PARTE I

“Lo que llamamos mundo existe sólo para seres que no tienen que estar preparados a cada instante para huir. Cuando un ser así, que tiene mundo, levanta la cabeza, es sostenido por la segura esperanza de que el horizonte no se hará pedazos de repente.

[…] Con la serenidad que aparece en los ojos de los primeros observadores del mundo, comienza la historia del lujo. Jamás será nada tan trascendental como el primer derroche de atención en cosas que rodean al animal humano precavido sin que representen peligro o utilidad; ahora, la serenidad predomina en él.

El placer sube del vientre a los ojos y se transforma en mirada .

La vigilia serena hace al hombre mecenas del universo.

[…] El lujo hace posible a los hombres y, en ellos, al mundo consciente.

Peter Sloterdijk , Extrañamiento del mundo

I. DEL CAMPESINO AL HOMBRE CONTEMPORÁNEO: DEL TRABAJO FÍSICO AL EJERCICIO CORPORAL

Escuchaba hace poco a un viejo campesino vasco que participaba en su juventud en apuestas que hoy llamaríamos deportivas , que realizaba su preparación física corriendo por el bosque sin que nadie le viera pues, de ocurrir esto, sus vecinos –incluso aquellos que después acudirían a la plaza para ver su contienda, le tomarían por loco. Sin embargo, hoy estamos acostumbrados a ver a gente corriendo o practicando deportes en cualquier ciudad o parque público y no reparamos en que hace sólo unos años esto resultaba inconcebible. Si este cambio de costumbres nos resulta significativo, podríamos preguntarnos por la distancia que hay entre el campesino y el hombre contemporáneo en cuanto a la vivencia de su cuerpo o al uso que hacen de él.

Para el campesino -pero también para el cazador-recolector que le precedió y para el obrero industrial que vino después, el cuerpo era, ante todo, una herramienta de trabajo. De sus cualidades innatas y de su habilidad dependía, en buena medida, su sobrevivencia. El cuerpo expresaba tanto su integración en un ciclo vital individual (con sus etapas de características cambiantes) como en su entorno natural y social. En aquellos tiempos, sólo unos pocos podían permitirse el lujo de exonerarse del trabajo físico: aquellos que por su estatus o clase vivían de los excedentes del trabajo ajeno. Hoy, sin embargo, y en la medida en que la máquina va sustituyendo al hombre en los ciclos productivos y la mujer se va liberando de una dependencia absoluta de los ciclos reproductivos, más y más gente deja de depender de un trabajo físico para su sobrevivencia. En las sociedades postindustriales, la mayoría de los hombres y mujeres dependen cada vez menos de sus destrezas físicas y más de trabajos relacionados a sus habilidades mentales o relacionales. ¿Tiene este cambio algo que ver con la distancia que separa al camapesino del hombre contemporáneo; entre el hombre o la mujer que salen a hacer su carrera en el parque urbano o incluyen en su agenda un tiempo para hacer ejercicio corporal, y aquél que en la sociedad agraria no podía concebir tal actividad pues bastante tenía con su trabajo físico? Creo que sí, aunque no deja de resultar vertiginoso que aquellos campesinos fueran mis padres y que yo no soy la excepción sino la regla de la gran mayoría de la humanidad que, en una sola generación, deja la sociedad agraria y, atravesando o no la manufactura industrial, se convierte en un ciudadano de la sociedad postindustrial.

I.1. La emergencia de la Historia y la alienación del cuerpo

Una reflexión como la que estamos iniciando sólo es posible desde cierta autonomía de la mente con respecto al cuerpo. Este grado de autonomía es relativamente reciente en la historia de la humanidad y coincide con la emergencia de la conciencia egóica, la conciencia del yo de la que hoy participamos. Esta conciencia es posterior a la consolidación de la sociedad agraria en el neolítico superior (alrededor del segundo milenio antes de nuestra era), y pone las bases para los siguientes pasos históricos, entre los que podemos destacar las revoluciones burguesa e industrial y la aparición, con ellas, de la modernidad.

Parece razonable pensar que, antes de la implantación de la agricultura como forma dominante de vida (su descubrimiento se sitúa hace aproximadamente 12.000 años, a los que precedieron otros más de 200.000 donde los hombres eran cazadores y recolectores), el ser humano no disponía, sino de forma muy rudimentaria, de los atributos que hacen posible esta reflexión sobre su naturaleza y su cuerpo. La revolución neolítica, representó la transformación más radical en la historia conocida del género humano. O, simplemente, por representar el mismo origen de lo que podemos concebir como Historia (el tiempo como algo que se desarrolla desde un pasado hacia un futuro), es el momento en el que surge la conciencia de lo que somos y lo que podemos llegar a ser en ese río temporal y, por eso, lo concebimos como el momento fundamental. Un momento especialmente dramático pues, con la emergencia de las capacidades egóicas y mentales, se exacerba nuestra conciencia de separación. La brecha entre lo que yo soy y lo que el universo que me rodea es, crece de forma angustiosa, y la disociación entre mente y cuerpo no es sino una manera de vivenciar esa brecha.

Podemos intentar resumir esquemáticamente las características tanto externas (productivas y de organización social) como internas (de conciencia) de estas dos épocas de la siguiente manera: el ser humano, antes del desarrollo de la agricultura (entre un 95 y un 98% de su tiempo total sobre este planeta), vivía en pequeñas hordas (no más de 50 miembros) dedicado a la caza y la recolección. El tiempo debía de ser vivido en pequeños ciclos en relación a estos quehaceres, el lenguaje estaba surgiendo llegando a la construcción de los primeros conceptos-sustantivos, etc. Con la aparición de la agricultura comienza lo que conocemos como historia (lo anterior es pre-historia), el ser humano va dejando de ser nómada y conviviendo en aldeas, pueblos y ciudades. El desarrollo tecnológico permite la acumulación de excedentes sobre la que se construyen los primeros estados y los imperios con su separación de castas y clases. Se desarrolla el lenguaje formal y la escritura, y una conciencia del tiempo, de sí mismo y de la muerte que lleva a crear mitologías que harán posible la sustitución de los linajes de sangre por las identidades de pertenencia a un pueblo o nación.

Parece haber una relación indisoluble entre ambos fenómenos: la emergencia de la mente, de la conciencia individual tal como la vivimos la inmensa mayoría de los seres humanos hoy, y una relación conflictiva con nuestro ser corporal, con el cuerpo. Podemos considerar las “Historias” conocidas como expresión de este conflicto y añoranza de un pasado mítico en el que tal relación conflictiva no existía (ya que no había conciencia temporal ni, por tanto, la misma conciencia de muerte, ni el grado de separación que tiraniza la vida de los mortales). Las culturas judeo-cristianas han resuelto esta situación asignando al cuerpo el lugar de la limitación y el pecado, pero la ecuación cuerpo-cárcel está igualmente presente en las sociedades brahmánicas o pitagóricas, por lo que podemos pensar en que se trató de una solución ligada a tal estadio evolutivo.

Pero esta situación no excluye, para el ser humano que utiliza su cuerpo como herramienta y que, por lo tanto, se atiene a sus ciclos naturales, siquiera en ciertos momentos de la vida, una percepción del cuerpo como espacio para el gozo, lugar donde la naturaleza se realiza, expresión de un orden y sabiduría que desborda nuestras limitaciones de comprensión. Cuerpo-cárcel y cuerpo-templo: una tensión en la que el ser humano no ha dejado de desenvolverse a lo largo de toda su Historia.

I.2. Modernidad y huída del cuerpo

Un campesino reprime buena parte del impulso hedonista relacionado con su cuerpo por imperativos de sobrevivencia individual y social, pero vive a la vez dentro de un cliclo más cercano a lo que el cuerpo es: expresión de procesos instalados en un orden inmemorable compartido con el resto de la biosfera. Pero en los países económicamente más poderosos –y por su impulso, cada vez más en el resto del mundo, la ciudad no sólo ha dejado de ser de los campesinos, sino que la proporción de humanos dedicados a la agricultura ha dejado de ser mayoritaria. Como expresión de la superación del neolítico, la mayoría de la población vive ya, desde hace muy poco tiempo, en las nuevas ciudades. Y no sólo eso, la revolución industrial ha convertido ya, incluso al que trabaja en el campo, en un empresario o trabajador industrial.

La modernidad representa la consolidación de una nueva conciencia anclada en la individualidad y la razón. La individualidad, tal como hoy la consideramos tuvo que emerger de un estadio en el que no era nada sino en función de sus relaciones de parentesco primero (en las sociedades anteriores a la agricultura) y, después, en función de su pertenencia a un pueblo o nación (en las sociedades, estados e imperios agrarios). La modernidad pretende hacernos individuos por encima de estos dos vínculos fundamentales, pero nos hace pagar un alto precio de alienación por ello. Dejar atrás, como dadores esenciales de identidad, la familia, la raza, el pueblo o la nación no es posible sin pagar un alto precio de alienación. Damos un paso adelante liberándonos del excesivo peso de la pertenencia, tratando de sustituir mito por razón pero, a al vez, vamos perdiendo nuestra vivencia como seres corporales , nuestro profundo lazo con la naturaleza.

Tratando de situarnos ahora “en el cuerpo”, vivimos este hecho en medio de una gran ilusión: ya que con la modernidad el grado de presión-represión que ejercía la sociedad agraria sobre el cuerpo como lugar de gozo y, por lo tanto de trasgresión, ha disminuido y un renovado interés hedonista por el cuerpo ha hecho eclosión, ¿quiere esto decir que el cuerpo va dejando de ser la cárcel y que va a desaparecer su alienación? Mientras el cuidado del cuerpo sea el culto a un objeto que quiere modelarse según un canon externo de belleza o salud , no dejará de ser este cuidado una expresión más de la alienación corporal. Por otro lado, la propaganda que asocia deporte y salud nos miente identificando la salud con unos cuerpos atléticos mientras nos oculta el precio a pagar por ellos, cuando no el secuestro de miles de niños en la década decisiva de sus vidas para que alimenten delirios patrióticos en la lucha por arañar centímetros o décimas de segundos a los últimos records. Niños que volverán física y psíquicamente tullidos a la vida civil, casi siempre amargados por el fracaso para seguir alimentando el sueño de lo que pudieran haber sido en otros niños. Basta escuchar la confesión de cualquier deportista profesional para desmentir cualquier relación de su práctica con la salud. Pero esta es otra historia, y no desdice lo que al principio comentaba: si sales a correr a la calle, no necesariamente te tomarán por loco. Tampoco lo desdice el que estemos inmersos en un proyecto de salud pública en el que, calculadora en mano, se aconseja la práctica del ejercicio moderado.

El ser humano, reconociéndose mortal, no ha dejado de empeñarse en un proyecto tras otro de inmortalidad. A través de sacrificios sustitutorios, de magia y mitología, pero teniendo que enfrentar siempre su propia muerte, el deterioro y la destrucción de su yo a través de un cuerpo mortal. Por último, nos acercamos al punto en el que tecnológicamente podemos entrar en los secretos del código genético: la puerta que parece abrirse definitivamente a la liberación de cualquier dependencia de lo corporal. El hedonismo y la intervención tecnológica sobre el cuerpo encuentran un espacio nunca antes aceptado por el orden social pero, ¿significa esto un cambio a mejor para la escisión cuerpo/mente o su máxima expresión? Creo, más bien, que la modernidad representa el cenit de la alienación de nuestro ser corporal: por un lado, nunca hasta ahora la mente tuvo tal grado de autonomía de la biosfera. Podemos empezar a imaginar que no dependemos del cuerpo para la sobrevivencia, a la vez que nuestro trabajo no depende tanto de las destrezas físicas. Esta liberación y el desarrollo tecnológico nos arrastran a la realización de los proyectos de inmortalidad más atrevidos, pero, al mismo tiempo, permite la liberación de un impulso que podría devolvernos al cuerpo, no sólo como legítimo lugar para la búsqueda de placer, sino también como posible terreno para hundir nuestras raíces, si queremos que la locura no dirija nuestro poder.

No deberíamos dejar de darnos cuenta de que, por primera vez, estamos colectivamente ante el abismo de la separación más profunda con nuestro ser corporal (apenas es necesaria ninguna habilidad corporal para sobrevivir), ante la pérdida de los factores de compensación que aún permitían cierta integración de la entidad cuerpo-mente en el tiempo cíclico de las sociedades agrarias, pero también ante la posibilidad de intentar y ensayar sistemas de integración que sólo la liberación colectiva del peso del trabajo físico ponen a nuestra disposición.

EL LUGAR DEL CUERPO EN LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA.

A lo largo del proceso que ha llevado a la humanidad desde la horda primitiva hasta el neolítico, y de éste hasta la actualidad, no sólo han cambiado las condiciones materiales (de la caza y recolección a la agricultura, y de ésta a la manufactura industrial, etc.), sino que en cada época, el ser humano se ha dotado de un sentido específico de identidad . En un extremo de simplificación, podríamos decir que cuando el cazador-recolector dice YO , se refiere a algo sustancialmente distinto al YO que proclama el agricultor, el proletario industrial o el ciudadano de la sociedad post-industrial. Quiero decir que, entre las diversas variables que diferencian a estos prototipos -desde la edad, el género, la condición económica, social, cultural, religiosa, etc., podemos distinguir algunos elementos que determinan su sensación de identidad y subyacen al hecho de ser hombre o mujer, rico o pobre, cristiano o budista, etc. Esta visión del devenir humano ha llevado a distinguir cuatro grandes etapas: las dos primeras y, sin duda más extensas, pre-históricas (una primera arcaica , anterior a los últimos 200.000 años, seguida de la etapa mágica , la de las hordas de cazadores y recolectores, el paleolítico que se extendió hasta hace unos 12.000 años). Las dos últimas son las etapas históricas : la etapa mítica , con el inicio de la práctica hortícola y el desarrollo agrario posterior; y la egóico-mental que, en los últimos 2.500, nos aboca a la modernidad.

Arcaico, mágico, mítico y egóico-mental se refieren a cuatro grandes estadios de evolución cultural y a los distintos sentimientos de identidad específicos que han ido emergiendo según iban produciéndose los cambios a los que se refieren. Si esto es así, nos permite establecer una conexión entre lo externo (la sobrevivencia física, la organización social, etc.) y lo interno (que resumimos en la sensación de identidad) que, como ya anticipamos en la primera parte, es fundamental a la hora de concebir la naturaleza y el sentido del cuerpo y el diseño de cualquier sistema de trabajo corporal.

Pero aún tenemos un tercer elemento que nos permitirá hacer útil y aplicable la reflexión desarrollada en esos ámbitos a cada uno de nosotros: nuestra propia historia individual está dotada de un paralelismo que refleja este desarrollo con todas sus vicisitudes. La psicología evolutiva ha establecido unas fases bien determinadas en el desarrollo de cada ser humano que bien pueden compararse con las arcaica , mágica , mítica y egóica del conjunto de la humanidad. Desde el momento de la concepción hasta la madurez biológica y psíquica, cada uno de nosotros atraviesa necesariamente estos estadios que, cuando han podido ser recorridos con cierta normalidad, nos hacen sentirnos relativamente adecuados al tiempo que nos toca vivir.

II.1. La emergencia del hombre y el nacimiento del yo físico

Llamamos arcáica a la “noche de los tiempos” en la historia de la humanidad, un período que comenzó hace varios millones de años y terminó hace unos 200.000: el tiempo que trascurrió en la transición de los mamíferos superiores a la aparición de la conciencia unida a los rudimentos del lenguaje verbal. Podemos concebir al ser humano como un elemento emergente del conjunto de los seres vivos que sobrevive optimizando sus cualidades y se especializa como cazador y recolector. No podemos saber cuándo ni cómo ese ser humano pudo sentirse alguien , pero esa es justamente la cualidad por la que le consideramos hombre y no un simio más, así que alguna conciencia de sí mismo debió desarrollar. Cabe pensar que una autoconciencia inicial directamente ligada a la sobrevivencia, donde existir se centraba en resolver la ecuación “comer o ser comido” de forma favorable: absoluta fusión con el entorno físico y con su propio cuerpo y su ciclo vital, emociones simples pero de gran intensidad…

…las mismas palabras que utilizamos cuando realizamos un paralelismo con la historia de cada ser humano y nos referimos a la época que abarca desde el nacimiento a la emergencia del yo físico , los primeros 4-8 meses de vida: la cualidad de la conciencia del neonato es su estado de fusión, no existe nada que pueda ser otro , ninguna frontera inicial con el mundo exterior. Tal frontera se va construyendo a través del vínculo alimenticio y emocional con la madre en la llamada fase oral . El bebé vive en términos absolutos porque su dependencia lo es: es uno con el mundo a través del pecho de la madre o la desestructuración absoluta si esa conexión no funciona; dicha y desolación infinitas, una junto a la otra. El proceso que se desarrolla en los primeros meses de vida da origen al nacimiento del yo físico , aquél que identifica al yo con su cuerpo, pero que ha sido capaz de trazar una primera frontera entre ese yo y lo Otro: la madre y el mundo. Un proceso tan fundamental que, si no se realiza exitosamente, será el origen de la incapacidad propia de la psicosis, donde el peligro de ser devorado se vive como real , uno no puede diferenciarse –ni por lo tanto unirse, con ningún otro porque la fusión inicial y su trascendencia se han visto frustradas. El yo físico es pues aquél que nos permite una primera diferenciación. No debemos confundirlo con el cuerpo que la razón adulta analiza, sino uno sin claros límites: un yo-cuerpo mágico ( vital o energético ).

Esta es una cuestión crucial pues, aunque todos los humanos adultos dispongan de un cuerpo desarrollado y biológicamente funcional, muchos de ellos (hay expertos que conjeturan con que alrededor de un tercio de los habitantes de las sociedades desarrolladas podrían entrar en el ámbito de la psicosis, más o menos encubierta) carecen de un yo físico : una encarnación suficientemente sólida en su ser corporal que le permita entrar en una relación aceptable con lo Otro. Y en tal situación, sus impulsos no podrán estar sino encaminados inconscientemente a sellar esta falla fundamental.

II.2. La etapa mágica: del Yo Físico al Yo Emocional

Parece ser que el hecho que trazó la frontera entre la etapa arcaica y la mágica, fue la creación de la familia que ocurrió cuando el macho se incorporó al sistema de parentesco: esto permitió “conectar, a través del papel de padre, un sistema de estatus masculino en el clan de cazadores con un estatus en el sistema femenino e infantil, y así integrar las funciones del trabajo social con las de la alimentación de los pequeños, y coordinar además las funciones del macho cazador con las de la hembra recolectora”. Es el inicio de una relación específicamente humana entre sexo y poder que permite la emergencia de nuevas estructuras productivas y sociales.

La magia es uno de los elementos definitorios de la época de la humanidad que reconocemos como anterior a la Historia (el paleolítico que comprende desde -200.000 a -10.000 años), la época de las hordas nómadas de cazadores y recolectores, aún fundamentalmente pre-verbales y centradas en el cuerpo. Magia significa aquí el tipo de vínculo que crea con la realidad un ser humano que no percibe claros límites entre sujeto y objeto, cuerpo y mente, psiquismo y mundo exterior: la realidad que vivimos cada vez que soñamos. Un tiempo en el que “el poder sobre la naturaleza venía a la conciencia del ser humano como principal recurso escaso”. La magia está centrada siempre en el poder.

La etapa de desarrollo individual que nos sirve aquí de referencia es la que abarca la consolidación del yo corporal a lo largo del primer año de vida hasta la aparición del lenguaje verbal, desde el final del segundo. Al principio de esta etapa, el niño vive fundido con las emociones básicas muy cercanas a su experiencia de placer/displacer corporal en un presente inmediato. El niño va construyendo su imagen corporal como soporte de su yo (en relación al no-yo, al mundo) partiendo de una confusión básica propia de la conciencia mágica, donde la psique y el mundo exterior se confunden e intercambian hasta llegar a controlar desde su cuerpo, su mundo. Como para el ser humano de la prehistoria, su valor escaso tiene que ver con el control de la naturaleza: su propio cuerpo.

La fase anal representa como ninguna ese paso en el que un yo fundido al cuerpo puede diferenciarse de él controlándolo: “la clave básica del problema de la analidad es el hecho de que refleja el dualismo de la condición humana (ahora en germinación y crecimiento): su yo y su cuerpo . La analidad y su problema aparecen en la infancia, porque el cuerpo es extraño y falible, y ejerce una influencia definitiva en el niño… La tragedia del dualismo humano (en este caso, la creciente diferenciación entre el ego y el cuerpo), su situación incongruente, adquiere excesiva realidad. El ano y su incomprensible y repelente producto no sólo representan el determinismo y el vínculo físicos, sino también el destino del todo físico: descomposición y muerte”. El conjunto de la fase anal se atraviesa con un miedo fantástico al daño corporal pues, lo mismo que en la anterior etapa la angustia de separación se vivía en relación a la madre, ahora se vive en relación al cuerpo, hasta que éste pueda ser integrado en una nueva unidad yóica que reúna cuerpo y mente.

Se ha hecho también notar que ésta es una etapa en la que se construye una fantasía heróica como reflejo al terror de separación: el niño se idealiza como centro del cosmos, inmerso en su propia omnipotencia, controlando mágicamente todo lo necesario para nutrirla… su cuerpo es su proyecto narcisista y lo utiliza para intentar tragarse el mundo .

La conclusión de esta etapa representa el nacimiento del yo emocional , una identidad que deja de estar fundida con sus emociones primarias ligadas a las sensaciones corporales. Lo mismo que antes de construir su yo corporal las fronteras materiales entre el yo y el mundo están difusas, antes de este nuevo nacimiento psicológico , las fronteras entre lo que “yo siento” y “el resto del mundo siente” no están suficientemente establecidas. Éste sería el momento en el que se consolidan tales fronteras: un yo diferenciado en un mundo diferenciado.

Cuando este proceso no se produzca con éxito, el yo emocional del sujeto permanecerá fundido o identificado con quienes le rodean, se vivirá a sí mismo en un doloroso conflicto entre “ el mundo como extensión emocional de mí mismo, y el yo invadido abusivamente por el mundo ”. El individuo carecerá de claras fronteras emocionales que le otorguen una sensación de identidad coherente. Son los trastornos fronterizos ( borderline ) entre la psicosis y la neurosis.

II.3. Mito, Pertenencia y Yo Verbal

La etapa edípica , que todo niño atraviesa entre los 3 y los 7 años, tiene un claro paralelismo con la más importante de las trasformaciones acaecidas en la humanidad: el descubrimiento de la agricultura –hace unos 12.000 años, que trajo consigo una organización económica y social completamente distinta a la conocida hasta entonces: en un tiempo relativamente breve se produce el paso al sedentarismo, a la creación de excedentes que permiten la emergencia de la ciudad y el estado/nación con el advenimiento de fenómenos tan nuevos y sorprendentes como los mitos religiosos y el asesinato de masas.

A través de símbolos y conceptos, del lenguaje, el nuevo ser humano que cultiva la tierra crea el tiempo extenso, recuerda el pasado y se proyecta hacia el futuro, y puede demorar la satisfacción de sus impulsos primarios. La tensión entre la satisfacción de tales impulsos y la realidad impuesta por un orden social mucho más complejo que en etapas anteriores, aumenta considerablemente.

Cuando el niño atraviesa con relativo éxito las dos anteriores etapas, sufre una nueva trasformación que se expresa con dos características: la genitalización biológica y psíquica de la fase fálica , y la construcción de un yo verbal . Tras el nacimiento emocional alrededor del segundo año, se produce la diferenciación entre su sensación de identidad y los impulsos ligados a su cuerpo (el cuerpo físico y el relativo a sus emociones primarias). Al principio de esta fase, la magia deja de funcionar y es transferida a otros sujetos más poderosos (los padres son las primeras figuras externas divinizadas), hasta que la mente, a través del lenguaje como sistema simbólico, otorga la capacidad de soportar la demora en la satisfacción de los impulsos vitales. Es el nacimiento de la función simbólica , a la que nos refiremos más adelante. Explicado así, un proceso casi idéntico al que se produce colectivamente con la aparición de las sociedades agrarias. En este proceso, los impulsos anales dan paso, con la maduración biológica, a los impulsos genitales, con la activación de lo que desde el psicoanálisis se ha descrito como complejo de Edipo/Electra , y la consiguiente castración .

Sea como fuere que interpretemos este pasaje, es el tiempo en el que la mente, constituida a través del lenguaje en entidad autónoma, adquiere el poder de demorar y reprimir los impulsos biológicos: cuando no es posible reconocer y transferir el deseo de agredir o poseer genitalmente –y hay fuerzas muy poderosas que lo pondrán muy difícil, esos deseos habrán de ser contenidos y se manifestarán, desde entonces, como síntomas neuróticos. La instancia psíquica capaz de mantener esa represión es el yo verbal , lo que por primera vez podemos considerar “un ego suficientemente estructurado y maduro”. De otra manera, “la angustia de castración del niño durante el período fálico, puede compararse al miedo a ser devorado en la etapa oral, o al ser desposeído del contenido del cuerpo en la etapa anal: representa la culminación del miedo quimérico al daño corporal “.

Situándonos en la historia humana, los tres elementos más destacables de la revolución neolítica son pues el lenguaje como creador o vehículo psicológico de la representación temporal, una conciencia que sustituye la magia por un nuevo orden mítico , y la emergencia de un nueva cualidad de pertenencia . Otra manera de hablar de toda esta etapa sería la de considerar que la conciencia de la muerte que se vivía en un presente relativamente inmediato en el paleolítico y se conjuraba mágicamente, pasó a ser trasferida al futuro con la creación de la conciencia verbal/temporal . Una conciencia que permitió crear vínculos supra-trivales, identidades menos ligadas al cuerpo, donde la pertenencia se estructuraba en un nuevo orden: “la función de integración social pasó de las relaciones de parentesco a las relaciones políticas. La identidad colectiva ya no estaba representada por la figura de un antepasado común sino por la de un legislador común”.

II.4. La emergencia del ego y la negación del cuerpo

A lo largo del neolítico, “entre el segundo y el primer milenio antes de J.C., tuvo lugar una trasformación extraordinaria: el hombre devino consciente de sí mismo y de su mundo… apareció la conciencia subjetiva… un espacio operativo en el que un yo era capaz de narrar las consecuencias de todas sus posibles acciones”, lo que llamamos el nacimiento del ego . Se explica este fenómeno como una ruptura del anterior equilibrio entre los dos sistemas que se han ido desarrollando para el funcionamiento humano: aquél ligado a respuestas inmediatas, de respuesta instantánea y asentadas en lo que llamamos cuerpo , y el otro que descansa en la memoria, los conceptos mentales, la demora de la conducta; el sistema que organiza las respuestas voluntarias. De tener que responder según los instintos o el mito (y el rol, el lugar que la tradición otorgaba a cada ser humano y a la conducta que se esperaba de él), se pasó a tener que confiar en la guía de los propios procesos mentales: “el hombre intelectual [dotado de un yo egóico ] no tuvo otra elección que seguir el camino que le mostraba el desarrollo de la facultad del pensamiento”.

El avance que representa la emergencia del ego como entidad autónoma con el consiguiente desarrollo de la racionalidad y todos los progresos ligados a la modernidad (que en este caso debemos iniciar 500 años antes de J.C.) se ve, a su vez, marcado por un nuevo peligro que ya hemos hecho notar: la escisión neurótica de su ser biológico: “el pensamiento sólo podía clarificarse a sí mismo decantando conceptos estáticos que, al estatificarse, dejaban de acomodarse a su matriz orgánica y a la forma de la naturaleza…. De este modo, el pensamiento terminó alienándose formalmente del resto de la naturaleza”. Estamos ante la distorsión que ha marcado la Historia humana (los primeros testimonios escritos son precisamente de esta época): la polarización entre los que se han afirmado en la exaltación de la naturaleza espiritual contra el cuerpo y la materia, el idealismo contra el materialismo, etc.: “La religiosidad morbosa, el hiperintelectualismo, la sensualidad refinada y la fría ambición son sólo algunos de los intentos de la personalidad disociada [del ego ] para escapar de su propia división. Las oscilaciones que llevan desde el misticismo emocional hasta el racionalismo y desde el racionalismo hasta el materialismo de poder que jalona la historia de Europa, no constituyen ningún cambio esencial sino que tan solo expresan las oscilaciones sucesivas de la búsqueda de situaciones nuevas dentro de los límites impuestos por esta disociación básica… Tanto la sensualidad deliberada –que terminó derivada a dinámicas sado-masoquistas, como el idealismo obsesivo eran nuevos y representaban las distorsiones de los intercambios entre ambos niveles”.

En cuanto al desarrollo individual, se produce una crisis existencial en la que la explosión de vitalidad y la conciencia de la muerte vienen parejas: “el yo separado tiene que comenzar a secuestrar y a diluir la vitalidad del organismo, a atenuar la vida hasta un punto en el que no se halle amenazado de muerte, a restringir la energía de su organismo hasta un nivel que no le resulte peligroso… para reprimir y secuestrar su propia vitalidad, el organismo debe centrar y circunscribir su libido a unas pocas áreas y regiones seleccionadas del cuerpo, la más notable de las cuales es la genital”.

La emergencia del ego, de la identidad egóico-mental , no sólo representa una revolución en el terreno de la mente al que solemos adscribir la conciencia, sino en el propio cuerpo, cuando el divorcio entre alma y cuerpo sofocan la vitalidad y reducen al cuerpo a una suerte de mecanismo : “En esta naturaleza humana deshumanizada, el hombre pierde el contacto con su propio cuerpo: sus sentidos, la sensualidad y el principio del placer. Y esta naturaleza humana deshumanizada produce una conciencia inhumana, cuya única actividad es la abstracción divorciada de la vida real, la mente productiva, la mente racional, ahorrativa y prosaica”.

III. LOS LIMITES DEL TRABAJO CORPORAL Y EL PATHOS DEL HOMBRE CONTEMPORANEO

Las referencias a las patologías son tan abundantes en las páginas anteriores, que es inevitable preguntarse por ellas. Estamos acostumbrados a identificar patología con enfermedad, y a ésta con un fallo, un error que hay que atajar, con frecuencia de la forma más expeditiva posible, ajenos a su relación con el yo que la padece. Sin entrar ahora en esta cuestión, desde una visión evolutiva podemos considerar la patología como el indicador de aquello que ha de ser completado . Pero no un indicador cualquiera, sino uno tan apremiante que marca la existencia con el dolor, y con la demanda inapelable de su resolución. Desde esta perspectiva, no podemos considerar la evolución individual o colectiva sin cierta dosis de patología, sin una llamada apremiante a dar un paso más, un paso que será indicado en cada situación por las señales o síntomas que lanza nuestro dolor. Desde esta perspectiva, convertimos al pathos en marco de reflexión elegido: nos reconocemos en el intento de recuperar el ámbito de lo corporal en una unidad superior que, para afirmarse, ha alienado el cuerpo y se ve abocado a vivirlo como síntoma, como testigo e indicador de un malestar que, como toda dolencia, no deja de llamar la atención hasta ser reconocida. Así, “estar mejor en mi cuerpo” no deja de ser una formulación aceptable de esta llamada del pathos . En la medida en que el proceso de integración de lo corporal en una unidad que lo trasciende se va realizando, seguiremos respondiendo a su demanda de cuidado, y el trabajo corporal entrará en una dimensión donde primen sus aspectos lúdicos, comunicativos o de trascendencia: el cuerpo continuará siendo nuestra biosfera, la tierra , el apoyo necesario y permanente de nuestro ser para acceder a cualesquiera otros ámbitos de la conciencia.

Nacidos en la transición del neolítico a la modernidad, todos seremos más o menos pacientes (de la raíz pathos , enfermedad, de donde deriva también patología) de la escisión egóica, de la desconexión/represión de lo que representa el cuerpo como entidad relativamente alienada.

III.1 Algunas observaciones sobre la medicina moderna

Tomando esto en cuenta, quiero reseñar algunos elementos de la reciente historia de la medicina: nos dará algunas pistas de la manera en que la modernidad ha enfrentado sus patologías:

Las visiones médicas tradicionales (llamaremos así a las anteriores a la eclosión de los tiempos modernos con las revoluciones burguesas) se soportan siempre, en cualquier latitud, en una concepción unitaria del ser humano: cuerpo y alma no se conciben separados, para poner sólo dos ejemplos, en la medicina de los humores europea o en la medicina tradicional china. No digamos ya en los tiempos en que las funciones sacerdotales y sanadoras no eran separables.

La implantación de lo que hoy conocemos como medicina científica se produce tras una larga lucha de modelos a lo largo de los tres últimos siglos. En el siglo XVIII, las elites de las clases sociales sumidas en la lucha por su hegemonía, conocen una verdadera “fiebre por lo energético”. Los modelos energéticos de estos tiempos fueron desbancados oficialmente, pero dieron origen a fenómenos tan significativos como el nacimiento del psicoanálisis y la medicina psicosomática a lo largo del siglo XIX y los inicios del XX.

La que hoy identificamos como medicina oficial, es una medicina que ha necesitado separar hasta tal punto los mecanismos fisiológicos de cualesquiera otros, que sólo se muestra brillante y eficaz cuando trata al enfermo inconsciente: por la anestesia que insensibiliza del dolor en las intervenciones quirúrgicas, la intervención bioquímica cada vez más poderosa y sofisticada y, finalmente, la nueva estrella de la investigación médica: la genética. Vivimos en una verdadera borrachera eufórica por los logros y las perspectivas a las que nos abre el desarrollo de todas estas ramas. Pero, junto a los milagros de esta medicina, nos hallamos en medio de la más profunda ignorancia de los efectos profundos de la aplicación de todos estos avances tecnológicos en el ser humano , más allá de la máquina humana , sobre la que la clase médica posee unos poderes que ni el mayor de los magos, ni el santo más milagrero hubiera soñado jamás.

Creo que la euforia genómica es la manifestación del último de los proyectos de inmortalidad de la historia humana. Hasta ahora, el cuerpo nos hablaba de lo inevitable: con su destrucción, cualquier intento de sobrevivencia individual se hacía pedazos. Hoy, acariciamos ya la idea de intercambiar nuestro cuerpo físico las veces que sea necesario, a través de la clonación: el yo deshaciéndose de toda servidumbre material; la victoria del ideal que, para imponer la supremacía del espíritu, ha negado desde siglos cualquier sentido a nuestra naturaleza corporal.

Desde esta medicina triunfante en su poder sobre cada cuerpo y sobre los recursos que la humanidad utiliza para tratar con la enfermedad, se ignoran o se tratan como reliquias del pasado los recursos que el ser humano ha venido utilizando hasta ayer mismo. Se dejan en la marginación los recursos individuales o colectivos y los sistemas que resultaron perdedores en la lucha de modelos que se desarrolló en los últimos siglos. Se decreta la muerte del psicoanálisis, se tolera la psicología y los tratamientos complementarios –provengan éstos de la antigüedad o de otras culturas, siempre que no molesten o interfieran en su intervención y acaten los modelos valederos para el trato con los objetos médicos (sean éstos animados o inanimados). Sin embargo, el ser-humano-entero nunca podrá quedar satisfecho con tratamientos que lo reduzcan a su cuerpo separado, y basta que se acaben los efectos de la anestesia total (cierta anestesia parcial se tiende a mantener a partir del tratamiento ad vitam de cualquier enfermedad crónica o de cierta gravedad), para que el alma comience a demandar algo más , donde los modernos sacerdotes-médicos permanecen callados.

En ese algo más está la aportación del análisis y el tratamiento de lo psíquico, se aborde desde donde se aborde, y la incorporación, no sólo a nuestro lenguaje coloquial, de los términos y las referencias de las patologías psíquicas. Neurosis , psicopatía , psicosomático o especificaciones como paranoia , masoquismo o histeria son parte del acervo común de cualquier persona culta. Digo que, en cuanto el paciente deja el mundo de la narcosis, ha de encarar su unidad psico-somática (alma-cuerpo), la misma unidad que han tratado todos los sistemas tradicionales, con la diferencia de que aquellos sistemas han muerto en batalla y son tratados como los vencidos de cualquier guerra. El vencedor ha impuesto un nuevo sistema por negación de toda realidad que trascienda al cuerpo, tal como éste pueda ser tratado con sus recursos médicos : Huérfanos y vencidos, tratan – y quizá tratamos, de convencernos de que aquello que nos duele no existe.

Esta situación no queda sin efectos: desde el ascenso imparable en la búsqueda de todo tipo de remedios alternativos en las sociedades ricas, la vuelta a la magia y los mitos religiosos, o la sincera búsqueda de complementación en las distintas áreas de la medicina. Una de estas áreas tiene que ver con la recuperación de los enfermos que han pasado por un quirófano tras un accidente o una lesión grave y son puestos en manos de rehabilitadores: la fisioterapia ha sufrido una verdadera revolución, pero justamente en el sentido contrario (o complementario) al llevado adelante por la medicina científica ; contra una visión meramente mecánica de la motricidad humana buscando, aún desde el cuerpo, una visión unitaria.

Es esta revolución la que voy a tratar de utilizar como referente a continuación, porque creo que puede servirnos para ejemplificar los avances, las aportaciones, y también las contradicciones de cualquier acercamiento a lo corporal desde su pathos.

III.2. El movimiento posturalista o la nueva fisioterapia: Un cambio de modelo

No es difícil de entender el movimiento de los posturalistas como una reacción a la rigidez de la fisioterapia practicada entre los siglos XIX y principios del XX en centroeuropa. Podemos incluirlo, como un elemento quizá menor, al conjunto de movimientos de reacción a las consecuencias de la industrialización: desde los distintos movimientos reformistas burgueses de finales del s. XIX hasta los utopistas sociales y los revolucionarios. Desde distintas posiciones, algunos intelectuales encontraron en el nudismo y la danza, el vegetarianismo y la gimnasia, así como en diversas reformas relativas al modo de vestir y a la vida sexual y matrimonial, respuestas provisionalmente válidas al malestar de los nuevos tiempos. A partir de 1920 el movimiento nudista surgido años antes, se organiza en numerosas asociaciones de diferente cariz ideológico que publica revistas con títulos como País de luz o La nueva era . Los desnudos fotográficos de esta época son una reivindicación de una naturalidad que ya se viene reivindicando en Occidente, siempre como contrapunto a las servidumbres de la modernización. Los desastres de las guerras mundiales y sus holocaustos terminaron por dejar estos aires en el pasado, pero basta recordar las fechas de aparición de los nuevos enfoques fisioterapéuticos más significativos para ubicarlos en esta etapa:

– A.Still, un médico norteamericano que en 1874 descubre la osteopatía “La salud implica un ajuste estructural perfecto que incluye los músculos, los huesos, los ligamentos, los vasos sanguíneos, los nervios, etc. basada en la actividad del sistema nervioso”.

– Matthias Alexander, creador del método que lleva su nombre, un joven actor de origen tasmanio que en 1888 ve peligrar su carrera por una ronquera crónica. Su método interviene en particular, con una sensibilidad excepciona,l en la adecuada colocación de la cabeza y la flexibilidad craneosacra.

– Gerda Alexander, nacida en 1905 en Wuppertal, Alemania, define su eutonía, en 1957, como una propuesta para “alcanzar en nosotros la autoconciencia de nuestra propia realidad corporal y espiritual”.

– Françoise Mézièrs, fisioterapeuta francesa que comienza a publicar en 1948, creando su método “dirigido esencialmente a las afecciones crónicas del aparato locomotor cuyos pronósticos son particularmente desfavorables. Su fundamento: la puesta en evidencia del acortamiento de la musculatura posterior debido a una actividad tónica permanente, localizada sobre todo en dicha musculatura, deformándose al tomar el lugar de la musculatura profunda.

– Godelieve Struyf, osteópata belga que desarrolla, como muchos otros, desde la base del método Mézièrs, el suyo propio, con la definición de 5 familias de cadenas musculares.

– Ida Rolf, médico creadora del rolfing , que con 10 sesiones de un tratamiento quasi- quirúrgico “cambia un cuerpo normalmente desorganizado en un sistema equilibrado, capaz de operar en el campo de la gravedad.

– Moshe Feldenkrais, judío de origen ruso y afincado en Europa tras pasar por Palestina, desarrolla su sistema tras una larga experiencia deportiva que le conduce a tener que afrontar una grave lesión de rodilla de mal pronóstico. Publica su método de integración funcional en 1960.

Todos estos y otros pioneros, que tras una profunda investigación, han creado distintos sistemas, se han popularizado, apoyadas a veces por episodios históricos con los que poco tenían que ver en su origen, como el movimiento contracultural americano de los años 60-70. Lo mismo que podemos decir de la divulgación de muchas de las técnicas orientales, como el yoga o el taichi que, al coincidir en el tiempo, y en el tipo de necesidad a la que respondían, han tratado de traducir con frecuencia sus conceptos en los términos de la nueva fisioterapia.

Estos sistemas comienzan diferenciándose de los gimnásticos y fisioterapéuticos tradicionales:

“Existe una oposición entre la corriente del activismo gimnástico, cuyo objetivo es la apariencia, gracias a una musculación intensiva, y los métodos posturales, que buscan el desarrollo del ser humano a través del despertar de su sensibilidad profunda”.

“Este método de reajuste ( Feldenkrais) no tiene, por así decirlo, nada que ver con la gimnasia que busca, ante todo, flexibilizar y fortificar los músculos, además de incrementar su velocidad de reacción mediante movimientos repetidos…” .

“Por oposición a la gimnasia tradicional repetitiva y mecánica, el método Feldenkrais se dirige más al sistema nervioso que a los músculos”.

“ Un movimiento deliberado se realiza correctamente cuando el control voluntario y la reacción automática del cuerpo respecto a la gravedad no se enfrentan sino todo lo contrario, actúan conjuntamente y cooperan para la ejecución de un acto, de manera que parezca que está dirigido por un centro único”.

Sabiendo de qué se distancian, podemos añadir que uno de los elementos comunes de este movimiento es el reconocimiento de la anomalía de la postura erguida del ser humano. Más o menos indirectamente, observar la excepcionalidad de nuestra postura nos coloca ya en una visión evolutiva cuando nos comparamos con los cuadrúpedos. Podemos resumir la constatación de este fenómeno y su importancia en algunas breves referencias:

“La mayoría de los problemas de salud que sufre actualmente la humanidad se derivan directamente de su adaptación inadecuada a la posición erecta.

“La posición cuadrúpeda representa la verdadera posición fisiológica de la cadera”.

“El paso de la posición cuadrúpeda a la bípeda no tiene por qué ser para el hombre una deficiencia mecánica, siempre y cuando respete la anteversión de la pelvis para situarse en la vertical…”.

“La verticalización del ser humano es la condición sine que non para el despertar de la conciencia. La posición cuadrúpeda favorece la propulsión del animal. Implica, no obstante consagrar la mayoría de su fuerza al desarrollo impuesto de su musculatura… el ser humano, erguido en la verticalidad, economiza sus esfuerzos y dispone de su energía para el desarrollo de las facultades mentales.

Tras una crítica radical del mecanicismo gimnástico y el reconocimiento de la postura erguida como la específicamente humana, este movimiento aporta una visión integradora y dinámica de la postura que debiera resultar definitiva:

“Nuestra educación gimnástica ¡ha priorizado la musculatura periférica! Ahora bien, la vocación de estos músculos [que se utilizan para los movimientos y los desplazamientos] es estrictamente fásica (trabajan en fase, sincrónicamente, diversas unidades motrices durante la contracción muscular)…“ La contracción tónica se opone, por sus características, a la contracción fásica. Es una tensión permanente del músculo que sólo necesita un mínimo de gasto energético, lo cual supone una fatiga insignificante” .

“Cuando la musculatura superficial trabaja constantemente, se acorta, impidiendo así el funcionamiento normal de la musculatura profunda. Juega este papel en su lugar y pierde su propia función de extensor del cuerpo. Se convierte en un freno para el estiramiento del movimiento antagonista”.

Unos sistemas que consideran la unidad funcional del cuerpo en movimiento habrán de recurrir pronto, en sus propuestas prácticas, al concepto central que haga posible su realización: el ritmo:

“El ritmo es un factor principal y esencial… La esencia de nuestra trayectoria es mejorar el esquema corporal mediante el despertar de la sensibilidad propioceptiva y la percepción rítmica…

“ Buscando la economía del movimiento, nos damos cuenta de que el movimiento correcto es siempre continuo, de que los impulsos energéticos van seguidos o precedidos de movimientos de músculos relajados”.

III.3. “Nada más que cuerpo”: La conciencia corporal y el peligro reduccionista

Una vez reconocidas las innegables aportaciones de estos diferentes enfoques, enriquecidas continuamente por la intuición y la creatividad de cada uno de sus creadores y practicantes, debemos considerar también sus limitaciones. No en cuanto a su capacidad para lograr los fines que se proponen (fisioterapéuticos e, incluso psicoterapéuticos), sino en cuanto a la formulación que hacen con frecuencia del nivel en el que se desarrolla su intervención, la cuestión con la que vamos a ligar con el conjunto de nuestro ensayo: el ámbito de lo corporal y sus implicaciones .

Debemos comenzar cuestionando un término que utilizamos con frecuencia: la conciencia corporal. ¿No se trata de una contradicción en sí misma? La propia naturaleza de lo corporal es inconsciente y, gracias a que lo es, se ha desarrollado en nosotros lo que sea que podamos calificar como conciencia . Todos los mecanismos de regulación corporales, desde la postura al conjunto de las funciones orgánicas, están dirigidas por el sistema nervioso autónomo, aquél que queda por completo fuera del alcance del control voluntario. Basta escuchar a alguien que, tras alguna lesión o enfermedad neurológica, ha tenido que recuperar una pequeña parte de la actividad o funcionalidad corporal (volver a recuperar un miembro, la fonación, etc.), para comprender lo insoportable y paralizante que resultaría tener que hacernos cargo de cualquiera de las funciones autónomas. Cualquier cosa que identificamos como humano se vería alterada hasta puntos difícilmente imaginables.

Sin embargo, es evidente la necesidad de enfocar nuestra atención a las sensaciones corporales para hacernos cargo del grado de alienación a la que podemos haberlo sometido. Observar el cuerpo y sus sensaciones es una consigna permanente de todo enfoque corporal no mecanicista:

“El esquema corporal es solicitado al mejorar la representación mental que el individuo tiene de sí mismo. Es por esta razón por lo que es recomendable visualizar los diferentes esquemas de la columna vertebral y de la pelvis, para facilitar la comprensión de los fenómenos de deformación del cuerpo”.

“Vivir en el propio cuerpo”significa poder conducir la conciencia a través de todas las fibras del organismo para utilizarlo armónicamente en sus relaciones con los demás y el mundo que nos rodea”.

En esta citas –son sólo un botón de muestra entre miles, vemos no sólo una llamada a la observación, sino un nivel de exigencia que implica un alto grado de concentración y un entrenamiento muy exigente en este sentido. Para empezar, tenemos que reconocer que esa no es una capacidad que se da espontáneamente, sino que necesita de un trabajo, de un adiestramiento. En segundo lugar –y esto es lo fundamental, se trata de un adiestramiento de la atención o la concentración mental cuyo objeto es el cuerpo, no de un estricto trabajo corporal . Tal adiestramiento está en la base de las disciplinas orientales cuyo objeto está puesto, sin género de confusión, no en el cuerpo, sino en el alma : las variadas formas de meditación budista o el hatha yoga son dos conocidos ejemplos. En estas tradiciones (quizá porque son fruto de siglos y milenios de pausada destilación), no cabe fijarse en el cuerpo como fin de la disciplina, sino como primer y fundamental paso y soporte de un trabajo dirigido directamente a la conciencia.

Cuando los posturalistas se enfrentan a esta cuestión (y cualquiera como ellos que vaya más allá de un tratamiento mecánico del cuerpo a través de una disciplina corporal), tienen que encarar algunas cuestiones no precisamente relativas a la anatomía y la fisiología:

“El eutonista propone al alumno percibir, sentir, a través de observaciones “objetivas” respecto a la longitud, la anchura, el volumen, el peso y la posición en el espacio de cada uno de los segmentos, evitando nombrar o describir las sensaciones. La eutonía evita cualquier forma de sugestión o de autosugestión”.

Otro podría defender (o realizar, sin percatarse de ello) la indicación opuesta: muchas de las instrucciones que se dan en sesiones de trabajo corporal son claramente sugestivas . Pero lo fundamental no es tratar de resolver una cuestión de orden metodológico, sino seguir con el problema de la categoría, el nivel en el que situamos nuestra intervención y sus implicaciones. Y si nos quedamos en la conciencia corporal sin reconocer su naturaleza paradójica, o bien caemos en un reduccionismo que puede terminar por negar toda otra realidad más allá de la física-material o, sin pretender llegar tan lejos, otorgaremos al cuerpo una naturaleza y una capacidad de influencia y transformación que no le corresponden. De cualquier manera, lo más normal es que entremos en modelos de relación con el cuerpo que no serán sino el reflejo de la medida de nuestra propia madurez personal; y esto vale tanto para quien dirige un trabajo corporal como para el que lo practica. Otra cosa es diferenciar el modelo sobre el que está diseñado cada sistema de trabajo, lo que indudablemente, condicionará su alcance. Como ya he indicado, el indicador más evidente de una relación patológica con el cuerpo tiene que ver con la instrumentalización (así no hacemos más que reproducir la alineación de lo corporal que caracteriza a la fase egóico-mental que hemos considerado al principio), por la propia naturaleza física del cuerpo:

“La holgura corporal está relacionada con un sentimiento de conocimiento y de dominio de sí mismo… Mejorar la sensibilidad general se traduce siempre en un ¡incremento de la eficacia! ”, [cuando antes en una caricaturización muy realista de la moderna condición humana se había dicho:] “El cuerpo del hombre, forjado en un espíritu de dominación, debía erigirse por sus propias fuerzas en una caricatura de gallo alzado sobre sus espolones”

Nuestro método (Feldenkrais) consiste, por el contrario, en ampliar y afinar el control general que tenemos sobre nuestros músculos

La palabra control, un control mucho más sutil y sofisticado que el de los antiguos enfoques gimnásticos, aparece delatando la limitación del enfoque, lo mismo que la rebeldía frente a tales pretensiones:

“¿Qué creéis que podéis sentir? Acortados como estáis en vuestra musculatura posterior, lo que creéis sentir no es más que la ilusión de una sensación. Estirad primero vuestros músculos posteriores y entonces ¡podéis empezar a sentir!”.

Trato de mostrar el carácter paradójico de este tema que deberá estar presto a una atención y discusión permanentes, por la misma naturaleza y las limitaciones del nivel del cuerpo , donde estas contradicciones son, en sí mismas, irresolubles . Ningún sistema de trabajo corporal estará pues a salvo de esta tendencia al control ya que, antes de entender la verdadera naturaleza de lo corporal, tenderemos a confundir la observación consciente con el control y caeremos en una instrumentalización, aun inconsciente y bienintencionada, deslizándonos hacia un reduccionismo corporal. Y el objeto de un trabajo corporal bien planteado será, entre otros, el del reconocimiento y la integración de lo corporal .Eso sí, el narcisismo puede llevarnos a alardear de este reduccionismo como la única verdad:

“Invitada por Fritz Perls a Esalen, al sur de San Francisco, el interés por su método se está desarrollando cada vez más en el entorno californiano, especialmente propicio. Ida Rolf afirmaba categóricamente: “La psicología no existe. ¡Sólo cuenta la fisiología! La estructura es la que determina la función y el comportamiento que, a su vez, determina la personalidad”.

Lógicamente, hay quien no va tan lejos, ni suscribe esta opinión, y trata de, a través del cuerpo, llegar a la psique:

“…sobre la posición relativa de los segmentos óseos entre sí y sobre la posición de la cabeza respecto a la vertical; otras percepciones reflejan las tensiones presentes en los músculos esqueléticos y los órganos de la vida vegetativa; los captadores nociceptivos (los que nos hacen percibir el dolor), mediante una señal de dolor, informan sobre los daños; lo vivido de las emociones se apoya en el conjunto de estas informaciones cinestésicas propioceptivas internas”.

“Nuestro cuerpo es nosotros mismos. Es nuestra única realidad tangible . No se opone a nuestra inteligencia, a nuestros sentimientos, a nuestra alma. Los incluye y los arbitra . Así, tomar conciencia del propio cuerpo es darse acceso al propio ser al completo… puesto que cuerpo y alma, psiquismo y físico, e incluso fuerza y debilidad, no representan la dualidad del ser sino su unidad…” .

Nos topamos aquí con la formulación de este reduccionismo en una forma sutil: en lugar de considerar el cuerpo como el fundamento biológico, el suelo en el que se apoya todo nuestro ser (en ese sentido somos cuerpo, no tenemos cuerpo), y desde el que es conveniente anclar el desarrollo de la conciencia (fundamentalmente por su grado de alineación, no por su propia naturaleza), se afirma que el cuerpo incluye y arbitra todo nuestro ser , cuando realmente es el ser el que incluye cuerpo y mente, y es la conciencia del ser (no la conciencia corporal ) la que los arbitra. Voy a incluir una última entre las numerosas citas de este apartado para matizar algo más esta cuestión:

“…Los maestros de la postura están animados por la misma convicción: la estructura gobierna la función. A través de la educación corporal puede influirse sobre el funcionamiento cerebral y, por la misma razón, sobre el psiquismo”.

Éste podría ser un buen resumen de la convicción, no sólo de muchos maestros de la postura, sino de la mayoría de los que, desde un trabajo corporal, pretenden un abordaje sistémico u holístico explícitos: un intento de no reducirse al cuerpo, tanto desde aportaciones occidentales recientes, como desde adaptaciones a occidente de muchos sistemas orientales que, en su origen, han soslayado claramente este problema.

Insisto en que la paradoja en la que nos coloca el descubrimiento de la complejidad de los sistemas musculares/posturales, que regulan nuestra postura y motricidad, reside en que la conciencia de los mismos puede llevar a otorgarles una atención que no les corresponde: no debemos olvidar que el hecho de que sean mecanismos autónomos e inconscientes ha permitido liberarnos de un control que resultaría tan insoportable como imposible. Las contradicciones con las que topamos constantemente en este terreno, no tienen fácil resolución desde el ámbito de lo corporal, sino desde donde realmente surgen: los mecanismos psíquicos de compensación y defensa. Aunque, obviamente, un observador entrenado puede leer el reflejo de tales mecanismos en el cuerpo, de ello no se podrá deducir que sean de naturaleza corporal .

No clarificar este punto nos lleva a un camino sin salida o a una dinámica de dominio: el peligro anunciado en toda vía de autoconocimiento tradicional, más allá de la etapa mágica , donde se nos recuerda constantemente que la medida de la realización es la compasión, nunca el poder. Por el contrario, encubierto con frecuencia como autoconocimiento o conciencia corporal , estamos caminando por una vía de poder, cuando no realizamos un intento de regresión, entendible desde la patología, pero disfrazado ideológicamente como progreso o integración . Pero aún debemos tratar de despejar más el terreno antes de entrar en estos asuntos.

III.4. La PSICOLOGIZACIÓN, OTRA FORMA DE REDUCCIONISMO

En términos generales, cuando alguien que trabaja una disciplina corporal, se preocupa de algo más que su funcionamiento biológico (lo que la actual biociencia médica considera anatomía y fisiología), introduce una visión que asocia al cuerpo la impresión de una memoria emocional: en nuestra estructura corporal está grabado nuestro carácter, nuestros patrones de respuesta adquiridos inconscientemente, etc. A continuación, tiende a buscar una relación directa entre cada postura, gesto o cualidad corporal y determinados modelos de conducta o carácter. Esto suele venir anticipado o sustentado por un discurso que pretende haber superado la dualidad cuerpo-mente: “No hay dualismos de mente y cuerpo, energía y materia o energía y cuerpo, sino una estructura unificada de la que proceden los sentimientos, la excitación y la actitud psicológica. La expresión individual resulta de las respuestas emocionales del cuerpo ”. Esta frase puede servir de ejemplo de la falta de precisión y rigor con la que se desarrollan los intentos de hacer del cuerpo “algo más” que mero cuerpo . Es como si las encarnizadas luchas de los últimos siglos entre las derrotadas visiones tradicionales y la vencedora “medicina científica” se desvanecieran en este nuevo discurso en el que no parece haber conflicto entre las visiones tradicionales y las modernas técnicas biomédicas, el trabajo de los que sólo se encargan del cuerpo como un mecanismo (eso sí, muy complejo), y los que descubren o recuperan la unidad cuerpo-mente al calor de los enfoques antiguos o tradicionales.

Mi impresión es que el acontecer de las guerras europeas de la primera mitad del siglo XX, con sus efectos de devastación y exilio, tuvieron, entre muchos otros, un efecto de olvido de los profundos debates, y sus consiguientes avances, que se desarrollaron en este terreno en los primeros decenios del siglo. Después, de las ruinas de la posguerra y en un Occidente que desplazó su centro de gravedad de Europa a los USA, se produjo un aparente resurgir, una vuelta a los clásicos (los famosos 60). Pero, por desgracia, se trató de una vuelta que, en la mayoría de los casos, no era más que el permiso que nos otorgábamos para valernos de sus despojos y justificar la superficialidad de nuestros planteamientos. En el fondo, se trataba de aceptar, sin apenas conciencia de ello, la honrosa rendición que la intratable y tiránica imposición del modelo biomédico mecanicista ofrecía a los que quisieran moverse en el territorio en el que ya se había proclamado como amo indiscutible: todo lo referente al cuerpo y a su salud.

A lo largo del siglo XIX, y antes de la aportación de Freud, “el inconsciente se asimilaba al oscuro rumor de las funciones viscerales, de donde habían de emerger, de manera intermitente, los actos de la conciencia”. Tengo la impresión de que, más que avanzar desde las aportaciones de los verdaderos creadores de la nueva medicina psicosomática (los psicoanalistas y sus continuadores), la gran mayoría de los enfoques cuerpo-mente que proliferaron desde los 60 americanos y que están incorporados ya al modo de vida de las clases medias de todo el mundo, incluidas las técnicas orientales, no han hecho sino regresar a esta antigua asimilación.

Aquí hay que situar al conjunto de las llamadas terapias corporales , que han proliferado en los últimos decenios del siglo XX, y que ponen un gran énfasis en las implicaciones psicológicas de los análisis corporales (posturales, funcionales, etc.) de los individuos que se someten a tratamientos fisioterapéuticos o médicos. Estos fisioterapeutas no se limitan a considerar las disfunciones corporales tratando de corregirlas con sus técnicas, sino que tratan de incorporar observaciones referidas a las actitudes que encierran las distintas patologías y sus génesis. En este terreno, tenemos infinidad de modelos de mayor o menor divulgación, que van desde una nueva lectura de la enfermedad orgánica, hasta los que pretenden una amalgama de todos los sistemas conocidos (desde los chakras del yoga hindú hasta las aportaciones de los posturalistas, desde lecturas que recuerdan la antigua frenología europea hasta alguna ideas de energética tradicional china.

Desde otra aproximación, la psicoterapéutica, se llega, tras el reconocimiento de las aportaciones de los clásicos, pero dándolas por limitadas y superadas, a proponer ejercicios corporales que uno puede realizar en su propia casa para liberarse de tensión y potenciar la expresión y el desarrollo emocional.

Me parece importante hacer notar ahora que no estoy tratando de descalificar las posibles aportaciones y, menos aún, la aplicación práctica de cualquier acercamiento que pretenda ir más allá de los estrechos límites a los que trata de someternos el modelo tecno-médico. Estoy convencido de que, moviéndonos a tientas como lo hacemos en la oscuridad a la que nos ha condenado tal modelo, no sólo es legítimo sino inevitable buscar, tantear y probar, aun en el mercadillo que permite la tiranía médica oficial. Pero este reconocimiento no debe impedir una reflexión más profunda entre los que nos dedicamos a ofertar distintos recursos alternativos de salud (y todo trabajo corporal , aunque no se presente como estrictamente terapéutico, actualmente, lo es). Criterios sensatos y honradez son exigibles, ante todo, a los que los ofrecemos. Y, observando los acontecimientos de este breve pero crucial lapso temporal de cien años, llego a la conclusión de que, más que una evolución en la comprensión de la unidad cuerpo-mente, se ha producido una regresión a los modelos pre-freudianos y que, si queremos dar pasos adelante, deberíamos recuperar el debate y las aportaciones de fondo que se produjeron hace un siglo en lugar de evitarlas por “superadas”. Y, ya en un estricto nivel práctico, atender a este segundo tipo de reduccionismo tan habitual en los enfoques corporales y que surge del anterior: la psicologización.

Los psiquiatras centroerupeos que acompañaban a Freud en sus investigaciones, se consideraban a sí mismos como científicos que buscaban una base fisiológica para sus descubrimientos e intuiciones pero, a la vez, eran vistos por sus colegas dominantes en las universidades y corporaciones médicas como continuadores de las concepciones tradicionales (y de hecho, así lo eran, al menos en cuanto que no negaban los componentes psíquicos o psicosomáticos de las sintomatologías de sus pacientes). Un siglo después, corren la misma suerte, y su visión es tachada de pre-científica y, por lo tanto inadmisible, como “una forma sublimada de espiritualismo laico que afirma la primacía del espíritu sobre la materia”. Insisto en que merece la pena rememorar algunos datos del debate que emergió en el mismo seno de la investigación psicoanalítica a la búsqueda de criterios coherentes. Wilhelm Reich recuerda así este debate en su etapa americana:

“Había una grave contradicción en la teoría psicoanalítica. Freud postulaba para su psicología del inconsciente una base fisiológica que había aún que descubrir. Su teoría de los instintos sólo representaba un comienzo. Era necesario establecer conexiones con la patología médica establecida. En la literatura psicoanalítica se advertía cada vez más la tendencia que diez años más tarde critiqué como la “psicologización de lo somático”. Culminó en interpretaciones psicologicistas anticientíficas de los procesos corporales, fundamentadas en la teoría del inconsciente. Por ejemplo, si una mujer dejaba de menstruar sin estar embarazada, se decía que ello expresaba aversión por su marido o su hijo. De acuerdo con ese concepto, prácticamente todas las enfermedades físicas se debían a deseos o temores inconscientes. Así, se contraía el cáncer “a fin de…”, se moría de tuberculosis porque uno inconscientemente desea morirse, etc. Y, cosa curiosa, la experiencia psicoanalítica proporcionaba una multitud de observaciones que parecían confirmar este punto de vista. Las observaciones eran innegables; pero las consideraciones críticas prevenían contra tales conclusiones. ¿Cómo podía un deseo inconsciente producir cáncer? Poco se conocía acerca del cáncer, y menos aún sobre la naturaleza de ese inconsciente, peculiar pero sin duda existente. El Libro del Ello de Groddeck está plagado de esos ejemplos. Era metafísica, pero aun el misticismo tiene “razón de cierta manera”. Sólo era místico en la medida que uno no podía expresar cabalmente de qué modo era verdadero, o de qué manera las cosas correctas se expresaban incorrectamente. Por cierto, ningún “deseo” en el sentido entonces corriente, podría concebirse como causa de cambios orgánicos tan notables. El “deseo” tenía que ser entendido en un plano más hondo que el proporcionado por la psicología psicoanalítica . Todo apuntaba hacia procesos biológicos profundos, de los cuales el “deseo inconsciente” no podía ser otra cosa que una expresión ”.

J. Sarobinsky nos recuerda que “la aportación original de Freud no es haber sido el primero en hablar del inconsciente, sino haber arrebatado el monopolio del mismo, por decirlo así, a la vida orgánica, y haberlo situado en el propio aparato psíquico”. Creo que esta es la cuestión fundamental (la de la autonomía relativa del psiquismo ) para distinguir cuándo se consideran realmente las aportaciones freudianas, y cuándo se regresa a las posiciones anteriores, obviando sus investigaciones y las de sus colaboradores y continuadores. Desgraciadamente, esto último es la norma tanto en la academia actual, como entre la multitud de nuevos fisio y psicoterapeutas.

“Freud desomatizó el sistema causal comúnmente aceptado por sus predecesores… Si el inconsciente se apodera de un lenguaje y es productor de palimpsestos o de jeroglíficos que ofrecerán a una actividad de desciframiento, será a costa del abandono del cuerpo donde tal actividad sólo puede ser definida en términos de fuerza, orgánica o “nerviosa”. Al dejar de tener como fuente exclusiva la vida del cuerpo, el inconsciente escapa a la competencia exclusiva de un acercamiento médico, e incumbe a la hermenéutica ”.

Volviendo atrás, Reich nos recuerda que “en aquél tiempo, no existía un concepto unitario de la interrelación funcional psicosomática ”. Si Freud continúa su investigación desde la autonomía de lo psíquico, Reich se niega a abandonar el intento de establecer relaciones estrictas entre lo psíquico y lo somático:

“…ahora bien, como sabemos, los efectos de una experiencia psíquica no están determinados por su contenido, sino por la cantidad de energía vegetativa movilizada por la experiencia y luego inmovilizada por la represión […] Cada proceso psíquico tiene, además de su determinación causal, un significado en función de una relación con el entorno. A eso correspondía la interpretación psicoanalítica. Pero en el dominio fisiológico no hay tal “significado”, y no puede presumirse su existencia sin volver a introducir un poder sobrenatural. Lo viviente simplemente funciona, no tiene “significado”… Decir que el soma influye sobre la psique es correcto aunque unilateral; y, a la inversa, que la psique influye sobre el soma, es una observación cotidiana. Pero es inadmisible ampliar el concepto de la psique al punto de aplicar sus leyes al soma… La psique está determinada por la cualidad , el soma por la cantidad . En la psique, el factor determinante es la clase de idea o deseo; en el soma, en cambio, es la cantidad de energía en acción . Así, psique y soma eran distintos. Pero el estudio del orgasmo demostraba que la cualidad de una actitud psíquica dependía de la cantidad de excitación somática subyacente … Existe una unidad funcional ” .

Reich no se detiene en estas afirmaciones, sino que trata de explicar las cualidades de tal unidad funcional :

“… las leyes biológicas pueden aplicarse al dominio psíquico; pero lo inverso no es cierto […]

a. La excitación psíquica es idéntica a la excitación somática ..

b. La fijación de una excitación psíquica ocurre como resultado del establecimiento de un estado vegetativo de inervación definitivo.

c. La alteración del estado vegetativo altera el funcionamiento del órgano.

d. El “significado psíquico del síntoma orgánico” no es otra cosa que la actitud somática en la cual se expresa el “significado psíquico”.

e. El estado vegetativo establecido actúa a su vez sobre el estado psíquico.

[…]¿Cómo puede suceder que un organismo que, después de todo, forma un todo unitario, pueda “desmembrarse” en lo que a su percepción se refiere?.. ¿Cómo es posible que las partes del organismo puedan funcionar por sí solas, como si estuvieran separadas de él? Las explicaciones psicológicas no nos conducirán a nada aquí, pues la psique depende completamente, en su función emocional, de las funciones de expansión y contracción del aparato vegetativo vital . Este aparato es un sistema no homogéneo. […] No hay duda de que el criterio básico de la salud psíquica y vegetativa es la capacidad del organismo de actuar y reaccionar como una unidad y como un todo, en términos de las funciones biológicas de tensión y carga . A la inversa, debemos considerar patológica la no participación de órganos individuales o de grupos de órganos en la unidad y la totalidad de la función vegetativa de tensión y carga, si ella es crónica y si representa una perturbación duradera del funcionamiento total del organismo”.

Me parece suficiente leer con detenimiento esta secuencia de citas para entender la trascendencia de este debate y la importancia de las consecuencias que se derivan del mismo. Reich se rebela contra el “abandono del cuerpo” por parte del psicoanálisis. Se consideraba un materialista científico y el cuerpo era para él una garantía frente a los peligros de mistificación (“ misticismo ” y “ metafísica ”, en sus palabras) psicologicista a los que podía conducir la autonomía del aparato psíquico, proclamada por Freud. Pero en sus palabras hay una confusión de categorías que, tras el desarrollo de la Teoría Dinámica de los Sistemas en la segunda mitad del siglo XX, deberían quedar clarificadas. Esta teoría ha estudiado las pautas de organización de la existencia tanto en los niveles de lo físico, como en lo biológico y lo psíquico, los patrones que conectan todos los niveles de manifestación o hábitos universales relativamente estables . Ken Wilber, tras explicar el concepto de holón (totalidades/partes constituyentes de todo lo manifiesto) y su utilidad (“…el examen de lo que los holones tienen en común nos libera del vano intento de encontrar procesos o entidades comunes en cada nivel y en cada dominio de la existencia, porque ese análisis nunca dará resultado: siempre lleva al reduccionismo y no a una verdadera síntesis ”), va enumerando una serie de principios en los que existe un acuerdo desde esta Teoría General (veinte principios, según su síntesis). Voy a enumerar los cuatro que creo conciernen más directamente a nuestra discusión:


REFERENCIAS bIBLIOGRÁFICAS

– BORGES, Jorge Luis . El libro de los seres imaginarios 1967 (Emecé Ed. 1978).

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