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La tortuga y los gansos

Extraído del libro «Cuentos buddhistas» (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


–Ven con nosotros, amiga Tortuga –dijeron un día dos gansos salvajes1 a una vieja tortuga que vivía en una charca del Himalaya–; tenemos una bonita vivienda en una cueva de oro de la montaña Cittakutta2.

–No tengo alas –contestó la tortuga–, ¿cómo podría llegar a vuestra casa?

¿Puedes mantener la boca cerrada? –preguntaron los gansos.

–Desde luego que sí –contestó.

–Sostén este palo, pues, ente los dientes –dijeron los gansos– y nosotros tomaremos cada uno de los extremos con nuestros picos y te llevaremos por el aire.

Y se fueron volando por encima de las cumbres de las montañas, con el mundo entero extendndose bajo ellos. Después de algún tiempo, volaron sobre los tejados de Benarés.

–“¡Qué extraño! –exclamaron riendo unos niños que los veían pasar–: unos gansos llevan por el aire a una tortuga”.

Doña Tortuga, oyendo estas palabras, se puso muy agitada y un pequeñito fuego de ira empezó a arden en su corazoncito.

“¿Qué es importa si me llevan por el aire?”, gritó. Naturalmente, no pudo hablar sin abrir la boca; sus dientes dejaron de agarrar el palo y la pobre Doña Tortuga cayó, yendo a parar al patio del palacio del rey. En un instante, toda la corte se movilizó. Ministros, nobles y guardias reales se asomaron por todas las ventanas, por todas las puertas. La nueva fue llevada al rey, quien se levantó de su trono y fue hasta el patio con su consejero, un prudente hombre de la Corte.

“¿Pobre tortuga!, exclamó el rey, ¿cuál es la causa de que cayera en este patio y se rompiera se bello caparazón verde? Dime –dijo a su consejero–, ¿de dónde ha caído y por qué?”

Ahora bien, se daba la circunstancia de que el rey tenía la costumbre de hablar mucho. Era bondadoso y de buen corazón, pero en si presencia era difícil que alguien consiguiera decir una sola palabra. Así, el consejero, que conocía la razón de la caída de la tortuga, pensó: “Aquí tengo la ocasión de darle una lección a nuestro hablador rey”.

“Señor, dijo, unas aves llevaban a la tortuga por el aire sosteniendo un palo con sus picos, al cual ella se agarraba con sus dientes. La tortuga oyó a los niños de la ciudad que se reían de ella. Esto, sin duda, la irritó y no pudo contenerse de replicarles, con lo cual se desasió del palo y cayó. Esta es la suerte que les está reservada a los que no pueden refrenar su lengua”

Estas palabras penetraron en el corazón del rey; sabía que la lección iba dirigida a él, y desde aquel día, sus palabras fueron pocas y prudentes: hablaba solo cuando era el momento de hablar, y vivió feliz por siempre jamás.


1 La palabra sánscrita “hansa”, emparentada con las que, de raíz celta y latina respectivamente, han dado en castellano las palabras “ganso” y “ánsar”, designa en general un ave acuática, y en cuanto ave de paso. Pero este nombre aparece ya en el Rig-Veda designando a una ave mítica, vehículo de los Asvins (Asvini-devata), jinetes divinos precursor de la aurora (V. infra cuento 19), y en el hinduismo ha servido para designar el Sí (Atma), estableciendo una relación con la expresión “ahan sa”; “yo soy eso”.

En el buddhismo simbolizan la propagación de la Doctrina a todos los reinos, cosmológicamente hablando.

2En sánscrito Citra-kúta, nombre del pico en el que establecieron su morada los exiliados Rama, Lakshmana y Sita, y lugar sagrado por excelencia de los adoradores de Rama.




El Sutra de la Gran Compasión – Kannon Gyo

Comentarios del Maestro

Taisen Deshimaru

 


 

El Kannon Gyo, El Sutra de la Gran Compasión, es el sutra buddhista más popular y conocido de cuantos se conservan: desde Japón a la India, pasando por China. El Kannon Gyo es complementario con el Hannya Shingyo, El Sutra de la Gran Sabiduría. El uno incluye al otro. El Hannya Shingyo habla de la Gran Sabiduría, el aspecto más profundo e íntimo de la experiencia del Buddha. En él todo gira alrededor de la noción de vacuidad (jp.,ku). El Kannon Gyo da por sobreentendido el Hannya Shingyo y, a partir de él, pasa a exponer el Amor Universal y la Compasión Ilimitada que une al Buddha con los seres sensibles y dispone todos los medios hábiles posibles al servicio de su Liberación. Podría decirse que el Hannya Shingyo representa el aspecto femenino-masculino (interna y externamente, respectivamente) del Dharma buddhista, y está personificado por el bodhisattva mahasattva Manjushri (jp., Monju), encarnación de la sabiduría trascendental de todos los budas. Por su parte, el Kannon Gyo represanta el aspecto masculino-femenino (también interna y externamente, respectivamente) de la enseñanza del Buddha, y está personificado por el bodhisattva mahasattva Avalokiteshvara (jp., Kannon), encarnación del amor y la misericordia de todos los budas. Sabiduría y Medios Hábiles, Vacuidad y Compasión, Unidad en la Diversidad, Igualdad en Diferencia constituyen el binomio fundamental de la práctica buddhista, las dos alas con las que se eleva al cielo y toma tierra el bodhisattva, aquel ser que se compromete con la aspiración altruista de ayudar a todos los seres a despertar.

La presente edición del Kannon Gyo constituye la versión comentada del Maestro Zen Taisen Dehimaru de este texto capital del buddhismo mahayana, y ha sido traducida por su discípulo, el Maestro Zen Dokushô Villalba, cumpliendo así uno de sus más fervientes votos, a partir de las notas manuscritas tomadas por él mismo , además de las recopiladas por Taiten Fausto Guareschi, actual superior del Templo Shobozan Fudenji, en Italia; las de Astrid Collman, una de las más antiguas discípulas del maestro Deshimaru en el dojo de Berlín; y las de Evelyne de Smèdt y Katia Robel, transcriptoras infatigables de las enseñanzas de Deshimaru roshi, ambas del dojo de París. Una vez todo el material estuvo a punto, el Maestro Dokushô emprendió un retiro en solitario con el fin de sumergirse en zazen, concentrarse en el estudio de este sutra y realizar la redacción definitiva de la versión comentada del mismo por su maestro. La obra, tal y como se presenta en este libro, tomó felizmente cuerpo a mediados de los años 80, y después de varios años de vicisitudes en busca de un editor, Miraguano Ediciones se interesó por la publicación de una colección sobre textos de la tradición zen, dentro de la cual esta edición del Kannon Gyo en lengua castellana tuvo la oportunidad de ver la luz en el año 1987.

A pesar de la relativa antigüedad de esta edición (no nos encontramos ni mucho menos ante una novedad editorial), y al igual que ocurre con todas las escrituras clásicas de las diferentes tradiciones de sabiduría de la humanidad, el Kannon Gyo sigue conservando toda su vigencia y actualidad intemporal, y su mensaje universal continúa siendo igual de edificante que lo ha sido en todas las épocas. En cada una de las páginas de esta cuidada versión se haya depositada también una buena parte del corazón del traductor, volcado durante años en la redacción y ordenamiento de las notas manuscritas, en el desciframiento de los pasajes difíciles y en su presentación con un lenguaje claro y ampliamente comprensible. Ésta es la razón que nos ha animado a reseñar aquí esta obra, la cual consideramos de lectura y relectura obligada para todos aquellos interesados en impregnar su práctica buddhista, o simplemente su corazón, de la Gran Compasión y Amor Universal. Puedan hallar en ella aliento e inspiración, y actualizar sus infinitos méritos, visibles e invisibles, en su vida diaria, en beneficio de todas las existencias. No en vano todas las tradiciones espirituales han reconocido y advocado la Compasión como el camino más ancho, la Gran Vía, a la Liberación Última.

 

Por Kepa Egiluz




La Cultura del Loto

por Donna Farhi


 

Tarde o temprano, esto puede ocurrir al más experimentado de los meditadores. Durante años, os sentáis con las piernas cruzadas sin el más mínimo problema, y luego, un buen día, en medio de un retiro, una de vuestras rodillas os empieza a doler de tal manera que quisiérais gritar. Son vuestras caderas, que no habéis flexibilizado con suficiente esmero, y son vuestras pobres rodillas que empiezan a pagarlo.

O quizá pensáis en adoptar la postura, pero sencillamente no llegáis a doblar vuestras rodillas en forma de bretzel (pastelillo alemán duro y salado en forma de ocho). De manera que os aguantáis, interesados, pero sin estar realmente decididos a someteros a la tortura.

En este caso, ¡inscribiros en el club! Sólo sois otro de los millones de occidentales que consideran que el Padmasana (postura del loto) y las otras posturas de piernas cruzadas forman parte de las posturas de yoga más difíciles de dominar. Al contrario que nuestros amigos indios, no hemos sido educados para sentarnos en el suelo, lo que hace que nuestras caderas se hayan adaptado a las sillas.

Durante toda la infancia, y sobre todo en el marco de los empleos sedentarios de los adultos, el hecho de sentarse prolongadamente en una silla ha tenido como efecto acortar los músculos y los ligamentos que deben mantenerse flexibles para el Padmasana. Peor todavía, la cadera es una poderosa articulación que comporta algunos de los ligamentos más fuertes de todo el cuerpo, para impedir que el fémur se disloque. Esta estabilidad produce una falta de movilidad. Para modificar la estructura de la cadera, hace falta ejercitarse con cuidado y regularidad durante un largo período de tiempo. Pero no os desaniméis. ¡No será por no haber conseguido el Padmasana en esta existencia por lo que no tendréis el derecho a un renacimiento feliz!

No os forcéis nunca a hacer el Padmasana ni las otras posturas de piernas cruzadas. La articulación de la rodilla es muy frágil debido a varias razones. Para empezar, la rodilla es una de las articulaciones más primitivas del cuerpo y es mucho más débil que la cadera. Si vuestras caderas son muy rígidas, podríais forzar excesivamente vuestras rodillas sin, no obstante, mejorar ni un milímetro la flexibilidad de vuestras caderas. Son las caderas, no las rodillas, las que deben ser flexibles para la postura del loto. Luego, en plena extensión, la articulación de la rodilla no puede girar. Cuando la doblamos, interviene, sin embargo, una ligera rotación que puede ser dañina para los ligamentos, los cartílagos y el menisco. La rodilla no perdona; una vez lesionada, nunca volverá a ser la misma. Por lo tanto, si sentís un fuerte dolor en la rodilla, rectificad vuestra postura o pedid ayuda a un instructor competente.

Los siguientes ejercicios os ayudarán a prepararos para el Padmasana. Los estiramientos son más eficaces cuando se realizan después de las posturas erguidas, cuando el cuerpo se ha calentado. Las personas rígidas deberían practicar por la tarde, cuando son más flexibles. Empezad por mantener cada postura durante un minuto, incrementando hasta cinco minutos cuando las posturas se vuelven más fáciles. Utilizad un reloj o un cronómetro para la precisión, ya que un minuto puede reducirse rápidamente a quince segundos en el transcurso de los estiramientos más intensos. (Nota del traductor : no siempre se tiene ni el tiempo ni la paciencia de mantener cada uno de estos ejercicios durante tánto tiempo. Asimismo, os sugiero lo que practico: inspirad y espirad cinco veces muy profundamente; esto corresponde aproximadamente a un minuto. Esto no excluye llegar a un minuto o más, pero sé que hay gente que se desanimará menos con la idea de empezar poco a poco.)

Aquellas personas que han tenido lesiones en las rodillas o en el tobillo deberían prestar atención. Si no llegáis a aliviaros ajustando vuestra postura, deberíais ser lo suficientemente sabios para pedir ayuda a un instructor experimentado. También podríais intentar realizar otras posturas sedentes, como el Virasana (Postura del héroe) o el Siddhasana (Postura del Sabio) con las nalgas elevadas sobre una manta compacta. Estas posturas son excelentes tanto para la meditación como para la práctica del pranayama.

Durante todos los estiramientos, serviros de la respiración abdominal profunda para abrir el cuerpo desde el interior. Más que «intentar» relajaros presionando los músculos durante el estiramiento, buscad vuestra respiración más profundamente, en el centro de vuestra pelvis. Con cada inspiración, sentiréis cómo se ensanchan vuestras caderas, y con cada espiración, permitiréis que vuestros músculos se deslicen un poco más sobre los huesos. (N.d.t: es una imagen, ya que desde el punto de vista anatómico, los músculos no se deslizan sobre los huesos). Trabajando así, con suavidad, el cuerpo acogerá la postura y realizará rápidos progresos hacia la perfección del Padmasana.

 

Abertura I:

Estira los ligamentos y los músculos rotatorios externos de la pierna doblada y el psoas y la ingle de la pierna estirada. (Nota del traductor: un lector me señala que lo que se estira son los rotatorios internos).

Sentados con el talón del pie derecho alineado sobre el hueso púbico. Extensión de la otra pierna detrás vuestro, con la rótula debajo. Mantened el torso elevado para aliviar el peso de la pelvis sobre el fémur. Repetid al otro costado. (N.d.t.: la misma persona me señala: «sí, pero cuidado con el centro lumbo-sacro»).

 

Abertura II:

Para intensificar el estiramiento en tijera, alejad el pie del muslo hasta que las piernas superior e inferior formen un ángulo recto. Mantened la rodilla en el suelo para estabilizar la articulación, e intentad mover la cadera izquierda hacia el suelo.

 

 

 

Supta Virasana
(postura del héroe acostado): Estira los psoas y los cuadríceps del muslo, particularmente por encima de la rodilla.

Sentados en Virasana (postura del héroe) con las rodillas alineadas con las caderas. Echar el centro de la pelvis hacia el centro de los muslos, inclinarse hacia atrás sobre los codos. Según vuestra flexibilidad, apoyad la espalda o bien en un cojín o bien en una espaldera puesta en el suelo, y los brazos por encima de la cabeza. No intentéis inclinaros si las rodillas se extienden o se alejan del suelo.

 

Estiramiento a través del agujero :

Estira los rotatorios externos.

Tumbaros sobre la espalda con las dos rodillas dobladas. Cruzad la pierna derecha de manera que la parte exterior de la pantorrilla repose sobre la pierna izquierda. Pasad el brazo derecho por el agujero dejado por la pierna derecha hacia la parte posterior del muslo izquierdo. Juntad las manos. Tirando el muslo izquierdo hacia vosotros, girad la cadera derecha hacia el exterior y alejad de vosotros la rodilla derecha para abrir la cadera.

Repetid en el otro costado.

 

Upavista Konasana II (Postura sedente en ángulo)

Estira los tendones, los aductores y la ingle, así como el costado de la cadera y la zona de las nalgas.

Sentados con las piernas bien separadas. Girad el torso hacia el muslo derecho. Estirad y torced la columna mientras os inclináis sobre la pierna estirada. Apoyaros sobre la cadera opuesta para aumentar el estiramiento del costado de esta cadera y de la nalga.

 

Baddha Konasana

(postura en ángulo ligado) [variación]:

Estira los aductores y el costado de la cadera.

Sentados en Baddha Konasana con las manos unidas alrededor de los pies. Aguantad un minuto. Luego, elevad los pies por delante con un libro o una manta doblada. Serviros de vuestros brazos para mantener la columna recta, avanzando el torso hacia los pies. Aguantad hasta cinco minutos. Luego, intentad el Baddha Konasana con los pies en el suelo. Os sorprenderéis al ver cómo las rodillas estarán más cerca del suelo.

 

Comukhasana

(Postura del rostro de la vaca):

Sentaos con las piernas estiradas rectas delante.. Elevando las nalgas replegad la rodilla derecha hacia atrás y sentaros sobre el pie derecho. Si esto os resulta demasiado difícil, doblad una manta y colocadla entre la nalga y el talón. Luego, replegad la pierna izquierda por encima de la pierna derecha de manera que las rodillas reposen una sobre la otra y que el pie izquierdo esté vuelto del revés por debajo. Colocad vuestras manos sobre el muslo y presionad firmemente las rodillas una contra la otra. Repetid, cambiando el cruzamiento de las piernas.

Mejora la elasticidad de las caderas, las piernas y los tobillos.

Supta Padangusthasana

(Estiramiento de las piernas en posición tumbada) [variación]:

Estira los rotatorios laterales y los psoas de la pierna estirada.

Tumbaros sobre la espalda con las piernas estiradas rectas. Doblad la rodilla izquierda y tomando el pie con las dos manos, echad la rodilla hacia el suelo cerca de la caja torácica. Mantened el muslo derecho en el suelo tanto como os sea posible. Cambiad.

 

Janu Sirsasana

(Postura con la cabeza en las rodillas):

Estira los rotatorios laterales, las pantorrillas y los aductores.

Sentaos en Dandasana. Doblad la rodilla izquierda y echad la pierna hacia arriba y hacia el costado. Efectuad la mayor rotación posible del muslo izquierdo. Girad el torso hacia el dedo gordo de la pierna estirada, e inclinaros hacia delante desde las caderas doblándoos hacia delante sobre la pierna derecha. Invertid.

Estiramiento del músculo sartorio

Estira los rotatorios laterales.

Sentaros con las piernas cruzadas. Luego, alejad los pies de la ingle hasta que las piernas formen ángulos rectos. Manteniendo esta posición, inclinaros hacia delante manteniendo la espalda recta hasta que sintáis que tira bien en el exterior de las caderas. Repetid invirtiendo las piernas.

Estiramiento en cuna:

Estira los rotatorios laterales y los aductores.

Sentaros en Dandasana. Doblad la rodilla izquierda y girad la pierna hacia el exterior. Colocad la planta del pie en el pliegue del codo derecho. Juntad las manos. Moved suavemente la cadera de delante hacia detrás, llevando a cabo una rotación de la cadera hacia el exterior. Para forzar la intensidad del estiramiento, seguid alejando el pie izquierdo del suelo hasta que la pierna forme un ángulo recto. Antes de repetir este ejercicio en la otra pierna, pasad a la postura siguiente.

 

Ardha Baddha Padma Paschimoi Tanasana

(Flexión sedente en medio loto)

A partir del estiramiento en cuna, colocad el tobillo sobre el muslo derecho de forma que el talón presione en el bajo vientre. Si no podéis llegar con el talón al bajo vientre, colocad el tobillo más abajo sobre el muslo. Si la rodilla no llega al suelo, apoyadla en una manta. Apoyando la rodilla de esta manera, permitís que los músculos del muslo se relajen gradualmente. Hacia el final de la postura, retirad la manta – os sorprenderéis de la facilidad con la que la rodilla llega al suelo.

Aquí, quisiera añadir algo con relación a la respiración. Cada escuela tiene su propio método de respiración, y las variaciones pueden ser más o menos fuertes de una escuela a otra. No pretendo que la que utilizo sea la mejor ni la única. Si me conviene, puede ser conveniente para otras personas. Experimentad vosotros mismos.

La respiración es lo que nos permite realizar la unidad entre el cuerpo y el espíritu. Cuando, durante la meditación, nos vemos distraídos por el flujo incesante de pensamientos dispersos, lo mejor es concentrarse en la observación del propio cuerpo. Es útil verificar si no tenemos algún músculo inutilmente contraído; puede ser la cara, o la boca. Con frecuencia, se tratará de la nuca o los hombros, o el centro lumbo-sacro. En tal caso, se buscará la distensión de dichos músculos, la inducción a un relajamiento físico de los músculos que no deben estar en activo; y a un delicado equilibrio entre tensión y relajamiento para aquéllos que realizan la postura. Entre otros, precisamente, el centro lumbo-sacro. Si la pelvis no está suficientemente proyectada hacia delante, con la espalda hundida, el vientre estará doblado, y esto dificultará la respiración. Una respiración interrumpida, equivale a una falta de oxigenación del organismo, una fatiga más rápida, un entumecimiento del cerebro y calambres en las piernas. De ahí la importancia de flexibilizar la pelvis y sus ligamentos.

En cuanto a la respiración abdominal, me parece que son muchas las personas que tienen dificultad en conseguirla. Para comprender bien de qué se trata, cuando os tumbéis para dormir o hacer la siesta, observad vuestro organismo durante unos instantes, sobre todo en el momento en que todavía estáis despiertos, cerca del sueño. En ese momento, os daréis cuenta de que vuestra respiración ya no consiste en una expansión y contracción de vuestro torso (respiración torácica), sino de vuestro vientre. Es la pared abdominal la que sube y baja. Si llegáis a captar este momento, observadlo bien. Luego, intentad reproducirlo de pie o sentados. Siento no decir más sobre ello, sólo experimentándolo llegaréis a comprenderlo bien.

Para aquellas personas que ya lo sabían, a continuación describo el proceso que sugiero. Sentados para meditar, inspirad relajando los músculos y permitiendo que el aire afluya a vuestros pulmones. En el momento de la espiración, intentad realizar un movimiento de presión HACIA ABAJO, como si quisiérais expulsar el aire por el ano. Con un poco de experiencia, podréis sentir como un movimiento de vaivén de una bola que asciende al diafragma cuando inspiráis, y que desciende cuando espiráis (dicho de otra forma, un movimiento contrario al del diafragma en sí). Si la postura de vuestras caderas es correcta, no sentirés ningún bloqueo. Pero no utilicéis este consejo como pretexto para arquear demasiado el tronco: sólo conseguiríais contraeros demasiado. Al final de la espiración, contraed el perineo (la zona de la entrepierna que separa el ano de los órganos sexuales), con la ventaja secundaria para los hombres de tonificar la próstata y evitar tal vez desarreglos en edad más avanzada…

Además, tal como se especifica en el texto precedente, una respiración abdominal profunda permite flexibilizar los músculos desde el interior. También permite calmar las emociones perturbadoras (cólera, miedo, ansia, odio, etc.) No dudéis en practicarla en cualquier circunstancia donde vuestra sangre fría es sometida a una dura prueba, particularmente al conducir un coche, en los atascos, en el trabajo o en la familia. La oxigenación es una poderosa ayuda en todas aquellas circunstancias en las que podamos sentirnos tentados por los venenos del miedo, del odio o de la ignorancia. Ésta os será muy útil en vuestra práctica que, estoy convencido, en ningún caso debe limitarse al dojo o al zafu.

Extraído de Yoga Journal



Términos zen claves: “Naturaleza Fundamental” y “Luz Innata”

Enseñanzas de Dôgen Zenji y Keizan Zenji


El Zen concede mucha importancia a expresiones como «Fundamental» (honrai) o «Sí Mismo» (jiko).

El primer problema relacionado con la fe con el que se encontró Dôgen Zenji después de dejar la vida secular fue el siguiente: si, tal como nos enseñan, todos los seres sensibles poseen de forma innata la naturaleza de Buddha, ¿cuál es el sentido de la formación y disciplina religiosa? Habló de esto después de volver de su viaje a China y después de haber sido reconocido como un auténtico discípulo por su mentor Rujing.

Keizan Zanji, heredero espiritual de Dôgen Zenji, habló con fecuencia de la luz innata. Pero algunas veces olvidamos el significado de esta importante palabra. Tiene un peso comparable al de numerosas referencias a la luz en la Biblia cristiana. Por ejemplo, “No habrá más noche; ni tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol; porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos; y reinarán por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis: 22-5)

La forma en la que mora la verdad

Dôgen Zenji y Keizan Zenji utilizaron frecuentemente dos términos – naturaleza fundamental (honrai no menmoku) y luz innata (jiko no Kômyô), que son fundamentales para la enseñanza Sôtô Zen.

“En primavera, cerezos en flor,

en verano, el canto del cuco.

En otoño, la Luna y en invierno,

la nieve clara y fría».

Este, el más conocido de los 60 poemas de la colección Sanshô Dôei de Dôgen Zenji, se titula “Naturaleza Fundamental.” Muestra la verdadera naturaleza sin adornos a lo largo de las cuatro estaciones cambiantes. La primavera significa el florecimiento de los cerezos. El verano trae el canto de los pájaros. La hermosa luna brilla clara en el cielo de otoño. Y en invierno, las nieves caen profundas y blancas. Esta es la naturaleza sin adornos de las estaciones o lo que se llama honrai no menmoku en japonés.

Dôgen Zenji era aficionado a usar la palabra honrai en otros contextos, habló de honraishin, la mente verdadera y pura, o de honrai no shinchi, el estado mental intuitivo precedente a los juicios comparativos.

La palabra menmoku es otra clave para comprender el pensamiento de Dôgen Zenji. El término honrai no menmoku lleva la connotación de que la forma de algo tal como es ahora es, de hecho, todo. Implica que debemos esforzarnos para ver y escuchar las cosas correctamente, tal como son, sin ser afectadas por el pensamiento humano.

La luz de la fe que emana del interior

“No comparéis la luz del sol y de la luna con la luz innata.”

Fudamitta Sonja (el noveno sucesor de Sakiamuni), en el Denko Roku (Crónicas de la Transmisión de la Luz), compuesto por Keizan Jokin

El buddhismo enseña que los cuerpos de Buddhas y bodisatvas irradian luz. El Zen enseña que la luz innata del Verdadero Sí Mismo se extiende a una distancia inconmensurable hacia delante y hacia detrás. En este contexto, luz significa la lámpara de la conciencia brillando desde el interior. La importancia de la palabra para el Zen aparece en el Shôbôgenzô de Dôgen Zenji donde dedicó un fascículo a la luz (kômyô).

Puesto que heredó el Dharma correcto de Dôgen Zenji, Keizan Zenji también enfatiza el espíritu de la luz. Enseñó que los seres humanos tienen e irradian una luz innata que no tiene una fuente externa.

Esencialmente, esta luz son las enseñanzas del Buddha. Como dijo el Buddha: “Por eso, Ananda, después de haberme ido, sed una luz para vosotros mismos. Morad y creed en vosotros mismos. No confiéis en nada más. Haced del Dharma vuestra luz y vuestro soporte. No confiéis en nada más.”

Extraido de “Zen Friends”            

Traducción de Claudia Melissen




Burbuja sensorial

Kusen (enseñanza oral) del maestro zen Dokushô Villalba

10 de agosto de 1988

Acudir a una sesshin de verano, hacer zazen, es como retirarse a la montaña profunda, entrar en un bosque denso y silencioso. Para poder hacer zazen es necesario renunciar a las vanidades del mundo y abandonar el «yo» que usualmente mostramos a los demás; abandonar el status social, las propias ambiciones, apartarse del mundo de los deseos, de los apetitos y de las pasiones. Sólo entonces podremos sentarnos realmente en zazen.

Es necesario abandonar los mundos animales, la vida instintiva; abandonar el mundo de la competición, de la lucha con los demás; abandonar incluso el mundo humano, las preocupaciones usuales de los seres humanos respecto a la comida, la ropa, la vida social, la familia si queremos hacer de veras zazen.

Aún así, a pesar de tener una fuerte decisión de abandonar todas estas cosas, la conciencia está impregnada de todo el Karma que hemos ido creando en el pasado, y durante zazen todas estas impregnaciones aparecen. A lo largo de zazen pueden surgir estados de conciencia infernales o el impulso de compararos, de mediros con vuestros compañeros o de competir con ellos. También pueden surgir deseos propios de la naturaleza animal, como un intenso apego a la familia. ¿Qué hacer cuando todo esto aparece?

La actitud clave durante zazen para poder atravesar todos estos estados de conciencia es no apegarse a ellos, no luchar contra ellos. Aunque toméis conciencia de que ha aparecido un apego en vuestra conciencia, no os apeguéis a este apego, no lo rechacéis, no luchéis contra él; aunque toméis conciencia de que un rechazo ha surgido en vosotros, no es apeguéis a este rechazo, no lo rechacéis. No hagáis absolutamente nada, mantened únicamente la atención despierta, la observación lúcida.

Si practicamos así, podremos atravesar e ir más allá del mundo de las pasiones y de los apegos. Y naturalmente nos instalaremos en un cierto grado de concentración que viene caracterizado por una calma interior y una liberación de los deseos, de los apetitos, de las pasiones, por una cierta lucidez y observación penetrante.

A partir de este estado de concentración podemos observar nuestra realidad sensorial, cuyo punto central de estudio son las sensaciones.

¿Qué es la sensación? Es una experiencia, un fenómeno. ¿Cómo se produce? Cuando un objeto externo entra en contacto con un órgano de los sentidos, aparece la sensación, y en la Conciencia aparece la conciencia sensorial correspondiente. Podemos experimentar sensaciones visuales, auditivas, olfativas, gustativas, táctiles: podemos percibir nuestra actividad mental. Estas sensaciones son puras en su origen, pero debido a nuestro pensamiento dualista y emocional, raramente se experimenta una sensación pura: al mismo tiempo que aparece una sensación, nuestra mente discriminativa la califica como agradable, desagradable o neutra, y el pensamiento emocional la impregna de apego, rechazo o indiferencia.

Debemos observar las sensaciones, su aparición, su desarrollo y por último, su extinción.

¿Cómo liberarse, cómo ir más allá del mundo sensorial? Debemos observar claramente que las sensaciones en sí mismas no son agradables ni desagradables, no son dignas ni de apego ni de rechazo, sino que es la mente dualista la que divide las sensaciones en varios tipos, y es la mente emocional la que las impregna de atracción o rechazo. Si os concentráis y observáis de esta manera, podréis penetrar y descubrir la verdadera naturaleza de las sensaciones.

¿Acaso un Buddha sumergido en la más profunda concentración deja de ser un ser sensible? No, las sensaciones también aparecen en la mente de un Buddha.

Pero entonces, ¿en qué se diferencia un Buddha de un ser ordinario?

Pongamos el ejemplo de que ambos son alcanzados por un dardo.

El ser ordinario experimentará la sensación dolorosa del dardo clavado en su carne, pero además caerá en la ilusión de la mente dualista que divide las sensaciones en agradables, desagradables y neutras, y esto será como si hubiera sido alcanzado por un segundo dardo. Después sufrirá a causa de las impregnaciones mentales y emocionales que harán surgir el apego o el rechazo, y esto será como ser alcanzado por un tercer dardo. Y a partir de este momento, la mente de este hombre que experimenta dolor, huye y busca inmediatamente el placer, el placer provoca el apego, y el apego se convierte de nuevo en dolor. De esta forma la mente del hombre ordinario se encadena ella misma en la rueda de samsara.

Por el contrario, la mente del Buddha absorta en un estado de concentración, experimenta las sensaciones tal cual, sin discriminarlas, sin apego ni rechazo hacia ellas. De este modo no necesita huir del dolor ni buscar el placer, y permanece absorto en esta observación, quieto, inmóvil, en el centro mismo de la rueda de samsara.

Así, yo os lo ruego, si sois heridos por un primer dardo, procurad no ser alcanzados por un segundo dardo; si sois heridos por un segundo dardo, procurad no ser alcanzados por un tercero.

Esto es la concentración y observación de las sensaciones desde un estado de estabilidad mental llamado HISHIRYO.

Practicando así podremos atravesar los límites de la burbuja sensorial.




Baniano

Extraído del libro «Cuentos buddhistas» (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


¿A quién perteneces esos ojos de rubí que refulgen entre las sombras del bosque, esos cuernos que brillan como argénteas medias lunas? ¡Observad, hijos míos, qué rápido pasan entre los arbustos esas nacaradas pezuñas! ¿No habéis oído hablar del ciervo dorado? “Baniano”1, el rey de los ciervos, le llaman.

Pero Baniano no era el único monarca del bosque de Benarés. Reinaba sobre quinientos ciervos, y otro rey, “Rama”2, gobernaba a otros quinientos.

Era costumbre del rey de Benarés cazar ciervos cada día. Antes de llegar al bosque, tenía que atravesar innumerables campos, y el arroz, el trigo y las plantes tiernas que cultivaban los campesinos eran pisoteadas por los caballos del rey y sus nobles. “Piedad”, gritaban los campesinos, pero las trompetas sonaban y sus pobres voces se perdían en los campos.

“¿Cómo podemos cambiar esta situación?”, se preguntaban los campesinos. “Arrojemos del bosque a todos los ciervos y hagamos que penetren en los propios jardines del rey; así este no pasará más por nuestros campos para ir a cazar”.

Así, los campesinos, después de sembrar hierba y de construir estanques en los bosques del palacio, llamaron a los hombres de la ciudad, y con palos y lanzas se fueron todos al bosque para expulsar de él a los ciervos. Los hombres rodearon primero el bosque, para que los ciervos no pudiesen escapar por ningún lado, y luego, batiendo sus lanzas y armas, condujeron a los ciervos hasta los bosques del palacio y cerraron las entradas tras ellos. Entonces, fueron a ver al rey y dijeron:

“Señor, ya no podemos trabajar. ¡Ay!, cuando vos y vuestros nobles ibais de caza, los caballos pisoteaban nuestros campos; por lo tanto, hemos conducido a los ciervos hasta los bosques de palacio y hemos plantado hierba y construido estanques para que puedan comer y beber. Así, ya no tendréis necesidad de cruzar nuestros campos”.

Desde aquel día, el rey no fue más allá de los bosques de palacio para cazar. Cada día, observaba la hermosa manada y veía entre ellos a dos ciervos dorados. “No hay que matar a los ciervos dorados”, ordenó a sus hombres. Y así, Baniano y Rama nunca fueron alcanzados por las agudas flechas. Pero, cada día, uno de los demás era muerto para el festín del rey, después de haber recibido innumerables heridas. Algunos ciervos eran heridos mil veces antes de caer abatidos al fin por las flechas de los cazadores.

Rama, por esta razón, fue un día a ver Baniano y le dijo:

“Amigo de los bosques, escucha con atención mis palabras. Nuestros súbditos no solo son muertos, sino heridos inútilmente. ¡Ay!, cada día uno debe de ser abatido, porque este es el deseo del rey, pero ¿por qué tantos han de ser heridos antes de atrapar a uno solo? ¿No sería más razonable que cada día fuera uno de nuestros súbditos a palacio para que lo matasen?”

Baniano estuvo de acuerdo y así fue ordenado. Cada día, por turno, un ciervo iba al palacio y ponía su frente de blanco inmaculado en la piedra que había delante de la entrada. Un día, uno de la manada de Baniano, y al día siguiente, uno de la Rama.

Pero un día, una joven cierva de la manda de Rama, madre de un cervatillo, fue informada de que había llegado su turno. Al oír la noticia corrió hacia Rama y dijo:

–Señor, hoy me ha llegado el turno de ir a palacio, pero mi pequeño es débil y todavía necesita los cuidados de su madre. ¿No podría ir más adelante, cuando él fuera mayor?

–No –respondió Rama–, ningún otro puede coger tu turno. Ve al palacio tal como se te ha ordenado que hagas.

Con el corazoncito temblado por la pena, la cierva fue corriendo hasta Baniano y dijo:

–Oh rey Baniano, ha llegado mi turno de ir a palacio, pero tengo un pequeño que todavía me necesita. ¿No podría ir algo más adelante, cuando él fuera mayor?

–Vuelve con tu pequeño –dijo Baniano–, me preocuparé de que otro coja tu turno.

Y como el relámpago atravesando las nubes, así corrió Baniano entre los árboles y los arbustos e inclinó su testuz sobre la piedra de delante de la entrada del palacio.

“¡Oh ciervo de oro! ¡Aquí, en esta piedra para ser sacrificado! ¡Oh!, ¿qué significa?”, exclamó el hombre que cada día mataba un ciervo para el festín del rey. El cuchillo le cayó al suelo, y él, hechizado, corrió a ver al rey para contarle lo que acababa de contemplar.

Igual como tú, hijo mío, correrías hacia el hermano que te es querido, así corrió el rey hacia Baniano.

–¡Oh bello ciervo! –exclamó–, ¿qué te ha traído a esta piedra de dolor? ¿No sabías que había ordenado que nunca te matasen? Ciervo de oro, dime que te ha traído aquí.

–Señor –respondió Baniano–, hoy era el turno de una cierva blanca, madre de un cervatillo; vengo en su lugar, pues su hijo es demasiado pequeño todavía para dejarlo solo.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas del rey y cayeron sobre la dorada testuz de Baniano, a la que sostenía entre sus manos. E, inclinándose sobre Baniano, dijo:

–Tu vida, oh divino, y la vida de la cierva será perdonadas. Levántate y corre hacia los bosques de nuevo.

–Señor –dijo Baniano–, nuestras vidas serán perdonadas, pero ¿qué haréis con nuestros semejantes que corren por los bosques?

–También sus vidas quedarán perdonadas –contestó el rey.

–Así, los ciervos de los bosques de palacio se salvarán –añadió Baniano–, pero ¿qué será de los demás ciervos de vuestro reino, señor?

–También todos ellos serán perdonados –contestó el rey.

–¡Oh rey! –dijo Baniano–, perdonaréis a los ciervos, pero ¿qué haréis con la vida de los demás cuadrúpedos?

–¡Oh misericordioso! –dijo el rey–, todos ellos serán libres.

–Señor, todos ellos serán libres; pero ¿que será de las aves que vuelan por el espacio? –preguntó Baniano.

–También ellas serán perdonadas –dijo el rey.

–Señor –dijo Baniano–, perdonaréis las vidas de los cuadrúpedos y las aves, pero ¿que será de los peces que viven en las aguas?

–También ellos serán perdonados –contestó el rey.

El amor había penetrado en el corazón del rey. Y este reino con amor sobre su pueblo,y todos los seres vivos de su reino fueron felices por siempre jamás.

1Este es el nombre de uno de los árboles sagrados del buddhismo (Ficus Bengaliensis), llamado en sánscrito nyagrodha.

2No confundir con el nombre del héroe mítico hindú. Aquí hemos traducido así el inglés “Branch” con el que la autora de esta versión designa a este personaje.