Kusen (enseñanza oral) impartido por el maestro Dokushô Villalba.

27 de enero de 1989

Sampai es la manifestación por excelencia del espíritu de gratitud,.
Los seres humanos somos hijos del cielo y de la Tierra. La Tierra es este planeta que sostiene nuestros pies. De ella hemos surgido adoptando los mismos materiales de los que ella está hecha. Esta Tierra nos ha parido después de una gestación de miles de millones de años. Nosotros somos, aquí y ahora, el fruto de todo este tiempo. Cientos de especies animales, vegetales y minerales, miríadas de millones de moléculas, de átomos, de partículas subatómicas… son nuestros hermanos, los que han hecho posible que nosotros estemos aquí. Sin la Tierra, sin los cientos de millones de años anteriores, sin la larga evolución de la vida y de las especies, nosotros no seríamos nada, no existiríamos.
En este largo proceso, muchas vidas han nacido y han muerto; el símbolo de la madre de esta larga historia es nuestra “madre Tierra”, y los seres humanos no podemos olvidarla.

Ahora estamos dominados por la arrogancia, por el orgullo de haber dejado de ser cuadrúpedos; estamos cegados por la apariencia de la cultura moderna, por los cachivaches que hemos inventado. Estamos orgullosos de haber abandonado el planeta Tierra y haber alcanzado la Luna, pero… ¿qué hemos alcanzado?
Estamos cegados por una ilusión, global y colectiva. Sin la madre Tierra que nos soporta, no podríamos seguir existiendo ni siquiera un instante; dependemos de ella.
Podemos caminar erguidos, pero a pesar de esto y de que la civilización y el lenguaje aparecieron hace millones de años, continuamos siendo niños frágiles que necesitan arroparse y protegerse en las faldas de su madre… y Sampai es justamente abandonar esta arrogancia.
Sampai es abandonar el orgullo de ser humano, para descender, fundirse y expresar la gratitud total hacía la tierra que nos sostiene. Y al descender con nuestro cuerpo, al mismo tiempo, descendemos toda la escala de las especies, todos los estados vegetales, minerales, moleculares, celulares, atómicos y subat6micos.
Al descender, nos fundimos con toda nuestra historia manifestándole agradecimiento, ya que esta historia se refleja en nuestras propias células, está escrita en nuestros propios genes, en el principio vital que nos anima. En este descenso hasta lo más remoto, reconocemos todas las existencias, sin las cuales no podríamos ser nada aquí y ahora. Así pagamos nuestra deuda de gratitud.

Pero a partir de aquí, es necesario erguirse completamente. Debemos abandonar el calor del seno maternal y dirigirnos hacia la inmensidad que nos muestra nuestro padre en el cielo. La Tierra no es solamente la Tierra. Cuando digo la Tierra, quiero decir nuestra realidad material, sensorial, lo visible, lo perceptible. Y cuando digo Cielo, quiero decir lo invisible, lo inefable, lo imperceptible, la vacuidad, la conciencia plenamente despierta y transparente. Al erguirnos, abandonamos el apego al mundo material, al mundo sensorial y nos proyectamos como una flecha hasta perdernos en la vacuidad, en lo invisible. Este es el verdadero destino de la vida humana.
Sin embargo, aún estamos como niños, atrapados en un complejo de Edipo cósmico, apegados a nuestra madre, aferrados al mundo material, a la fama, a la riqueza, al sexo, a las emociones, a sentimientos. Y este complejo de Edipo, este apego hacia el mundo visible o material, nos impide crecer, madurar y dirigir la cima de nuestra cabeza hacia el cielo, hacia el mundo invisible.
Por una parte sentimos apego y amor ciego hacía el mundo material, un amor patológico, destructivo, posesivo y violento. Pero un joven con completo de Edipo no puede ver ni comprender realmente a su madre porque es cegado por su pasión y por su apego, y al mismo tiempo esto le impide crecer y madurar, y al no poder crecer no puede reconocer a su padre, no siente su llamada.
Esta es la contradicción esencial que experimentamos: por un lado aspiramos a la verdadera libertad del espíritu y del mundo invisible, más allá del espacio y del tiempo, más allá del nacimiento y de la muerte, más allá del cambio, de la transformación y de la degeneración física. Y por el otro lado, un profundo apego hacia este mismo mundo material. ¿Cómo hacer? ¿Cómo evolucionar sin miedo pero sin olvidar nuestros orígenes?

¡ESTO ES ZAZEN!

La práctica de Zazen no va dirigida a vuestro “yo,” estrecho y limitado, sino a vuestro verdadero ser profundo. Por eso, aunque intelectualmente no podáis comprender lo que realmente sois, no importa … Sois Zazen.
Hay que encontrar la tensión Justa entre nuestro padre y nuestra madre, el equilibrio perfecto entre nuestros orígenes y la llamada. Zazen establece el vínculo entre el Cielo y la Tierra, no solamente de forma material- y física, sino también espiritualmente, porque zazen es al mismo tiempo visible e invisible… ¿Qué quiere decir esto?
Quiere decir que zazen no sólo se limita a una postura física, que zazen no es una técnica ni una mecánica. Por eso, aquellos envenenados por la visión mecanicista del mundo, sólo ven en zazen una técnica de bienestar, una gimnasia.
Zazen forma parte también del mundo invisible, un mundo que no puede ser aprehendido por los sentidos ni por los conceptos y que sin embargo, es tan real como el mundo visible. ¿Por qué no podemos percibirlo?
Porque nuestra percepción, desde el momento del nacimiento, está manipulada y moldeada por la cultura. “El ojo no puede verse a sí mismo”, pero gracias a él lo vemos todo.

Así pues, Sampai es Zazen. Zazen es Sampai.
Si solamente veis en Sampai el gesto mecánico, Sampai os parecerá un número de circo; y Sampai debe ser sentido desde lo más profundo de vosotros mismos.
En la ordenación de un monje Zen existen dos momentos cumbres: en el primero, el monje aún no ordenado hace Sampai en dirección a su familia –no solamente hacia el padre o la madre carnal, los cuales no son más que pequeñas piezas de la gran evolución de la vida, sino Sampai hacia todas las existencias del cosmos, hacia todas las existencias pasadas— acepta su herencia y la aprecia en su valor justo. A partir de aquí, sigue la llamada del mundo invisible. Hace sampai hacia su maestro, el cual corta entonces su último mechón de pelo y lo encamina de este modo, hacia el “Todo’.
Sampai unifica el Cielo y la Tierra en un solo gesto. No practiquéis mecánicamente algo tan hermoso.

 

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