Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


Erase una vez unos padres con sus tres hijas que vivían en una pequeña cabaña en el bosque, pues eran muy pobres. Y un día, el padre le dijo a su esposa y sus hijas: “Buena esposa, buenas hijas, debo abandonaros por algún tiempo. Pero volveré cargado de riquezas y cosas bellas. Mis hijas tendrán muchas alhajas para ponerse en el pelo, y todas vosotras seréis felices”.

Dichas estas palabras, el padre emprendió su largo viaje.

En su camino, atravesó de noche un bosque y se encontró con un hada.

–¿A dónde vas, viajero, a estas horas de la noche? –le preguntó ésta.

–Voy a buscar fortuna- contestó.

Sin otra palabra, el hada levantó su varita y le golpeó en el hombro con ella, convirtiéndolo en un ganso con plumas de oro.

El pobre padre, transformado ahora en ganso, voló a la rama de un árbol y se dijo: “¿Qué puedo hacer por mi familia ahora? No soy más que un ganso, no puedo ir en busca de riquezas y mi esposa y mis hijas son muy pobres”.

Estos eran sus pensamientos mientras estaba posado sobre la rama del árbol, y estaba terriblemente triste. Pero, de pronto, miró hacia abajo y se vio reflejado en una charca que había dejado. “¡Mis plumas son de oro!”, exclamó, sacudiendo sus alas con júbilo. Y se fue volando hasta la pequeña cabaña en que su esposa y sus hijas esperaban.

“¡Madre!, se acerca hacia aquí un ganso de oro”, exclamaron las hijas. Posándose frente a la puerta, el ganso les habló así: “Buena gente, sé que sois pobres, pero, ved, mis plumas son de oro”. Y, cogiendo una pluma de su dorso, se la ofreció diciendo: “Coged esta pluma, pues, y vendedla. Yo vendré de nuevo más adelante”. Y dicho esto se volvió al bosque.

La esposa vendió la pluma y recibió mucho dinero por ella. Y cada vez que éste se terminaba, el ganso volvía y les daba otra pluma.

Pero un día la madre le dijo a las hijas: “Hijas mías, puede que este ganso un día se vaya y no vuelva jamás. La próxima vez que venga, hemos de arrancarle todas las plumas”.

Las hijas lloraron amargamente al ver esta muestra de ingratitud. Pero, con todo, cuando el ganso volvió, su madre lo agarró y le arrancó todas las plumas. Despojado de su plumaje, el ganso no podía volar, y su egoísta mujer lo metió en un tonel y apenas le daba que comer.

Pero las plumas que ella arrancó se volvieron blancas como las de cualquier otro ganso, pues el hada las había hechizado, con un hechizo que les hacía volverse blancas si alguien en alguna ocasión se las quitaba.

Después de haber vivido algún tiempo de este triste modo en el tonel, las alas del ganso se volvieron a poblar de blancas plumas. Y entonces se marchó volando, muy lejos, hasta un bosque en el que todas las aves eran felices, y vivió feliz con ellas por siempre.

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