Extraído del libro “Cuentos budistas” (veinte cuentos jataka) – Biblioteca de Cuentos Maravillosos – Traducido por Jordi Quingles.


Hubo una vez un gigantesco mono que reinaba sobre ochenta mil monos den las montañas del Himalaya1. Y por entre las rocas en las que vivían se deslizaba el río Ganges antes de llegar al valle en el que se levantaban ciudades. Y allí donde el agua burbujeare caía de roca en roca, se levantaba un árbol imponente. En primavera sacaba delicadas flores blancas, y luego se cargaba de unos frutos tan maravillosos que no había otros que pudiera comparárselos, y los fragantes vientos de la montaña les daban la dulzura de la miel.

¡Qué felices eran los monos! Comían esos frutos y vivían a la sombra de aquel maravilloso árbol. Por uno de los lados de este, las ramas se extendían sobre el agua. Por tal motivo, cuando aparecían las flores en esas ramas, los monos se las comían o las destruían para que no pudiera dar frutos, y si uno llegaba a formarse, los monos lo arrancaban, aunque no fuera mayor que un corazón de flor, pues su jefe, viendo el peligro, les había advertido, diciendo: “¡Tened cuidado!, no dejéis que caiga ningún fruto al agua, no fuera que el río lo arrastrase hasta la ciudad, donde los hombres, viendo el hermoso fruto, podrían darse en buscar el árbol; siguiendo río arriba hasta las montañas, y encontrando el árbol, cogerían todos los frutos y nosotros tendríamos que abandonar este lugar”.

Los monos obedecieron y durante mucho tiempo no cayó un solo fruto al río. Pero llegó un día en que un fruto maduro, oculto por un nido de hormigas, y perdido entre las hojas, cayó al agua y fue arrastrado por la corriente río abajo, por las rocosas montañosas hasta el valle en el que se levantaba la gran ciudad de Benarés a orillas del Ganges.

Y ese día, mientras el fruto atravesaba Benarés, arrastrado por las mansas ondas del río, el rey Brahmadatta se bañaba en las aguas de este entre dos redes que unos pescadores sostenían mientras él se zambullía, nadaba y jugaba con los pequeños destello del sol en el agua. Y el fruto fue a entrar en una de las redes.

“¡Maravilloso!, exclamó el pescador que lo vio primero, ¿en qué lugar de la tierra crece un fruto así?” Y, cogiéndolo, se lo mostró al rey con ojos centelleantes.

Brahmadatta contempló el fruto y se maravilló de su belleza. “¿Dónde podrá encontrarse el árbol que da ese fruto?”, se preguntó. Luego, llamando a unos leñadores que estaban cerca de la orilla, les preguntó si conocían el fruto y sabían donde podía encontrarse.

“Señor, dijeron, es un magno, un magnífica mango. Este fruto no se da en nuestro valle, sino en las montañosas del Himalaya, donde el aire es puro y los rayos del sol lucen en todo su fulgor. Sin duda el árbol que los da se levanta en la orilla del río y habiendo caído un fruto en el agua, este ha sido arrastrado hasta aquí”.

El rey les pidió entonces que lo probaran, y cuando lo hubieron hecho, él también lo probó y lo dio a probar a sus ministros y servidores. “Efectivamente, dijeron todos, este fruto es divino; no hay otro fruto que pueda comparársele”.

Los días y las noches pasaban lentamente y Brahmadatta se inquietaba cada vez más. El deseo de probar de nuevo el fruto se hacía más fuerte con el paso de los días. Por la noche, veía en sus sueños el árbol encantado con cien doradas copas de miel y néctar en cada una de sus ramas.

“¡Hay que encontrarlo!”, dijo un día el rey y dio órdenes para que aparejaran un barco para navegar río Ganges arriba, hasta las rocas del Himalaya en que, quizás, se pudiera encontrar el árbol. Y el propio Brahmadatta fue con la tripulación.

Largo fue, verdaderamente, el viaje, atravesando los campos de flores y de arroz, pero por fin el rey y su séquito llegaron a las montañas del Himalaya una noche, y, contemplando a lo lejos, ¿qué es lo que vieron? Allí, bajo la luz de la luna, se levantaba el árbol objeto del deseo2, con sus frutos dorados centelleando entre las hojas.

¿Pero que se movía entre las ramas? ¿Que extrañas sombras se deslizaban entre las hojas?

“¡Mirad!, dijo uno de los hombres, es un grupo de monos”.

“¡Monos!, dijo el rey, ¡y comiendo esos frutos! Rodead el árbol para que no se escapen. Al amanecer los mataremos y nos comeremos su carne y también los mangos”.

Estas palabras llegaron a los oídos de los monos, quienes, temblando, dijeron a su jefe: “¡Ah!, tú nos advertiste, amado jefe, pero algún fruto debió de caer a la corriente, pues han llegado unos hombres hasta aquí; rodean nuestro árbol y no podemos escapar, pues la distancia entre este árbol y el próximo es demasiado grande para que la salvemos de un salto. Oímos palabras que salían de la boca de uno de los hombres que decían: “Al amanecer los mataremos a todos y nos comeremos su carne y también los mangos”.

Yo os salvaré, pequeños míos, dijo el jefe, no temáis y haced como yo os diga”. Consolándolos de esta manera, el poderoso jefe trepó a la rama más alta del árbol, y rápido como el viento que pasa por entre kas rocas, dio un salto de cien longitudes de arco por el aire y tomó pie en un árbol que había cerca de la ribera opuesta3. Allí, en la orilla del agua, arrancó de raíz una larga caña y pensó: “Ataré un extremo de la caña a este árbol y el otro, a mi pie. Luego volveré a saltar hasta el mango, y así se creerá un puente por el que mis súbditos podrán escapar. He dado un salto de cien longitudes de arco; la caña es más larga que esto, así que puedo atar uno de sus extremos a este árbol” Y con el corazón alborozado, saltó de nuevo hacia el mango.

Pero, ¡ay!, la caña resultó demasiado corta y solo consiguió asirse del extremo de una rama. No se le había ocurrido pensar que la caña tenía que ser la bastante larga como para dar también para la parte que se ataba el pie. Con un gran esfuerzo se agarró a la rama y gritó a sus ochenta mil súbditos: “Pasad por mi espalda hasta la caña y seréis salvos”.

Uno a uno, los monos pasaron por su espalda hasta la caña. Pero uno de ellos llamado Devadatta4, saltó pesadamente sobre su espalda y, ¡ay! Un dolor penetrante lo atravesó: le había roto la espalda. Y es cruel Devadatta siguió su camino dejando a su jefe sufriendo solo.

Bramadatta había visto todo lo ocurrido y las lágrimas le brotaban de los ojos mientras contemplaba el jefe de los monos herido. Ordenó que fuera bajado del árbol al que todavía estaba asido, que fuera bañado con los más fragantes perfumes y vestido con un ropaje de color amarillo, y le dieron a beber agua fresca.

Cuando el jefe de los monos estuvo bañado y vestido, se tendió bajo el árbol y el rey se sentó a saludo y le habló. Dijo este:

–Has hecho de tu cuerpo un puente para que los demás pasaran. ¿Acaso no sabías que tu vida iba a llegar a su término al hacerlo? Has dado tu vida por salvar a tus súbditos. ¿Quién eres, oh bienaventurado, y quienes son ellos?

–Oh rey –respondió el mono–, yo soy su jefe y su guía. Ellos vivían conmigo en este árbol y yo era su padre y los amaba. No me pesa abandonar este mundo, pues he obtenido la liberación de mis súbditos. Y si mi muerte puede servirte a ti de lección, entonces estaré más que contento. No es tu espada la que hace de ti un rey, sino solo el amor. No olvides que tu vida es poca cosa que ofrecer si con ello aseguras la felicidad de tu pueblo. Nos los gobiernes por la fuerza porque sean tus súbditos, sino que gobiérnalos con el amor porque son tus hijos. Solo así será rey. Cuando yo ya no esté aquí, no olvides mis palabras, ¡oh Brahmadatta!

El Bienaventurado cerró entonces sus ojos y murió. Pero el rey y su pueblo lloraron su muerte, y el rey construyó para él un templo blanco y puro a fin de que sus palabras nunca fueran olvidadas.

Y Brahmadatta gobernó con amor a su pueblo y todos ellos fueron felices por siempre jamás.


1El titulo original de este Jataka es el de Maha-kapi-jataka, el jataka del “gran mono”, en razón de la forma que adopta en él el futuro Buda. La palabra “maha”, emparentada con el griego “megas” y el latín “magnum”, puede igualmente ser entendida en un sentido espiritual, con lo cual el título de este jataka podría ser traducido, como se ha hecho en otras versiones, como el “mono magnánimo”, de “gran alma”.

Este “rey de los monos” nos hace evocar inmediatamente la figura de Hanuman, el gran mono blanco que se constituye en el más eficaz aliado de Rama en el Ramayana. Aunque los monos, desde una determinada perspectiva espiritual, encarnan, podríamos decir, una “inversión” del estado humano, su “caricatura”, y se sitúan ontológicamente, por lo tanto, en las antípodas de este, han podido igualmente, en virtud de otra perspectiva no menos legítima, ser presentados como símbolos de estados angélicos, como es el caso en la tradición hindú.

2Este apelativo nos evoca la designación del graal por parte de Wolfram von Eschenbach como el “wunsch von Pardis”: obviamente, en ambos casos se trata de la misma realidad, la del Árbol del Paraíso, como por lo que se refiere al graal hemos establecido en otro lugar.

3Este salto evoca, precisamente, el de Hanumat en el Ramayana, por el cual alcanza la isla de Lanka (Ceilán) y logra establecer un puente por el que el ejército de los monos puede penetrar en la isla.

4Este nombre, igual al español Deodato, “dado por Dios”, es el que llevaba en vida del Buda Sakyamuni su principal antagonista. Primo suyo, llegó a pretender asesinarlo, en su afán de eclipsar su irradiación y suplantarlo con unas vistas exclusivamente materialistas.

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