legado filosófico-religioso, es una representación arquetípica de la dignidad esencial de toda forma de vida, así como el arquetipo del sentido último de la misma, un patrón instintivo, “arcaico y típico”, que simboliza y representa, escenificándolo, la conquista de una amplitud de consciencia que comunica la experiencia de unidad y vacío, una vivencia crucial y transformadora, que las tradiciones orientales califican de iluminación o despertar.

El rostro ensimismado y sonriente que el Buddha personifica, trasluce asimismo el espíritu de una cosmovisión última que se revela pacífica, serena, amorosa, libre e inclusiva. Su sonrisa es la reseña natural de quien ha regresado a casa, liberado al fin de los fantasmas y espejismos de una mente personalista y temporal, laberíntica e ilusoria. Una consciencia renacida de las abundancias de una experiencia numinosa y universal, esencialmente apacible y venturosa, y por ello, retratada en la más elocuente de las sonrisas.

(*) Psicólogo – Psicoterapeuta

[Publicado en “El Comercio”, el miércoles, 15 de Enero de 2020, pág. 31]
Lo reproducimos con el permiso del autor.

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