Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


Cierto rey se paseó un día por toda la ciudad en su magnífico carro arrastrado por seis caballos blancos. Y al anochecer, cuando regresó, llevaron a los caballos a las cuadras, pero dejaron el carro en el patio con los arreos.

Y cuando todo el mundo dormía en palacio, se puso a llover.

“Ahora es nuestra ocasión; vamos a divertirnos un poco”, dijeron los perros de palacio al ver los arreos de cuero mojados y reblandecidos por el aguacero. Bajaron de puntillas al patio, y mordieron y royeron las hermosas correas. Y después de jugar así toda la noche, se escabulleron antes del alba.

“¡Las correas del carro real, comidas… destrozadas!”, exclamaron horrorizados los mozos de cuadra al entrar en el patio a la mañana siguiente. Y con el corazón tembloroso fueron a comunicárselo al rey.

“Benigno soberano, dijeron, los arreos del carro real han sido destrozados durante la noche. A buen seguro que es obra de los perros, que habrán estado royendo las hermosas correas”.

El rey se levantó furioso. “¡Matadlos a todos, ordenó, matad a todos los perros que encontréis en la ciudad!”.

La orden del rey fue pronto conocida por los setecientos perros que había en la ciudad, y todos ellos lloraron amargamente. Pero había un perro que era su jefe, pues los amaba y protegía. Y en larga comitiva, se pusieron en camino para ir a verlo.

–¿Por qué os habéis congregado, hoy –preguntó el jefe al verlos llorar– ¿y qué os pone tan tristes?

–Corremos peligro –respondieron los perros–. Los arreos de cuero del carro real, que estuvo toda la noche en el patio del palacio, han sido destrozados y se nos culpa del daño. El rey está furioso y ha ordenado que nos maten a todos.

“A ningún perro de la ciudad le es posible atravesar las puertas del palacio –pensó el jefe–; así pues, ¿quién podría haber destrozado los arreos sino los propios perros de palacio? Así, se perdona a los culpables y se manda acabar con los inocentes. No puede ser: presentaré los culpables al rey, y los perros de la ciudad salvarán la vida”.

Estos eran los pensamientos del valiente jefe, y después de consolar a sus setecientos súbditos, atravesó solo la ciudad. A cada paso encontraba hombres dispuestos a matarlo., pero sus ojos desbordaban tanto amor, que no se atrevían a tocarlo. Y entró en el palacio, y los guardias reales, hechizados por su porte, le permitieron atravesar las puertas.

Entró así en el salón del trono, donde se encontraba el rey sentado en el trono; sus cortesanos estaban de pie a su alrededor, y a la vista de sus enfurecidos ojos, todos permanecían callados.

Al cabo de un momento, el jefe habló.

–Gran rey –dijo–, ¿es orden vuestra que maten a todos los perros de la ciudad?

–Sí –respondió el rey–, es orden mía.

–¿Qué daño han hecho, oh rey? –preguntó.

–Han destrozado los arreos de cuero del carro real –respondió el rey.

–¿Qué perros lo han hecho? –preguntó el jefe.

–No lo sé –respondió el rey–; por eso he ordenado que los maten a todos.

–¿Han de matar a todos los perros de vuestra ciudad –preguntó el jefe– o hay algunos a los que se les perdonará la vida?

–Solo a los perros reales se les perdonará la vida –contestó el rey.

–Oh rey –dijo el jefe con voz dulce–, ¿es justa vuestra orden? ¿Por qué habrían de ser inocentes los perros de palacio y culpables los de la ciudad? Aquellos a los que vos favorecéis son perdonados y han de matar a aquellos a los que no conocéis. Oh rey justo, ¿dónde está vuestra justicia?

El rey meditó unos instantes y luego dijo:

–Sabio jefe, dime, pues, quiénes son los culpables.

–Los perros reales –contestó el jefe.

–Demuéstrame que tus palabras son verdaderas –dijo el rey.

–Os lo demostraré –respondió el jefe–. Ordenad que traigan aquí los perros de palacio y les den a comer hierba kusa1 y suero de mantequilla.

El rey ordenó que se hiciera tal como el jefe pedía, y los perros reales fueron traídos ante él y les dieron a comer hierba kusa y suero de mantequilla.

A poco que lo hubieron comido, fueron apareciendo en sus bocas tiras de cuero, que cayeron al suelo. Así se descubrió a los culpables.

El rey se levantó pausadamente de su trono.

–Tus palabras son verdaderas –dijo el sabio jefe–, verdaderas y puras como las gotas de lluvia que caen del cielo. Nunca te olvidaré por años que viva.

Ordenó entonces que dieran comida suculenta y atenciones reales a todos los perros de la ciudad todos los días de sus vidas, y todos ellos vivieron felices por siempre jamás.


1Esta hierba (poa cynosuroides), a menudo confunduda con la llamada darbha, era, como ésta, una hierba sagrada usada en ciertas ceremonias religiosas (puja-s).

Este nombre entra igualmente en la composición del lugar en el que el Buda Sakyamuni abandonó la existencia terrena: Kusi-nagara, actualmente Kasia.

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