Por Empar Roch Bernat

Novicia del Templo Zen Luz Serena


“Zazen es la puerta al pleno gozo interno y a la paz de espíritu que tanto anhelamos”

Dokushô Villalba

Sentarse en Zazen es para mí sentarse sobre la piel de la vida en comunión con el todo. En comunión con el cuerpo, con las emociones, con las sensaciones, con el Ser que todos somos. Es abandonarse al aliento de la vida respirándose a sí misma, en cada inhalación, en cada exhalación. Es tomar conciencia de cómo el nacimiento y la muerte están marcados por nuestro ritmo respiratorio. Nacemos con la primera inhalación y morimos con la última exhalación y la mayoría de veces ni siquiera somos conscientes de que la respiración es el hilo conductor de nuestra vida, construida instante tras instante por nuestro propio ritmo respiratorio.

Tomar conciencia de la respiración durante zazen supone para mí adentrarme en la alquimia de experimentar cómo el universo entero se manifiesta a través de la quietud de zazen. La auto-observación de los vaivenes emocionales que emergen tras los pensamientos, como olas que nacen y se diluyen en un mismo instante, me lleva a desidentificarme de dicho oleaje interno y me ayuda a liberarme del usurpador que me usurpa por dentro. Es decir, a no identificarme con los pensamientos que me generan dolor y sufrimiento. Sentarse en el centro de uno mismo y convertirse en el ecuánime observador de las películas que va tejiendo la mente, me transporta a un estado de quietud donde el ruido de la mente desaparece, las tensiones del cuerpo se diluyen y me convierto en pura energía respirando, en el propio aliento de la vida que atraviesa el cuerpo inmóvil, sentado sobre el cojín de meditación.

El hecho de darme cuenta de que no soy aquello que pienso, permite que el contenido de los pensamientos que van emergiendo deje de tener fuerza y por lo tanto deja de condicionarme y me deja libre para ser, para manifestarme desde el lugar en el que conecto con la armonía de la totalidad.

Pero la práctica de la meditación zen te lleva más allá del estado meditativo sobre el zafu, o cojín de meditación. Pues la experiencia vivida durante zazen se va adentrando en las células del cuerpo, se va incorporando en el ADN y la existencia en sí misma se convierte en un estado meditativo permanente, en un estado de conciencia en el que la vida se intensifica y todo cobra sentido y belleza.

Abrirse a la aventura consciente de la meditación zen es abrirse a la energía que fluye y se expande, en conexión con los demás seres con los que compartimos día a día la experiencia de estar vivos. Es pasar de un yo a un nosotros, sintiendo que somos uno, que sólo estamos separados por la mente ilusoria e individualista del carácter. La práctica de la meditación zen es “la puerta al pleno gozo interno”, como dice mi maestro Dokushô Villalba.

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