Cada día, después de la meditación que llevamos a cabo en el Monasterio Budista Zen Luz Serena, realizamos una ceremonia en la que se recitan los Sutras, o enseñanzas del Buda Shakyamuni. Hay días en los que el personaje herido que me habita sale a la superficie y entona el cántico aferrándose al sonido cotidiano del que se deja llevar cumpliendo una función, en este caso la función de recitar las enseñanzas del buda. Pero hay días en los que dicho personaje desaparece, el ruido de la mente se calma y un lenguaje que va más allá de las palabras del Sutra atraviesa cualquier resistencia, hasta llegar al corazón y llenarlo de sonido. Y es el mismo corazón expandido el que vibra al unísono con las demás voces con las que se funde y se expande, ocupando el vacío que deja el cuerpo cuando se convierte en sonido.

Cuando el personaje, con el que me visto cada mañana cuando despierto y respiro, desaparece, cuando es el mismo Sutra el que vibra como una única energía, sin tiempo, sin espacio, la densidad del cuerpo desaparece, la estructura de la forma se diluye y donde antes había carne, huesos y vísceras, solo queda el sonido ocupando todo el espacio vacío. Y es en esos instantes, cuando el significado del Sutra de la Gran Sabiduría se abre a mi comprensión, cuando puedo entender lo absurdo de nuestro sufrimiento, lo absurdo de nuestros temores, lo absurdo de todas las perturbaciones que nos condicionan la vida, llenándola de miedos que nos impiden conectar con la fuente de nuestro Ser Esencial, de nuestra propia naturaleza búdica.

No es lo mismo cantar los sutras desde el personaje que desde el corazón, pero a la vez todo es lo mismo, cuando abrazas la existencia desde la aceptación, desde la desnudez del intelecto, desde la entrega de lo que se va dando en cada momento, ya sea desde el personaje o desde su misma disolución. Sin miedos, sin más expectativas que danzar con las notas musicales que la vida va ejecutando en cada momento, permitiendo que sea ella la que lo impregne todo desde su misma esencia.

Siento que la clave está en aprender a bailar con la vida y dejarse vivir por ella. Es la conciencia de la propia vida la que marca el ritmo de todo, tanto si lo aceptamos como si lo negamos. Pero cuando lo aceptas, cuando te rindes, cuando atraviesas los miedos y haces sampai ante la vida, el instante mismo en el que vives y respiras se vuelve infinito. Al menos así es como lo experimento. Cuando lo que pienso, lo que siento, lo que veo, lo que toco, lo que soy se convierte en eterno, todo se vuelve presente. Y el significado de las palabras del Buda: “Sólo hay mushotoku: nada que obtener”, se expanden como una corriente en el interior del cuerpo y me liberan de cualquier opresión o dolor que puedan generar mis pensamientos. Por ello sólo me queda hacer sampai ante la vida y entregarme a su danza infinita.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies